La luz de la tarde pinta todo de dorado. Las paredes, los autos antiguos y no tan antiguos, los árboles que asoma entre edificios, todo es sublime. Caminamos sin rumbo definido, y cada callejón parece esconder una historia. El ruido del tráfico es lejano. Aquí, entre las callejuelas empedradas, solo se escucha el murmullo de conversaciones, risas, una guitarra callejera que toca algo melancólico. Voy al lado de Nicoló, que avanza con seguridad sobre el empedrado. Emilio sigue en su regazo, tranquilo, mirando todo con ojos muy abiertos. Hay algo mágico en esta imagen: Nicoló, con su elegancia tranquila, su silla deslizándose entre piedras centenarias, y Emilio, con sus pies gorditos al aire, con uno de sus puños en su boca. Siento cómo algo se derrite dentro de mí. Una parte rígida que ve

