Lina frunce el ceño, niega suavemente y, sin esperar más, se sienta frente a él, extendiendo las manos. —Dame eso. Anda, ve a buscar algo para ti. Yo me encargo de este pequeño. —¿Segura? —pregunto, dudando, porque ahora necesito el control, siento que no puedo cederlo ni siquiera en cosas pequeñas. Pero me recuerdo que es Lina. —Por supuesto —responde con esa firmeza que no deja espacio a réplica—. ¡Anda, que te veo pálida! Me levanto, pero antes de irme la miro. —¿Quieres café? ¿Algo? Ella ríe bajito. —Ya desayuné, y créeme, tuve mi dosis de café. No te preocupes por mí, ve a comer algo decente. Camino de regreso al bufé con pasos rápidos, intentando no sentirme culpable por estos minutos lejos de Emilio. Tomo un plato, lo lleno sin pensar demasiado. Un poco de huevo, pan integra

