[ZAED]
Siento cómo el ritmo de mis pulsaciones aumenta en cuanto golpeo su puerta. Siempre me pasa lo mismo. Da igual cuántas veces haya venido hasta esta casa o cuántas veces nos hayamos visto a escondidas. Hay algo en saber que, en apenas unos segundos, voy a volver a tenerla delante que hace que la adrenalina recorra mi cuerpo como un disparo.
Respiro hondo mientras espero.
Cuando la puerta finalmente se abre, ni siquiera le doy tiempo a saludarme.
La sujeto de la cintura, la atraigo hacia mí y me adueño de sus labios con un beso desesperado, de esos que nacen después de demasiados días de espera. Ella sonríe apenas un instante antes de responderme con la misma intensidad. Sus manos se aferran a mi cuello mientras retrocede sin dejar de besarme, obligándonos a entrar en la casa casi a ciegas.
La puerta se cierra de un empujón con nuestros pies en un movimiento que ya nos sale completamente natural. No necesitamos hablar ni pensar demasiado. Hace tiempo que nuestros cuerpos aprendieron el camino mucho antes que nuestras cabezas.
Hace una semana que no la tenía para mí y cada uno de esos días parecía haber durado el doble. Intenté mantenerme ocupado con el viaje a Madrid, con reuniones, llamadas y papeles, pero bastaba un momento de silencio para que mi cabeza terminara inevitablemente en ella.
En su olor.
En su risa.
En la forma en que me mira justo antes de besarme.
—Cómo me has hecho falta... —murmuro entre un beso y otro mientras subimos la escalera sin dejar apenas espacio entre nuestros cuerpos.
—Esto es culpa tuya. ¿Por qué te has ido a Madrid? —protesta con una sonrisa divertida mientras sus manos se cuelan por debajo de mi camiseta.
El contacto de sus dedos sobre mi piel hace que un escalofrío me recorra la espalda.
—Ya lo sabes... trabajo.
Ella resopla con fingido fastidio.
—Odio que tengas razón.
Sonrío mientras mis manos comienzan a recorrer lentamente sus piernas. La tela de su vestido apenas supone un obstáculo antes de que mis dedos se deslicen por debajo, acariciando la suavidad de sus muslos.
Nayra levanta la vista hacia mí y vuelve a hacer ese gesto que siempre consigue desarmarme: se muerde despacio el labio inferior mientras sostiene mi mirada.
Es plenamente consciente del efecto que provoca.
—La próxima vez me voy contigo para encerrarnos en el piso que tienes allí.
Su voz ya suena diferente, más baja, más entrecortada. La respiración se le acelera conforme llegamos a la habitación.
Mi camiseta cae al suelo antes incluso de cruzar la puerta.
—Si vienes conmigo, no podré trabajar... Ya sabes cómo es esto.
Ella niega despacio mientras termina de quitarme la camiseta.
—Esa es exactamente la idea.
Se acerca hasta rozar sus labios con los míos.
—Ahora cállate... y no dejes de tocarme como lo haces.
No puedo evitar sonreír.
Hay algo en la manera en que da órdenes cuando estamos solos que siempre consigue volverme completamente loco.
La beso otra vez mientras mis manos buscan la cremallera de su vestido.
La tela resbala lentamente por su cuerpo hasta caer a sus pies.
Durante un instante me quedo observándola.
Nunca deja de sorprenderme.
Nunca.
Ella arquea una ceja al notar que me he quedado quieto.
—¿Qué?
—Nada...
Paso la palma de la mano por su cintura.
—Solo estaba pensando que hacía demasiado tiempo que no te veía así.
Una sonrisa satisfecha aparece en su rostro.
—Mentiroso. Hace solo una semana.
—Exacto.
Demasiado tiempo.
Ella ríe por lo bajo antes de atraerme nuevamente hacia su boca.
El resto de la ropa desaparece con la misma prisa con la que comenzaron los besos. Mi pantalón termina junto a la puerta. Su ropa interior cae sobre la alfombra. Mis bóxers siguen el mismo camino apenas unos segundos después.
