Capítulo 3

2661 Palabras
Diana desvío la vista ligeramente hacia Astrid y por un breve instante, ella notó algo, una pizca de desconcierto que Diana rápidamente oculto en una sonrisa vacía, intentando recuperar la confianza que aquel hombre de nombre Nyx le había robado, para que su rostro se mostrará tan maternal y tranquilizadora como siempre. —Sigamos—expresó con dulzura—ahora te mostraré el área común, el lugar donde los participantes que han avanzado hasta cierto grado de sus evaluaciones pueden interactuar en una mutua y sana convivencia. Astrid no dijo nada, de cualquier forma no podía, pero su silencio lo dijo todo, estaba condenada y esa mujer, iba a mostrarle el resultado de sus esfuerzos por eliminar la voluntad de las personas. Diana volvió a entrelazar sus dedos sobre su abdomen, en una postura firme, se dio vuelta y entonces comenzó a caminar por el pasillo hasta encontrarse con las mismas tres personas que la habían acompañado hasta ese momento. Diana hizo un movimiento con la cabeza indicándoles algo que Astrid no supo entender, pero con el cual todos caminaron en una dirección distinta, dirigiéndose por el mismo camino que ese hombre había tomado. Astrid miró de reojo, un último atisbo de su curiosidad, queriendo saber si esas personas asistirían a Nyx, él parecía ser un hombre importante en ese lugar y por la actitud que inconscientemente Diana había mostrado, era un hombre de temer, alguien a quien no se le desobedecía ni cuestionaba. Cuando Diana retomo el paso, Astrid la siguió, mirando todo lo que podía a su paso, después de todo ese era el propósito en ese momento. Observar. Cada cosa que Astrid pudo ver era inusual, nada que no hubiera visto antes, pero demasiado perfecto y armonioso, no como su celda en prisión, aunque si le daba la misma sensación de control y eso le hizo inclinar la mirada un instante hacia sus manos, desde las cuales se podía ver las huellas de sus intentos por quitárselas. Ver sus cicatrices, finalmente le hizo entender que ese hombre, Nyx, quizás no estaba interesado en los datos que le habían entregado, sino más bien en ella, en lo inusual de sus resultados, los cuales, tal vez, querría confirmar por sí mismo. Astrid se estremeció, sospechando qué su trato en ese sitio no sería solo psicológico como lo había sospechado al ver a Diana, sino también físico. ¿Iban a torturarla? ¿Por qué? ¿Solo por esos resultados que advertían qué tenían una alta tolerancia al dolor? ¿O era acaso porque ella había sido parte de la resistencia? El pasillo era largo, blanco y pulcro. A su paso, Astrid observo puertas de las cuales se podían oír voces y en otras solo se escuchaba el silencio. Ella no supo exactamente que daba más miedo, si saber que ahí había más personas como ella, capturadas y obligadas a callar o el hecho de que hasta el momento no había escuchado ninguna queja, ningún grito, como si ese lugar les hubiera quitado las ganas de ser libre, justo como le pasaba a Astrid quien ya no sentía la misma energía de lucha y resistencia como cuando la habían capturado, la soledad de alguna forma la había cansado. Mientras caminaba mirando la silueta de Diana delante de ella, un área diferente apareció a su derecha, delimitada por un cristal transparente, no había cerraduras, por lo que Astrid pudo observar y no parecía necesitarlas en un sitio como ese, sin embargo, en un acto inesperado Astrid se detuvo, algo que Diana no noto enseguida. Al otro lado del vidrio estaba una gran sala abierta, iluminada por un ventanal que dejaba entrar una luz tan suave como engañosa. Parecía un lugar de paz, en el que convivían los colores porque en el interior había personas vestidas con lo que parecian ser uniformes que reían y conversaban entre sí, disfrutando de la compañía mutua. La sala o mejor dicho, las personas, transmitían una sensación de calidez, algo más humano, incluso acogedor, pero Astrid no sabía si lo que estaba viendo era real o quizás una escena bien ensayada. La puerta que conducía a ese lugar estaba ahí, frente a ella, pero Astrid solo la miro porque intuyo que tal vez no podría entrar, no sin permiso. —¿Quieres entrar, 704?