SALVARNOS
[SALVADOR]
—Tu madre mandó matar a Marek.
La voz de Olivier consigue atravesar el ruido de la recepción, aunque durante varios segundos no soy capaz de comprender realmente lo que acaba de decirme. A mi alrededor continúan las conversaciones, la música y el movimiento constante de camareros y personas relacionadas con la película, como si el mundo tuviera la insolencia de seguir funcionando después de una frase como esa. Desde el lugar en el que estoy puedo ver a Kamilla al otro lado del salón, hablando con Adrián mientras sostiene una copa entre los dedos. Él le dice algo que no alcanzo a escuchar y ella sonríe, relajada después de tantas horas de cámaras, entrevistas y expectativas.
La observo mientras intento ordenar las palabras de Olivier, pero lo único que consigo es regresar mentalmente a Polonia, a la casa de los padres de Kamilla y a aquella conversación que durante semanas he intentado convencerme de que pertenecía exclusivamente al pasado.
—¿Qué dijiste?
—Necesito que me escuches antes de reaccionar.
—Acabas de decirme que mi madre mandó matar a Marek. Creo que tengo derecho a reaccionar.
Olivier guarda silencio durante unos segundos y yo vuelvo a mirar hacia Kamilla. Recuerdo a su padre contándonos que Marek había encontrado irregularidades en documentos relacionados con empresas pantalla, movimientos de dinero y operaciones que nunca consiguió comprender por completo. Recuerdo las amenazas, las fotografías de sus hijos que alguien dejó en su buzón y aquella decisión de testificar que nunca llegó a cumplir porque tres semanas antes su automóvil salió de la carretera durante la noche. La versión oficial habló de hielo y de un accidente, aunque los frenos habían sido revisados apenas unos días antes y Marek llevaba semanas diciendo que alguien lo seguía.
Su padre había sido cuidadoso incluso cuando descubrió quién era yo. Nunca afirmó que mi familia hubiera ordenado su muerte porque no tenía pruebas para hacerlo, pero tampoco consiguió creer completamente en la casualidad. Durante años había vivido con la certeza de que algo oscuro rodeaba aquella muerte sin poder darle un nombre.
Ahora ese nombre es Martina.
—¿Estás seguro? —pregunto finalmente.
—Tan seguro como podemos estar después de tantos años. Hay movimientos de dinero desde una sociedad vinculada directamente con ella, un intermediario que aparece antes y después del accidente y documentación que confirma que Marek se había convertido en un problema para esa estructura. Todavía estamos reconstruyendo algunas cosas, pero ya no creo que estemos hablando de una sospecha.
Aprieto el teléfono con más fuerza.
—¿Por qué?
—Porque iba a hablar. Por lo que hemos podido reconstruir, había encontrado movimientos capaces de conducir hacia una de las estructuras que utilizaban los Irrizabal y los Kuznetsov. Algunas operaciones estaban mezcladas con sociedades vinculadas a los Guerra y durante años eso hizo prácticamente imposible saber quién estaba detrás de cada movimiento. Marek había empezado a separar las piezas.
—Y Martina decidió callarlo.
—Eso parece.
No necesito que diga nada más.
Vuelvo a escuchar la voz del padre de Kamilla cuando me dijo que no quería aquella historia para su hija y recuerdo la manera en que ella se enfrentó a él para recordarle que yo no era responsable de los actos de mi familia. En ese momento quise creer que aquello era suficiente, que toda la distancia que había construido entre Salvador Guerra y el hombre que había elegido ser podía proteger también a la mujer que amaba.
Pero mi madre había alcanzado a la familia de Kamilla mucho antes de que ella y yo nos conociéramos.
La idea resulta tan absurda que durante unos segundos apenas puedo respirar.
—Salvador, hay algo más.
El tono de Olivier cambia y consigue que toda mi atención vuelva inmediatamente a la llamada.
—¿Qué pasó?
—Antes necesito decirte algo que probablemente va a enfadarte.
—No creo que puedas empeorar demasiado esta conversación.
—Puse seguridad alrededor de ustedes.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—Después de Berlín y de aquella fotografía que les tomaron antes de que la relación fuera pública, no estaba dispuesto a esperar a que ocurriera algo más. Tengo gente siguiéndolos desde entonces. Los cubrieron en Los Ángeles, en Miami y ahora en París.
La rabia aparece inmediatamente, mezclándose con todo lo demás.
—¿Nos has tenido vigilados?
—Protegidos.
—Sin decirme nada.
