El silencio amenaza con envolverme y, de hecho, puedo sentirlo rozándome la piel como una tela áspera. Respiro hondo, intentando contener el temblor que amenaza con delatarme, pero cada inhalación es una guerra contra mi propio cuerpo. Nicoló está ahí. De pie. ¡De pie! Erguido como si nada hubiera sucedido, como si el tiempo no lo hubiese tocado, como si no hubiese estado en una maldita silla de ruedas. Me aferro a la madera pulida de la silla, con las uñas presionando con fuerza, porque necesito algo que me mantenga anclada. Todo se siente irreal. Su sombra ocupa el espacio como antes ocupaba mi vida: sin pedir permiso, con la arrogancia que siempre lo acompañó. La oficina del juez se ha vuelto más pequeña. No es una ilusión; es mi respiración la que se encoge, mi pecho comprimido por la