—cuestiono Diana con una voz gentil. Astrid volvio la mirada lentamente hacia ella, pero no respondió, no sabía si debia hacerlo, algo en su interior le dijo que sus palabras podían ser usadas en su contra, como si ese lugar fuese otra especie de prisión y quizás lo era, solo que aún peor— con el tiempo, tú también podrás entrar a las áreas comunes, aquí es donde conviven los participantes que han decidido confiar en nosotros. Por ahora no puedes participar, pero habrá momentos donde se te permita observar. Astrid giro la vista nuevamente hacia la sala, comprendiendo a que se refería Diana. En ese momento, dos jóvenes se acercaron a la puerta, ambas portaban vestidos blancos, parecían felices e iban a algún lado. Astrid intuyo que tal vez eran dos chicas que solo iban al baño juntas. ¿Eso se le permitía? Se preguntó mientras ambas chicas pasaban a su lado sin siquiera mirarla, pero sí saludando a Diana con una leve inclinación de cabeza, que Diana respondió con una sonrisa más amplia. Astrid no apartó la vista de ellas y solo entonces se percató de algo importante, sus muñecas, esas chicas no tenían las pulseras pegadas a su piel. —¿Vamos?—insistió Diana indicándole el camino por el que debían seguir. Astrid asintió, pero con una extraña sensación en el pecho, sintió como un vacío, algo le faltaba, algo que esas chicas tenían al poder caminar entre esos pasillos sin supervisión. Libertad. —Tu estancia aquí seguirá un programa estructurado —pronuncio Diana con voz suave, sin dejar de sonreír mientras ambas caminaban por el pasillo hacia otra área—. Clases que garantizan que recibas toda la orientación que necesitas para alcanzar la claridad. Astrid apretó sus uñas contra su propia piel, luego de escucharla hablar, pero no respondió. No era enojo lo que sentia al escuchar hablar a Diana, era miedo porque ella le estaba contado, era como si fuera una platica casual del como le iban a quitar su libre pensamiento solo para encajar en su extraña sociedad. —Cada mañana iniciarás con sesiones de autoobservación guiada. Estas te ayudarán a liberar los pensamientos que generan resistencia. A medida que avances, aprenderás a sustituirlos por ideas que fomenten la armonía.—le contaba a Astrid mientras ella trataba de mantenerse en silencio, manteniendo la calma o de lo contrario sus piernas comenzarian a flaquear. Diana siguió hablando de otro tipo de sesiones y clases hasta que llegaron al área de aulas, salones de estilo minimalista, con grandes ventanas que daban hacia un jardín artificial, quizás para brindar calma, pero que tal vez no llevaba a ningún lado. —Si sigues cada paso sin resistencia, pronto comprenderás la paz que ofrece este lugar—menciono Diana, no como una sugerencia, pero sí como una verdad absoluta— ahora ven, te mostraré otra area. Ambas caminaron rumbo a otro sitio. Encontrandose con personas que le mostraban respeto a Diana unicamente con una leve inclinacion de cabeza, sin detenerse a hablar con ella porque la socilializacion parecia no estar permitida, al menos no fuera de las areas comunes y quizas no entre los que ahi desempeñaban una funcion. Diana se detuvo frente a una puerta, la cual se deslizó revelando una habitación amplia, de líneas limpias y paredes en tonos neutros. La luz era suave, casi diseñada para que la luz artificial no lastimara la vista sino todo lo contrario. No había barrotes, ni cámaras visibles, pero la sensacion de ser observada aun se percibia en todo momento. —Este es uno de los privilegios a los que podras acceder en un futuro—anunció Diana con voz baja, como si no debieran ser escuchadas—. La