Han pasado dos meses, y aunque a veces me parece mentira, respiro un poco más ligero que al principio. No voy a engañarme, las noches siguen siendo las más difíciles. La oscuridad se me viene encima como un río denso que arrastra imágenes y voces. Me despierto sudando, con el corazón golpeando contra mis costillas, y todavía hay instantes en que siento las manos de Franco sobre mí, como si el tiempo no hubiese pasado, como si la pesadilla se repitiera una y otra vez. Pero ya no me encierro. Ya no me dejo caer al fondo sin pedir ayuda. Nicoló me ha enseñado, con su presencia obstinada y silenciosa, que no tengo por qué pelear sola contra mis demonios. Él es quien me ha tendido la mano en las madrugadas. Quien se ha quedado sentado a mi lado, en silencio, hasta que mi respiración se calma y

