Su mano sigue firme sobre mi boca, áspera, dura e implacable. Mis uñas arañan su piel, pero apenas logro rasguños superficiales. El olor metálico de su sudor me invade, mezclado con algo rancio, y me da ganas de vomitar. Intento mantener la calma, aunque el miedo me grita en la cabeza: que estoy atrapada, que Nicoló no está, que nadie me va a escuchar. Pero debo controlarme. Si me quiebro, él gana. Si me rindo, le entrego lo que vino a buscar. Mi miedo. Con un esfuerzo que me arde en la garganta, logro soltar una palabra entrecortada bajo su palma. —¿C… cómo sabes dónde vivo? Franco sonríe, esa sonrisa torcida que me hiela la sangre. Lentamente, retira la mano de mi boca, como si disfrutara verme jadear, como si cada bocanada de aire que tomo fuera un regalo que él me concede. —No fue