Biblioteca, solo quienes alcanzan cierto nivel de reflexion pueden acceder. Tú, por tu perfil, has sido autorizada a observarla. No tocarás nada. Solo mirarás. Astrid frunció el ceño, pero no dijo palabra. Aquel permiso, extraño e inesperado, la desorientó. ¿Por qué le concedían algo así? ¿Era un error o una forma retorcida de mostrarle lo que no podía tener a menos de que se rindiera? Entraron y Astrid noto un cambió en el ambiente de inmediato. La temperatura era ligeramente más baja, como si los libros exigieran un aire distinto al de los humanos, los estantes, altos y oscuros, llegaban hasta el techo. No había pantallas, solo papel. Volúmenes con lomos envejecidos, algunos en lenguas que Astrid no reconocío e incluso otros que llevaban sellos del SEG, la organizacion que decia haber salvado el mundo, solo para sumirlo en un infierno peor que la guerra. Sobre las paredes habia frases escritas, líneas de texto en diferentes tamaños y tipografias, fragmentos de pensamientos, ideas o quizas confesiones que de una u otra manera, las personas que entraban ahi, estaban obligados a entender. Astrid sintió un escalofrío cuando leyo una frase. "El olvido no es una limitación, es un acto de sabiduría." El eco de aquellas palabras pareció rozarle la nuca. No recordaba exactamente de donde o de quién había escuchado esas palabras, pero causo que su piel se erizara. Diana ni siquiera miro aquella frase porque para ella esas palabras no significaban nada. Astrid trago saliva e intento ignorar el escalofrío qué esa frase le había causado, camino junto a Diana sin alejarse más allá de un par de centímetros mientras observaba los libros, cientos de ellos en formato físico, tangibles y absolutamente reales. No dispositivos de lectura, ni archivos digitalizados. Solo libros. Era papel viejo, cubiertas gastadas, palabras olvidadas. La sala olía a madera, tinta seca y una sensación de algo más... como nostalgia, pero lo que más la sorprendió no fue eso, sino un rincón al fondo. Un atril de madera sostenía una pieza que no era del todo un libro, estaba encuadernado con cuero oscuro, aparentemente sin autor y sin un título. Sobre sus páginas abiertas se podía leer anotaciones hechas a mano con tinta negra y un pulso firme en letra cursiva. Unas eran fórmulas, otras pensamientos, pero había frases extrañas, como garabateadas con rabia y ternura. Yo miré donde nadie más se detuvo. Donde tú creías que nadie quería quedarse. La letra era hermosa, casi celestial, perfecta en cada curva, pero la frase era extraña comparado a lo que habia a su alrededor. Control, certeza, sumision y poder, pero esa frase parecia ser una brisa fresca de libertad, casi como una frase romantica. —Es un hermoso pensamiento. ¿No es verdad, 704?—pronuncio Diana acercandose al libro para cerrarlo ante la incredulidad de Astrid. Al parecer habia alcanzado a leer un fragmento al que tal vez aun no debia tener acceso. Astrid asintio por instinto, como si al darse cuenta de esa verdad, la hubiera hecho consciente de que habia quebrado una regla y en ese nuevo mundo, donde las reglas debian seguirse al pie de la letra, romper una, por minima que fuera, era una sentencia. —Si todo sale como se planea, podras venir a la biblioteca cuantas veces desees y leer este cuaderno si es tu deseo—expreso Diana en un tono de voz calmado, como si leer un libro fuera mas bien un premio y no un derecho. Astrid entendio algo simple, pero poderoso. En ese lugar, los derechos eran premios que debian aprender a ganarse, pero ¿Cuanto de su moral o sus principios debia dejar atras para poder sobrevivir? —Ahora sigueme—expreso Diana con una sonrisa alegre, una expresion que a Astrid habia comenzado a incomodar. Ambas salieron y caminaron hacia un pasillo largo hasta llegar a una puerta transparente, en la cual se podía leer "Área femenina" era una zona exclusiva de habitaciones individuales