El olor del café caliente me envuelve como una manta suave. Siento cómo baja tibio por mi garganta irritada mientras trato de disimular la risa que me provoca ver a Emilio con toda la cara embarrada de mango. Nicoló hace un esfuerzo casi heroico por limpiarlo, pero apenas consigue pasarle la servilleta cuando ya el niño vuelve a llenarse otra vez. La escena me enternece de una manera que no sé cómo esconder, así que acerco la taza a mis labios para cubrir la sonrisa que se me escapa. Él levanta la mirada un segundo y me ve. Su expresión es una mezcla de paciencia y resignación, pero también hay orgullo en su gesto, como si llevarse toda esa fruta encima fuera una medalla que está dispuesto a soportar por Emilio. Y lo entiendo. Yo también lo miraría igual. —¿Cómo está Dahlia? —preguntó de

