No sé en qué momento la noche terminó por rendirme, pero sí recuerdo el sonido constante del reloj del hotel, como un martillo que golpea lento, recordándome que el tiempo sigue corriendo, aunque yo esté atrapada entre pensamientos que no me dejan en paz. Dormí a ratos. Primero, porque la cabeza no dejaba de dar vueltas, enredada en lo que sucedió y en lo que debo hacer ahora. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión en el pecho como si alguien me estuviera apretando el corazón con las manos. Así que aquí estoy, intento respirar profundo, pero el aire se siente denso, pegajoso, como si no tuviera suficiente espacio en los pulmones para contenerlo. Emilio duerme a mi lado como un ángel caído del cielo, completamente ajeno a la tormenta que me atraviesa. Él duerme muy tranquilo. Aj

