Mis dedos tiemblan. Están sobre el teclado, pero no porque no sepa lo que hago. Las teclas responden al tacto, obedientes, mecánicas, y aun así me parecen frías, distantes, como si cada clic fuera un recordatorio de algo que intento ignorar. Respiro hondo, o lo intento. El aire entra como cuchillas diminutas que se expanden en mis pulmones, y cuando exhaló, siento que no me vacía, que no me limpia, que la tensión se queda pegada como humo espeso en las paredes del pecho. Llevo días trabajando sin pausa. Desde el viernes pasado, cuando nos reunimos a compartir la copa de vino y la charla amena. Los demás han empezado a tratarme con calidez y me hacen sentir como si perteneciera. Ríen fácil, preguntan sin invadir, me ofrecen café y conversaciones ligeras. Y yo, que suelo ser un muro, he dej