Cuando los dos quedamos completamente desnudos, busco el preservativo en el bolsillo del pantalón antes de volver a acercarme a ella.
Ya ni siquiera tengo que pensar en hacerlo.
Forma parte de nosotros.
De nuestras costumbres.
De este extraño equilibrio que llevamos tanto tiempo sosteniendo.
La empujo con suavidad hasta que cae sobre la cama sin dejar de mirarme.
—Ven aquí...
Su voz apenas es un susurro cargado de deseo.
No necesito que lo repita.
Me coloco sobre ella mientras nuestras respiraciones vuelven a mezclarse.
Esto somos nosotros.
Dos personas incapaces de mantener las distancias cuando están frente a frente.
Fuego.
Deseo.
Besos que parecen no tener final.
Caricias que conocen exactamente el recorrido del otro.
Tenemos sexo como nunca lo hemos tenido con nadie.
No hay dudas.
No hay inseguridad.
Conocemos demasiado bien el cuerpo del otro.
Sabemos dónde detenernos para volver loco al otro, dónde besar, dónde acariciar y cuándo acelerar hasta hacer imposible contener los gemidos.
Mis labios recorren lentamente su cuello mientras ella inclina la cabeza hacia un lado para darme más espacio.
Sus manos viajan por mi espalda dejando pequeñas marcas con las uñas cada vez que profundizo una embestida.
El calor entre los dos aumenta con cada movimiento.
Con cada respiración.
Con cada beso.
Mis dientes atrapan suavemente el lóbulo de su oreja.
Ella responde mordiendo mi hombro para contener un gemido que termina escapándose de todos modos.
Nuestras frentes se unen apenas un instante.
Nos miramos.
Y volvemos a besarnos con la misma desesperación con la que empezamos.
Sus piernas rodean mi cintura obligándome a acercarme todavía más.
Sus caderas siguen el ritmo de las mías con una precisión que solo da el tiempo.
Nos buscamos.
Nos encontramos.
Nos perdemos una y otra vez en el otro.
Todo desaparece alrededor.
No existen los problemas.
Ni el trabajo.
Ni las consecuencias.
Solo este momento.
Solo ella.
Solo nosotros.
El placer termina envolviéndonos por completo hasta hacer imposible seguir conteniéndolo.
Cuando todo acaba, permanezco unos segundos inmóvil sobre ella, intentando recuperar el aire mientras noto cómo su pecho sube y baja exactamente al mismo ritmo que el mío.
Apoyo la frente sobre su hombro y cierro los ojos.
Siempre ocurre igual.
Durante unos minutos el mundo deja de existir.
Salgo lentamente de ella y me dejo caer a su lado.
—Sí que nos hacía falta... —murmuro todavía con la respiración agitada.
Nayra gira despacio sobre uno de sus costados. Tiene las mejillas ligeramente sonrojadas y todavía intenta recuperar el aliento.
—Como no te das una idea...
El silencio vuelve a instalarse entre los dos.
No resulta incómodo.
Al contrario.
Es uno de esos silencios que solo existen cuando las palabras sobran.
Ella comienza a dibujar pequeños círculos sobre mi pecho con la yema de los dedos, completamente distraída.
Yo la observo en silencio.
Y, como siempre ocurre después de estar con ella, la culpa vuelve a abrirse paso poco a poco entre toda esa calma.
No aparece de golpe.
Lo hace despacio.
Como una voz que nunca termina de callarse.
Respiro hondo antes de romper el silencio.
—Esto se nos está yendo de las manos, Nayra.
Ella deja de mover la mano y levanta la vista hacia mí.
No parece sorprendida.
Más bien cansada de escucharme decir siempre lo mismo.
—¿Otra vez, Zaed? Creí que ya habíamos hablado de esto.
Hay un evidente tono de molestia en su voz.
No porque no entienda lo que quiero decir, sino porque sabe perfectamente que esta conversación nunca termina en ninguna parte.
