CAPÍTULO 42.-1

990 Palabras

—Nicoló… —digo, apenas en un susurro, como si pronunciar su nombre pudiera salvarme. Él no dice nada. Sus ojos viajan de mí a Franco. Luego de nuevo a mí. Me mira como si no me conociera. Como si en un segundo toda nuestra historia se hubiera roto en mil pedazos que ya no encajan. El silencio es un castigo peor que los gritos. —No es lo que piensas —digo, dando un paso hacia él, sintiendo cómo se me resquebraja la voz. Pero no puedo terminar la frase. Nicoló echa hacia atrás su silla alejándose de mí. —¿Qué escuchaste exactamente? —pregunta Franco con esa maldita voz burlona. Está disfrutando esto. Se alimenta de la tensión y del caos. —¡Cállate! —gritó. No me importa si pierdo el control. No me importa nada más. —¿Es cierto? —pregunta Nicoló. Su voz es baja y es más dolorosa que si

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