[ZAED]
La vista desde la ventana de esta enorme habitación hace mucho tiempo dejó de ser la misma. Desde aquí podría contemplar el jardín que separa nuestra casa de la de los Vidal, la piscina donde pasábamos horas cuando éramos niños o incluso el azul del Mediterráneo perdiéndose en el horizonte. Sin embargo, hace años que mis ojos dejaron de detenerse en cualquiera de esos lugares. Siempre terminan buscando la misma ventana.
La de Nayra.
Jamás imaginé que este rincón terminaría convirtiéndose en el cómplice de un secreto que ninguno de los dos debería guardar. Cada vez que me apoyo sobre el marco de la ventana siento la misma mezcla de ansiedad y deseo, porque sé que existe la posibilidad de verla aparecer al otro lado del jardín. Y cuando lo hace, todo lo demás deja de importar.
Así fue como comenzó todo.
Era una tarde cualquiera. Estaba estudiando para un examen del colegio cuando levanté la vista apenas unos segundos para descansar. Fue entonces cuando mi mirada quedó cautiva del paisaje que tenía delante: mi mejor amiga de toda la vida cambiándose de ropa frente a la ventana de su habitación.
Nunca supe si olvidó cerrar las cortinas o si simplemente no imaginó que alguien pudiera estar observándola. Lo único que recuerdo es la fuerza con la que empezó a latirme el corazón. Hasta ese momento Nayra siempre había sido solo eso: Nayra. La niña con la que había crecido, la compañera de incontables tardes de películas, de vacaciones familiares y de veranos recorriendo las calles de Marbella. Pero aquel día dejé de verla como la amiga de toda la vida y empecé a verla como la mujer en la que se estaba convirtiendo.
Fui incapaz de apartar los ojos.
Todavía puedo recordar el instante en que levantó la cabeza y nuestras miradas se encontraron. Durante un segundo pensé que cerraría la cortina de golpe o que me gritaría desde el otro lado del jardín. Habría sido lo lógico. En cambio, sonrió. Una sonrisa pequeña, casi tímida, que terminó desarmándome por completo.
Después vino una conversación incómoda en la que terminé confesándole lo hermosa que siempre me había parecido. Luego llegó un silencio de esos que parecen durar una eternidad y, sin que ninguno de los dos entendiera muy bien cómo, ese silencio terminó convirtiéndose en un beso.
Uno torpe.
Inseguro.
Lleno de dudas.
Y, aun así, fue suficiente para cambiarlo todo.
Apenas teníamos dieciséis años.
Hasta entonces seguíamos siendo los mismos niños que se habían conocido el día en que su familia se mudó a la mansión de al lado. Desde ese momento nos volvimos inseparables. Compartíamos el colegio, vacaciones, incontables noches viendo películas y veranos enteros recorriendo Marbella con la tranquilidad de quienes creen que la vida nunca va a cambiar. Éramos incapaces de imaginar a uno sin el otro... hasta que dejamos de vernos como niños y todo empezó a volverse peligrosamente confuso.
Ahora vuelvo a observarla desde esta misma ventana mientras se cambia de ropa.
La diferencia es que esta vez no hay ningún descuido.
Sé perfectamente que lo hace para que la vea.
Lleva años haciéndolo.
Es nuestra forma de llamarnos. Nuestra manera de decir "ven" sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Ella gira lentamente sobre sí misma y me dedica una sonrisa que conozco demasiado bien. Hay algo en la forma en que sostiene mi mirada que sigue provocándome exactamente lo mismo que la primera vez. Basta un gesto suyo para que todo mi autocontrol empiece a desmoronarse.
Los dos tenemos claro que esto no es amor. Al menos eso es lo que nos repetimos cada vez que las cosas amenazan con complicarse demasiado. Preferimos llamarlo atracción. Un juego. Una necesidad puramente física. Como si ponerle otro nombre fuera suficiente para convencernos de que no estamos haciendo nada malo.
Pero la realidad es otra.
Nos buscamos.
Nos encerramos.
Hacemos el amor con una intensidad que jamás he encontrado con ninguna otra mujer.
Después volvemos a nuestras vidas fingiendo que nada ha ocurrido.
Y cuando pasan demasiados días sin verla, mi cuerpo vuelve a reclamarla como si se tratara de un vicio del que soy incapaz de desprenderme.
No sé cuánto tiempo podremos seguir viviendo así. Quizá un mes. Quizá un año. Quizá hasta que alguien nos descubra. Lo único que tengo claro es que, mientras siga mirándome de esa manera, nunca voy a encontrar la fuerza para alejarme de ella.
Su sonrisa hace que los recuerdos de nuestra primera vez regresen con una claridad que todavía me sorprende.
Ella tenía diecisiete años.
Yo acababa de cumplir los dieciocho.
Estábamos viendo una película absurdamente romántica cuando apareció una escena de sexo entre los protagonistas. Recuerdo que ninguno de los dos volvió a prestar atención a la pantalla. El silencio empezó a hacerse cada vez más pesado y la tensión que llevaba meses creciendo entre nosotros terminó por llenar toda la habitación.
Todavía puedo verla mordiéndose el labio inferior antes de hacerme una pregunta que jamás olvidaré.
—¿Cómo fue tu primera vez?
Había tanta curiosidad y tanta vergüenza mezcladas en su mirada que no pude mentirle. Le conté la verdad mientras ella me escuchaba sin apartar los ojos de los míos. Cuando terminé de hablar, comprendí que llevaba demasiado tiempo deseándola. La besé convencido de que todavía podía detenerme, de que aún existía la posibilidad de dar marcha atrás.
Qué equivocado estaba.
Recuerdo sus manos temblando mientras desabrochaba mi camisa. La delicadeza con la que recorría mi piel, como si quisiera memorizar cada centímetro de ella. La forma en que buscaba mis labios una y otra vez, insegura y valiente al mismo tiempo. Ninguno sabía realmente lo que estaba haciendo, pero eso no impidió que aquella noche se convirtiera en una de las más importantes de mi vida.
Fue perfecta.