El aire está más frío de lo que espero cuando bajo por el ascensor. No por la temperatura real, sino por el vacío que se ha instalado en mí. Ese espacio que antes ocupaba su presencia —su voz, su mirada, su furia contenida— ahora es un hueco sordo. Un eco. La puerta del ascensor se abre y ahí está Giuseppe. Como siempre, firme, correcto, inquebrantable, esperando en el vestíbulo. No me pregunta nada, ni se inmuta. Solo inclina la cabeza a modo de saludo. Ese gesto de respeto me conmueve más de lo que debería. Avanzamos juntos hacia la salida. Nuestros pasos resuenan en el mármol, un compás casi ceremonial. No decimos una sola palabra. Él no la necesita, y yo no la tengo. No ahora. Cuando cruzamos las puertas de cristal, el sol me golpea con fuerza. No por su luz, sino por la realidad qu