—Sí... lo hemos hablado.
Me incorporo un poco sobre la cama para poder mirarla mejor.
—Pero nunca hemos llegado a ninguna conclusión.
Ella suspira.
—La pasamos bien. No sé cuál es el problema.
La observo unos segundos antes de responder.
Ojalá fuera tan sencillo como ella pretende hacerlo ver.
—¿No quieres algo más para tu vida?
Ella mantiene la vista fija en mí durante unos segundos antes de desviar los ojos hacia el techo. Da la impresión de que está buscando una respuesta entre las sombras que dibuja la luz de la tarde sobre la habitación.
—¿Algo como qué? —pregunta finalmente.
—No lo sé... formar una familia, enamorarte, compartir tu vida con alguien.
Una sonrisa apenas perceptible aparece en la comisura de sus labios.
No es una sonrisa feliz.
Es más bien una de esas que nacen cuando alguien escucha una pregunta que ya se ha hecho demasiadas veces.
—Zaed, tú sabes cómo me fue cuando lo intenté.
Lo sé.
Demasiado bien.
Recuerdo perfectamente cómo terminó aquella historia y el tiempo que tardó en volver a ser la misma mujer que tengo delante. O, al menos, la mujer que aparenta ser. Porque hay heridas que dejan de verse mucho antes de que realmente cicatricen.
Aun así, no puedo evitar insistir.
—Sí... pero precisamente por eso lo nuestro nunca puede funcionar.
Ella vuelve la cabeza hacia mí con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Qué sucede? ¿Por qué estás hablando de esto ahora?
No sé cómo explicárselo.
No sin decir algo que no me corresponde revelar.
Paso una mano por mi rostro antes de responder.
—Porque sigo sintiendo culpa.
Ella se incorpora un poco, apoyando el peso del cuerpo sobre uno de sus codos.
—Nadie sabe lo nuestro.
—No se trata de eso.
—Entonces, ¿de qué se trata?
Su mirada permanece clavada en la mía, esperando una respuesta que sé que no puedo darle.
Podría hacerlo.
Podría contarle que Alejandro está enamorado de ella.
Podría decirle que cada vez que lo veo hablar de ella siento que le estoy clavando un puñal por la espalda.
Pero esa historia no me pertenece.
No soy yo quien debe romperle el corazón.
Ni a uno.
Ni al otro.
Bajo la vista durante un instante.
—Nada... Déjalo así. Creo que estoy demasiado estresado. Eso es todo.
Ella continúa observándome unos segundos más, como si intentara descubrir qué estoy ocultando, hasta que termina soltando una pequeña risa.
—El sexo reduce el estrés.
No puedo evitar sonreír.
Siempre consigue hacer eso.
Encontrar el momento exacto para romper la tensión con una frase absurda.
—¿Tú dices?
—No lo digo yo. Lo dicen los estudios.
Levanta un dedo como si realmente estuviera citando alguna investigación científica.
No puedo contener una carcajada.
—¿Ah, sí?
—Sí. Muy serios, además.
—Entonces no podemos llevarles la contraria.
Ella arquea una ceja.
—Jamás.
Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada.
Nos limitamos a sonreír.
Y, por un instante, toda esa conversación desaparece.
Es una de las cosas que más me desconciertan de Nayra.
Tiene la capacidad de hacer que cualquier problema parezca pequeño mientras está conmigo. Como si bastara una sonrisa para convencerme de que nada importa demasiado.
Pero importa.
Claro que importa.
Solo que, cuando ella me mira de esa manera, dejo de encontrar fuerzas para seguir luchando contra lo que siento.
Nayra se acerca lentamente hasta quedar a escasos centímetros de mi rostro.
Su nariz roza la mía.
—¿Entonces...? —susurra.
—¿Entonces qué?
—¿Vamos a comprobar la teoría o vas a seguir pensando demasiado?
Sonrío.
—Creo que tienes razón.
—Siempre la tengo.
—Eso también lo dices tú.
Ella ríe y, antes de que pueda responderle, vuelve a besarme.