—Porque sabía exactamente lo que ibas a hacer si te lo decía. Ibas a empezar a buscar amenazas en cada persona que se acercara a Kamilla y todavía no teníamos nada que demostrara que existía un peligro inmediato. Quería saber quién los estaba siguiendo antes de ponerte en alerta.
—¿Kamilla tampoco lo sabe?
—No.
Miro hacia ella otra vez y algo en mi expresión debe cambiar porque, aunque continúa escuchando a Adrián, sus ojos terminan encontrando los míos. Su sonrisa se desvanece apenas y sé que ya está intentando decidir si debe venir hasta donde estoy.
—Cuando esto termine, Olivier, tú y yo vamos a hablar seriamente sobre lo que significa meterte en mi vida sin permiso.
—Puedes decirme lo que quieras después. Ahora mismo me alegro de haberlo hecho.
La rabia desaparece tan rápido como llegó.
—¿Qué ocurrió?
Escucho una respiración al otro lado de la línea antes de que continúe.
—Uno de mis hombres detectó a alguien durante la llegada a la premiere. Estaba fuera del perímetro de prensa y durante los primeros minutos pensó que podía ser otro fotógrafo intentando conseguir imágenes desde una posición diferente. Después se dio cuenta de que no estaba fotografiando el evento. Estaba siguiendo exclusivamente los movimientos de Kamilla.
La música continúa detrás de mí, pero empiezo a escucharla como si viniera desde mucho más lejos.
—¿Qué quieres decir con siguiendo sus movimientos?
—Quiero decir que no apartó la atención de ella. Mi hombre intentó acercarse y entonces vio algo que hizo que pidiera apoyo inmediatamente.
No sé por qué miro otra vez hacia Kamilla. Quizá porque necesito comprobar que sigue ahí, a pocos metros de mí, completamente ajena a esta conversación.
—¿Qué vio?
—No consiguió acercarse lo suficiente para identificar el dispositivo y no voy a decirte que vio un arma cuando no puede confirmarlo. Pero sí vio una mira dirigida hacia ella.
Durante un instante dejo de escuchar todo lo demás.
Mi cabeza regresa a nuestra llegada unas horas antes, aunque ya no consigo saber qué parte pertenece a mi memoria y cuál estoy construyendo a partir de lo que Olivier acaba de contarme. Veo a Kamilla saliendo del auto y esperando que me acerque antes de avanzar hacia la alfombra roja. Recuerdo mi mano en su cintura, su cuerpo acomodándose naturalmente contra el mío y la sonrisa que apareció en sus labios cuando le dije algo para hacerla olvidar durante unos segundos que había cientos de cámaras apuntándonos.
Recuerdo haberla besado.
Recuerdo los flashes multiplicándose alrededor de nosotros.
Y ahora, entre todas aquellas cámaras, mi cabeza coloca a un hombre que yo nunca vi.
—¿Dónde está?
—No lo sabemos. Cuando intentaron llegar hasta él, abandonó la posición. Estamos revisando las cámaras exteriores y los accesos de los edificios cercanos.
—Sácala de aquí.
—Salvador...
—Quiero un auto preparado y seguridad en el hotel. Si alguien consiguió acercarse lo suficiente para tenerla en la mira, no voy a esperar a que vuelva a intentarlo.
—Ya estoy ocupándome de eso. Pero necesito que no hagas nada que pueda asustarla hasta que sepamos exactamente qué está ocurriendo.
Estoy a punto de responder cuando el teléfono vibra contra mi mano.
Lo separo ligeramente de la oreja y veo un mensaje procedente de un número que no conozco. Durante unos segundos me limito a observarlo, con una sensación que no consigo explicar extendiéndose por mi cuerpo, hasta que termino abriéndolo.
La fotografía tarda apenas un instante en aparecer.
Kamilla y yo estamos en la alfombra roja. Reconozco el momento porque mi mano descansa sobre su cintura y ella tiene el rostro ligeramente girado hacia mí, pero la imagen no fue tomada desde ninguna de las posiciones en las que recuerdo haber visto fotógrafos. El ángulo es más elevado y mucho más lejano.
Deslizo el dedo.
Hay una segunda fotografía tomada desde la misma posición, esta vez acercando la imagen hasta dejar a Kamilla prácticamente sola dentro del encuadre.
Sobre su cuerpo aparece una marca de referencia.
Una mira.
El aire deja de entrarme correctamente a los pulmones.
—Salvador, ¿qué pasa?
No respondo a Olivier porque otro mensaje aparece debajo de la fotografía.
