Me agacho de inmediato, y siento mi corazón estrujarse con fuerza. Lo tomo en mis brazos y me lleno de su calidez y suavidad. Huele a sol y a jardín, a jabón infantil y a vida sin cicatrices. —Hola, mi amor —susurro, y dejo un beso en lo alto de su cabeza. Me tiembla la voz, pero él no lo nota. Me aferro a su cuerpo pequeñito, como si pudiera protegerme del resto del mundo. Como si él pudiera salvarme. Levanto la mirada hacia Lina cuando Emilio lucha por volver a sus juguetes, así que lo dejo en la alfombra. Ella me observa en silencio, pero no pregunta nada y agradezco eso de ella. —¿Podrías quedarte un poco más con él? —le pido y mi voz es apenas un hilo. Me siento expuesta, vulnerable y agotada. —Claro —dice, con esa dulzura, que no es condescendiente, sino real—. Iba a llevarlo a p