Esta vez no hay la urgencia del primer encuentro.
No necesitamos devorarnos.
Nos besamos despacio, saboreándonos, dejando que el deseo vuelva a construirse poco a poco entre los dos.
Mi mano acaricia lentamente su espalda mientras la suya se pierde entre mi cabello.
Su respiración vuelve a cambiar.
La mía también.
No sé en qué momento sus piernas vuelven a buscarme ni cuándo terminamos otra vez completamente pegados.
Solo sé que vuelvo a perder la noción del tiempo.
La beso en el cuello.
Ella cierra los ojos y deja escapar un suspiro apenas perceptible.
Mis labios descienden lentamente por su clavícula mientras sus dedos recorren mi espalda con la misma delicadeza con la que hace unos minutos intentaban tranquilizarme.
No hay prisas.
Solo esa necesidad constante de volver a sentirnos.
De volver a encontrarnos.
Sus manos acarician mi rostro antes de atraerme nuevamente hacia su boca.
—Te he echado muchísimo de menos... —susurra.
La frase me golpea más de lo que debería.
Porque sé que yo también.
Muchísimo.
Vuelvo a hacerla mía lentamente, disfrutando de cada reacción de su cuerpo, de cada respiración entrecortada, de cada mirada que termina perdiéndose en la mía.
Nos movemos con la tranquilidad de quienes conocen exactamente el ritmo del otro.
No hace falta hablar.
Nuestros cuerpos llevan demasiado tiempo aprendiendo el mismo idioma.
Cuando el placer vuelve a alcanzarnos, esta vez lo hace de una forma mucho más pausada, más profunda, dejándonos completamente exhaustos.
Caigo a su lado intentando recuperar el aliento mientras ella busca mi mano entre las sábanas.
Entrelaza sus dedos con los míos.
Permanecemos así varios minutos.
Sin hablar.
Sin movernos.
Escuchando únicamente nuestras respiraciones mientras el ventilador del techo gira lentamente sobre nosotros.
Por un momento llego incluso a pensar que podría quedarme allí toda la tarde.
Que quizá no necesito nada más.
Hasta que un sonido procedente de la planta baja rompe por completo aquella tranquilidad.
Una puerta.
Después otra.
Voces.
Los dos abrimos los ojos al mismo tiempo.
Nayra se incorpora de golpe.
—¡j***r! ¡Han llegado mis padres!
Toda la calma desaparece en menos de un segundo.
Ella salta de la cama buscando desesperadamente el vestido mientras yo estiro el brazo para alcanzar mi pantalón.
Al levantarme veo el envoltorio del preservativo sobre la mesita de noche.
—Mierda...
Lo agarro antes de que cualquiera pueda verlo y lo meto en el bolsillo mientras intento recordar dónde demonios ha terminado mi camiseta.
—¡Zaed, date prisa!
—Ya voy.
Consigo ponerme los pantalones justo cuando ella termina de subirse el vestido.
Corre hasta el espejo.
Se pasa los dedos por el cabello intentando darle una apariencia mínimamente decente y luego pellizca sus mejillas para devolverles un color que no delate demasiado lo que acabamos de hacer.
Yo termino de ponerme la camiseta y hago un rápido recorrido visual por la habitación.
Mis zapatillas.
Su ropa interior.
El preservativo.
Las sábanas.
Todo.
No puede quedar absolutamente nada fuera de lugar.
—¡Toma!
Le lanzo el control remoto del televisor.
Ella lo atrapa al vuelo y enciende la pantalla mientras los dos nos dejamos caer sobre la cama intentando parecer las personas más tranquilas del mundo.
Por dentro sigo notando el corazón golpeándome el pecho con fuerza.
No es la primera vez que estamos a punto de ser descubiertos.
Y, por extraño que parezca, ese riesgo siempre termina volviendo todo mucho más intenso.
Apenas pasan unos segundos antes de que llamen a la puerta.
Los dos intercambiamos una rápida mirada.
—Pasa.