Ahora sabes que podemos llegar a ella.
Levanto la mirada y descubro que Kamilla ha empezado a caminar hacia mí. La veo abrirse paso entre las personas mientras el teléfono vuelve a vibrar.
Tu madre dejó algo que no le pertenece. Tú puedes abrirlo.
Por primera vez desde que Matías encontró aquellos documentos comprendo con absoluta claridad por qué nunca fueron a buscarlo a él. Matías estuvo disponible durante todos estos años. Su apellido aparece en empresas, registros y entrevistas, y cualquiera que quisiera encontrar a uno de los hijos de Ignacio Guerra habría podido llegar hasta él sin demasiado esfuerzo.
A mí, en cambio, no podían encontrarme.
Salvador Guerra había desaparecido detrás de Salvador Vega.
Hasta que el mundo descubrió que éramos la misma persona.
El siguiente mensaje aparece antes de que pueda terminar de procesarlo.
Ginebra. 72 horas. Vendrás solo.
Y después:
Si hablas con la policía, con tu familia o con ella, la próxima vez no será una advertencia.
Durante varios segundos permanezco inmóvil mientras todas las piezas que llevaba semanas intentando mantener separadas terminan uniéndose de la peor manera posible. Martina había dejado algo específicamente vinculado conmigo. Alguien llevaba años necesitando encontrarme para acceder a ello y, cuando finalmente descubrieron dónde estaba Salvador Guerra, también descubrieron quién era la persona más importante de mi vida.
Olivier continúa hablando al otro lado del teléfono, pero apenas consigo escucharlo.
Lo único que veo es a Kamilla acercándose.
Entonces vuelvo a pensar en Marek, en un hombre al que nunca conocí y que murió porque decidió hablar de algo que Martina necesitaba mantener enterrado. Pienso en su familia recibiendo amenazas antes de perderlo y en el padre de Kamilla cargando durante décadas con preguntas que nunca consiguió responder. Todo aquello debería pertenecer al pasado, pero mientras miro la fotografía que acabo de recibir entiendo que el método no ha cambiado demasiado.
Primero demuestran que pueden llegar hasta alguien que amas.
Después esperan que obedezcas.
—Salvador.
La voz de Kamilla me obliga a guardar el teléfono.
Está frente a mí y me observa con una preocupación que intento borrar inmediatamente de mi rostro.
—¿Qué pasó?
—Olivier encontró algo.
—¿Sobre Martina?
Asiento porque mentir completamente sería todavía más difícil.
—¿Es malo?
La pregunta consigue que mis ojos bajen involuntariamente hasta el lugar de su cuerpo donde hace unos segundos vi aquella marca. Cuando vuelvo a mirarla al rostro, Kamilla ya se ha dado cuenta de que estoy ocultándole algo.
—Todavía no sé qué significa.
—Entonces averígualo. Si tenemos que irnos, nos vamos.
Nos.
La palabra se queda dentro de mí mientras ella se acerca un poco más y apoya una mano sobre mi brazo.
—No voy a dejar que esto arruine tu noche.
—No es mi noche, Salvador. Es nuestra.
No sé qué responder.
Kamilla termina acortando la distancia y me besa suavemente, como si quisiera recordarme que no necesito resolver el mundo durante los próximos cinco minutos. Cierro los ojos y llevo una mano hasta su nuca, prolongando el beso más de lo que ella esperaba porque de pronto necesito memorizar algo que hasta hace unos minutos creía que todavía tendría años para aprender.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, la música ha desaparecido.
Kamilla ya no está delante de mí.
Está sentada sobre la cama de nuestra habitación con la carta entre las manos.
No comprendo cómo hemos llegado hasta allí y, sin embargo, conozco perfectamente cada palabra escrita en esas páginas porque fui yo quien las dejó sobre la cama.
Ella todavía lleva el vestido de la premiere. Tiene los ojos llenos de lágrimas y me mira desde una distancia que parece aumentar cada vez que intento acercarme.
—Me lo prometiste.
Intento responderle, pero durante unos segundos no consigo producir ningún sonido.
—Dijiste que no volverías a decidir por mí.
—Kamilla, yo...
—¿Todo esto para salvarme?
La habitación parece transformarse lentamente alrededor de nosotros. Las paredes del hotel desaparecen y durante un instante estamos otra vez en Polonia, sentados frente a su padre, aunque Kamilla continúa sosteniendo mi carta entre las manos.
—No quiero esto para mi hija —dice él.
Intento explicarle que yo tampoco lo quiero, pero es Olivier quien responde desde algún lugar que no consigo localizar.
