Han pasado cuarenta y ocho horas y todavía no entiendo cómo sigo respirando entre estas cuatro paredes. La celda es pequeña, húmeda y sin ventanas que permitan ver más que un rectángulo de cielo gris. El tiempo aquí no se mide en horas, sino en latidos acelerados, en parpadeos y en pensamientos que se enredan y se repiten hasta convertirse en tortura. Me siento en el catre de metal, con las rodillas recogidas y las manos vendadas apoyadas sobre ellas. Me quedo mirando los dedos inmóviles bajo el lienzo áspero, y siento un escalofrío que me sacude hasta los huesos. Bajo esas vendas todavía late el recuerdo de la sangre de Franco, caliente e imposible de detener. Intento apartarlo, pero cada vez que cierro los ojos, vuelve a aparecer su cuerpo desplomándose, mi voz quebrada cuando le conté

