Unas fuertes arcadas despertaron a Damián, quien preocupado se puso en pie para ir al baño y asegurarse que nada malo le ocurriera a la dueña de las arcadas. Al entrar al baño la encontró de rodillas al váter vaciando su estómago, con cuidado tomó su cabello y permaneció en silencio sintiéndose culpable. Cuando terminó la ayudó a ponerse en pie, se miraba débil y pálida. Ella se lavaba la boca mientras el jalaba la palanca del váter. —Creo que las berenjenas no me cayeron bien —rió débilmente —Eso parece —dijo él jalándola a su pecho y envolverla en sus brazos —¿Nos damos un baño? —Claro —contestó él separándose para ir al lavado y cepillar sus dientes observando fijamente por el espejo cómo se desvestía. —Lo espero en la ducha, señor D'angelo. Él se apresuró a enjuagar su b