—Tu madre mandó matar a Marek.
Cuando vuelvo a mirar a Kamilla ya no está sentada sobre la cama. Está otra vez bajo las luces de París, rodeada de cámaras y periodistas, hermosa y sonriente mientras yo intento llegar hasta ella desde el otro extremo de la alfombra roja.
Sé lo que va a ocurrir antes de verlo.
La mira aparece sobre su cuerpo.
Empiezo a avanzar, pero la distancia entre nosotros se extiende de una forma imposible y, por más rápido que intento moverme, Kamilla parece alejarse. Ella continúa sonriendo porque no sabe lo que hay detrás de las cámaras y yo intento gritar su nombre, aunque el ruido de los flashes se mezcla con la voz de Olivier y con los mensajes que vuelven a aparecer delante de mí.
Ginebra. 72 horas.
Consigo dar otro paso.
Vendrás solo.
Kamilla gira el rostro hacia mí.
La próxima vez no será una advertencia.
Intento alcanzarla y París desaparece.
Ahora estoy frente a una mesa en una habitación que no reconozco. Hay documentos extendidos delante de mí y alguien pronuncia el nombre que llevo años intentando mantener separado de todo lo que construí.
Salvador Guerra.
Veo la firma de Martina en una de las páginas y después un compartimento que se abre. Hay algo dentro, aunque cada vez que intento acercarme la imagen cambia. Escucho instrucciones que no consigo recordar completas, preguntas que alguien me obliga a responder y el sonido de mi propia voz aceptando condiciones que no comprendo.
Después aparece Kamilla.
No está conmigo.
Está dentro de fotografías.
En una sale de un edificio y en otra camina por una calle mientras habla por teléfono. Hay otra en la que sube a un auto y una más en la que alguien la observa desde el otro lado de una avenida. Las imágenes cambian una detrás de otra mientras una voz me recuerda que solo necesito hacer exactamente lo que me pidieron.
Obedezco porque cada fotografía demuestra que siguen cerca de ella.
Durante días hago lo necesario para que todo termine, aunque en la pesadilla nunca consigo recordar con claridad qué entregué, qué abrí ni cuántas veces tuve que demostrar que realmente era el hijo de Martina. Solo sé que en algún momento las fotografías dejan de llegar y aparece un último mensaje que llevo semanas intentando creer.
Terminamos.
La palabra permanece delante de mí mientras todo lo demás desaparece.
Por primera vez siento alivio.
Entonces escucho la voz de Kamilla.
—Salvador.
Me giro y estamos otra vez en París.
Ella tiene mi carta entre las manos.
—Si realmente terminó, ¿por qué no volviste?
Quiero responderle que no podía hacerlo, que nadie me garantizó que aquellas personas no regresaran, que después de saber lo que Martina había hecho con Marek ya no podía confiar en una promesa de gente capaz de esperar décadas para conseguir lo que quería.
Pero ninguna de esas palabras sale de mi boca.
Kamilla me mira como lo hizo en Hallstatt cuando me obligó a entender que protegerla no me daba derecho a decidir por ella.
—Me dejaste sin preguntarme.
—Quería mantenerte viva.
—Querías controlar lo que podía pasarme.
—No.
—Entonces vuelve.
La palabra me paraliza.
Kamilla extiende una mano hacia mí y durante un instante está lo suficientemente cerca para que pueda tocarla. Avanzo, convencido de que esta vez voy a conseguirlo, pero antes de alcanzar sus dedos aparece otra fotografía entre nosotros.
Ella está sola.
No reconozco el lugar.
Tampoco sé cuándo fue tomada.
En la parte inferior hay un mensaje.
Sabemos dónde está.
—No.
Intento apartar la imagen, pero aparecen más, cubriendo el rostro de Kamilla hasta que dejo de verla.
—No. Kamilla, mírame.
Nadie responde.
Empiezo a buscarla mientras los lugares se mezclan a mi alrededor. La habitación de París se convierte en nuestro apartamento de Berlín, después en Hallstatt y finalmente en la casa de Cairo y Olivier en Miami. Abro puertas esperando encontrarla detrás de alguna, pero todas conducen al mismo dormitorio vacío.
Sobre la cama está mi carta.
Me acerco y descubro que el sobre ya no lleva el nombre de Kamilla.
Lleva el mío.
Lo abro.
Dentro hay una sola frase.
Ahora ya sabes cuánto cuesta obedecer.
Despierto pronunciando su nombre.