donde habia puertas cerradas y abiertas en las que se podían ver a mujeres de todas las edades en actividades propias, existiendo con normalidad. Nadie actuó con miedo o confidencialidad ante la presencia de Diana porque no había nada que esconder, todas esas mujeres, ya habían aceptado la reeducación, así lo intuyo Astrid al ver los vestidos blancos y la falta de las pulseras sobre sus muñecas que a ella todavia la mantenian como prisionera, aunque Astrid noto que habia mujeres que portaban vestidos verdes y azules, pero ellas aún tenían las pulseras, lo cual la confundio un poco, pero era evidente que a las unicas personas que tenian un poco de mas libertad, eran las que portaban uniformes blancos. Diana se detuvo frente a una puerta blanca que no tenía ninguna cerradura, pero al momento de pasar una identificación sobre un escáner, la puerta se deslizó hacia la izquierda revelando lo que había en su interior. Personas vestidas con uniformes de otros colores grises, negros y rojos, que al momento de notar la presencia de Diana, se levantaron de su sitios y se colocaron en fila con la mirada inclinada hacia el suelo, con los brazos extendidos con las palmas abiertas, demostrando que no ocultaban nada, como si con ello demostraran que no era peligrosos ante la presencia de alguien tan pura como Diana. Astrid sintio un nudo en el estomago al ver la sumision de esas personas, pero esa actitud le dio un poco de esperanza, finalmente podia ver una emocion que no parecia una expresion ensayada, miedo. Diana comenzo a avanzar con lentitud, como si con su sonrisa y su mirada inspeccionara algo fuera de lugar, algo que no encajara, no solo en como estaban ordenadas las literas o que tan estiradas estaban las mantas sobre ellas, sino en cada persona. Como si su respiracion o la firmeza de sus palmas le susurraran verdades y que tan dispuestos eran para seguir sus ordenes. Astrid avanzo detras de ella y al ver el miedo en la actitud de esas personas, Diana ya no le inspiro confianza, ni tampoco tranquilidad como si debajo de esa sonrisa amable tambien se escondiera un monstruo que podia destruirla con solo una orden. —Esta sera tu cama a partir de hoy, 704— expreso Diana señalando una litera vacia, no muy lejos de la entrada, como si recien acabara de desocuparse. Astrid solo asintio, con la mirada inclinada—sigue a los demas, pronto aprenderas los horarios y lo que debes hacer, solo no interrumpas a nadie, aprenderas que el silencio en este sitio es un...beneficio. Diana paso al lado de Astrid, tocando su hombro antes de irse, como si ese sutil gesto la alentara a comportarse por su propio bien. Cuando Diana comenzo a caminar sola por el pasillo, sus pasos resonaron con eco, como si ahi no hubiera ningun alma, excepto la suya. Diana desaparecio cuando cruzo la puerta por la que habia entrado justo unos instantes antes, solo entonces, las personas que aparentaban ser estatuas frente a cada litera, finalmente se movieron, pero no hablaron, ni siquiera miraron a Astrid, solo caminaron cada quien hacia una direccion, algunos de vuelta a sus camas, otros se sentaron en el piso apoyandose en la pared y otros caminaron, como si los pasillos entre las miles de camas fueran un parque, quizas el unico donde podian caminar sin tener que bajar la mirada, quizas el unico acto de libertad que aun podian gozar. Astrid, solo los miro, entre asombrada y desconcertada, porque esperaba otra actitud, quizas preguntas, alguien interesado en saber su historia, pero era como si fuera invisible, como si ser nueva en ese sitio fuera suficiente para mantenerla exiliada, quizas porque no querian problemas y ese pensamiento, de pronto la hizo entrar en razon para no sentirse rechazada. No es que no quisieran averiguar quien era ella, sino que el mundo ya no era lo que ella recordaba.
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