Cuando la puerta se cierra y el clic del cerrojo suena, el silencio cae sobre mí como una manta pesada. Respiro hondo. Huele a detergente y a flores artificiales. A nuevo y a lugar temporal. Y eso me duele más de lo que debería. Lina me mira desde la cama, donde ha acomodado a Emilio, que ahora juega con uno de sus juguetes. Se inclina para quitarle la chaqueta y le acaricia el cabello con delicadeza. Yo me quedo de pie, en medio de la habitación, sin saber qué hacer con mis manos, con mi cuerpo y con mi vida. Quiero hablar, pero no puedo. La garganta me quema. Las palabras se atascan. Y entonces lo siento. El peso del día entero me cae encima. Las emociones, contenidas como un dique, empiezan a resquebrajarse. Camino hasta la ventana, con pasos torpes, y corro la cortina. La ciudad se