Durante varios segundos permanezco inmóvil, con el corazón golpeándome demasiado rápido y la respiración desordenada, mientras intento reconocer la habitación que me rodea. La oscuridad apenas permite distinguir los muebles y todavía tengo la sensación absurda de que, si giro la cabeza, voy a encontrar a Kamilla durmiendo a mi lado.
Mi cuerpo lo hace antes de que pueda detenerlo.
Extiendo la mano hacia el otro lado de la cama y encuentro únicamente las sábanas frías.
Ese contacto termina de devolverme a la realidad.
Me incorporo y apoyo la espalda contra el cabecero mientras espero que las imágenes de la pesadilla empiecen a perder fuerza. Poco a poco consigo separar lo que mi cabeza acaba de inventar de aquello que realmente ocurrió. La llamada de Olivier fue real, igual que su descubrimiento sobre Marek y la seguridad que había colocado alrededor de nosotros sin que lo supiéramos. También fueron reales el hombre que aquella noche tuvo a Kamilla en la mira, las fotografías que llegaron a mi teléfono y la orden que me llevó hasta Ginebra.
Fui.
No tenía otra opción que pudiera aceptar.
Abrí lo que necesitaban que abriera y cumplí con aquello que me exigieron, aunque todavía hay demasiadas cosas sobre lo que Martina dejó que no comprendo. Cuando terminaron conmigo recibí exactamente una palabra.
Terminamos.
Eso ocurrió hace casi tres semanas.
Quiero creer que fue verdad.
Me levanto y camino descalzo hasta la ventana. Cuando aparto la cortina, la oscuridad todavía cubre casi por completo la bahía y las montañas apenas se distinguen al otro lado del agua. Algunas luces permanecen encendidas junto a la costa, pero a esta hora todo parece suspendido en un silencio que fue precisamente lo que vine a buscar.
Kotor no significa nada para mí.
Nunca estuve aquí con Kamilla, no existen propiedades de los Guerra ni negocios de Cairo u Olivier que puedan relacionarme con Montenegro y tampoco hay nada en mi carrera que justifique mi presencia. Llegué después de abandonar Ginebra y cambiar varias veces de destino, hasta encontrar una casa apartada de las zonas más concurridas donde, en esta época del año, nadie parece interesado en el extranjero que compra lo necesario, habla poco y evita llamar la atención.
Hace casi un mes que mi familia no sabe dónde estoy. No regresé a Miami después de Ginebra ni llamé a Matías cuando todo terminó, aunque sé que él, Cairo y Olivier deben estar buscándome. Podría hacerles saber que sigo vivo, pero todavía no estoy dispuesto a dejar ningún rastro que pueda conducir hasta aquí.
Desde que cumplí con lo que me exigieron no he recibido nuevas amenazas ni fotografías de Kamilla. Les di acceso a aquello que Martina había dejado y, después de semanas de órdenes y advertencias, recibí un último mensaje asegurando que habíamos terminado. Quiero creerlo, pero tres semanas de silencio no son suficientes para confiar en personas que fueron capaces de esperar años hasta encontrarme y que, cuando finalmente lo hicieron, necesitaron apenas unas horas para descubrir exactamente cómo obligarme a obedecer.
Por eso no regresé.
Ha pasado casi un mes desde París, desde la premiere y desde la última vez que tuve a Kamilla entre mis brazos. Aquella noche le dije que la amaba y pocas horas después dejé una carta sobre nuestra cama para hacerle creer que me marchaba porque no podía sostener la vida que habíamos empezado a construir. Sabía dónde iba a herirla y lo hice de todas formas, porque en ese momento preferí que dudara de mí antes que permitir que supiera que alguien había puesto una mira sobre su cuerpo para conseguir mi obediencia.
Durante el día todavía consigo defender esa decisión. Por las noches es diferente. Entonces despierto buscándola en una cama vacía y recuerdo que protegerla también significó convertirme voluntariamente en el hombre que le prometí que nunca sería: el que decidiría por ella cuando tuviera miedo de perderla.
Miro hacia la bahía mientras la primera claridad empieza a dibujar las montañas sobre el agua. No sé si quienes me llevaron hasta Ginebra volverán a buscarme ni si cumplir con sus exigencias fue suficiente para sacar definitivamente a Kamilla de esta historia. Lo único que sé es que, mientras no pueda responder esas preguntas, regresar a ella significaría correr un riesgo que todavía no estoy dispuesto a imponerle.
Porque hay algo que ninguna distancia puede borrar.
Ellos saben cuánto la amo.