Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana. El cristal está empañado por la lluvia que golpea la calle sin descanso, como si el cielo llorara por mí, por nosotros, por esta historia podrida que se me escapa entre los dedos. Entonces, llega la mesera, sonriente, ajena a mi derrumbe interno. —Dos cafés, por favor —pide Gary, con esa voz grave que no admite réplica. Yo solo asiento, tragando saliva, intentando que la sensación de ahogo se disuelva, que la presión en el pecho no me reviente el corazón. El aroma cálido del lugar me reconforta un segundo, pero se apaga cuando Gary se gira hacia mí con esa mirada que conozco demasiado bien: inquisitiva, directa, sin margen para escapatorias. —¿Qué pasó, Raven? —dispara la pregunta sin rodeos, como siempre. Gary nunca ha sido de juegos. Va di

