Respiro hondo antes de dar el primer paso hacia la sala donde todo se va a definir. Cada músculo de mi cuerpo está tenso, como si mi piel se hubiera convertido en una armadura demasiado ajustada, presionándome desde adentro. Empujo el cochecito de Emilio con las manos sudorosas; el metal del manubrio se siente frío, y, sin embargo, mis palmas arden. Lo escucho balbucear, ajeno a la tormenta que me desgarra por dentro. Su vocecita dulce resuena en este pasillo blanco y aséptico, como si fuera un oasis en medio del desierto que me consume. Inclino la cabeza hacia el frente y ahí está con su cabello revuelto, sus mejillas sonrosadas. Le sonrío, porque necesito que vea paz en mí, aunque por dentro soy un nudo de ansiedad, ira y algo que odio reconocer. Miedo. Miedo a lo que viene. Miedo a lo

