Entro a la oficina con un nudo en el estómago, todavía arrastrando la mezcla de nervios, emoción y alivio que me acompaña desde esta mañana. Mis pasos suenan suaves sobre el piso pulido, pero en mi pecho el corazón late con tanta fuerza que parece un tambor desacompasado. Respiro profundo, como si el aire pudiera darme firmeza, pero sé que no hay forma de disimular lo que siento. Mis emociones siempre encuentran un modo de delatarme, aunque intente esconderlas tras una sonrisa forzada o un movimiento controlado. Arístides levanta la vista en cuanto cruzó la puerta. Sus ojos me estudian con esa calma que siempre me ha desconcertado, como si pudiera leer en mí con la misma facilidad con la que lee un informe. Inclina apenas la cabeza, un gesto pequeño, pero suficiente para hacerme sentir de

