Astrid fue conducida por los pasillos de la prisión hasta una camioneta cerrada, era su primer viaje luego de tanto tiempo encerrada entre cuatro paredes que la asfixiaban día a día y aunque sus manos estaban unidas por las pulseras de seguridad como si fueran un par de imanes que le impedían mover sus manos, ella sintió un poco de libertad con el movimiento de la camioneta alejándose de ese lugar.
Ella sabía a donde la llevaban, un lugar donde las personas dejaban de ser personas, no por voluntad, sino por obligación. Había escuchado algunas historias de sobrevivientes, los que habían sido rescatados cuando la resistencia aún era una organización fuerte y estable, cuando había más personas que se oponían a lo que estaba pasándole al mundo, pero de esa organización ya no quedaba mucho, aunque aún seguían peleando por sobrevivir y cada esfuerzo, cada pequeña victoria, era un paso hacia la libertad.
El interior de la camioneta era liso y reflectante, no habia vibraciones, ni el mas mínimo temblor que delatara el movimiento del vehículo, era como si flotara en el vacío, atrapada en una burbuja de metal que sabia que estaba moviendose aunque ella no lo sintiera.
El sonido era casi tan residual como lo habia sido en su celda, solo la acompañaba el ritmo uniforme de la ventilación y el silencio afilado de lo que su imaginacion le susurraba. Entrelazo sus dedos mientras miraba la unica textura que cambiaba entre el frio metal que la rodeaba, el asiento, frío, sintético e impecable.
El tiempo en el interior, dentro de aquella pequeña prision paso casi inadvertido, Astrid estaba tan acostumbrada a encerrarse en su propia mente, hablar consigo misma intentando no perder mas la cordura, recordandose a si misma en pequeños murmullos que aun habia esperanzas si era lo suficientemente paciente y en eso era bastante buena, siendo paciente, de lo contrario, su cordura la habria abandonado los primeros meses
Cuando la camioneta se detuvo, ella ni siquiera lo noto hasta que las puertas se abrieron en un movimiento fluido, sin el más mínimo sobresalto. La luz del exterior de pronto la cego y cuando Astrid coloco su mano frente a su vista tratando de que no la lastimara, no sintio miedo sino un poco de alivio, de saber que afuera, el sol aun iluminaba el mundo de la misma forma, aunque todo hubiese cambiado.
Sin necesidad de recibir una orden, Astrid se levanto de su asiento al ver a dos guardias situarse justo a cada lado de ambas puertas. Camino hasta descender de la camioneta y mientras su vista se acoplaba al ambiente, ella escucho el aire o al menos intento, pero este permanecia quieto, inmóvil. La calma en ese lugar era absoluta, sin viento, sin sonidos inesperados, sin siquiera el eco lejano de un mundo más allá de esos muros.
Al alzar la mirada, frente a ella se encontraba un edificio de líneas rectas y colores neutros se extendian como un cuadro perfectamente trazado. Nada estaba fuera de lugar, no habia ninguna grieta en las paredes, ni una hoja caída en el camino de piedra lisa. Todo era perfecto hasta que vio un par de figuras cruzar las puertas del lugar.
Era una fila de tres personas que ya esperaban su llegada. Todos vestian atuendos pulcros y mantenian las manos entrelazadas frente a sus cuerpos. Sonreian, pero esa sonrisa no era del todo natural, parecia demasiado...exacta. No habia rastro de duda, era como si hubieran practicado esa expresión cientos de veces, afinado cada músculo para hacerla perfecta, pero la perfección no le daba tranquilidad.
Estaba harta de la perfección, de lo medido y lo calculado. Ver esa perfeccion en un rostro humano que debia ser espontaneo, era igual de terrible que estar encerrada en esa prision porque una sonrisa tan perfecta, seguramente no era mas que una máscara. Las que las personas estaban obligadas a llevar, con tal de sobrevivir en ese nuevo mundo.
Astrid los observo tratando de mantener la misma calma, ella habia aprendido como hacerlo durante su tiempo en prision, cuando la ansiedad solia agobiarla al creer que su vida se reduciria a eso, estar comoda tras cuatro paredes, sin contacto humano, sin saber que seria del resto del mundo, aunque tal vez, su calma provenia de otro sitio, de una epoca mucho mas antigua, antes de la guerra, antes de que todo se perdiera.
Astrid observo a una de esas personas aproximarse a ella, dio un paso, uno que no fue demasiado apresurado ni demasiado lento, pero que se acerco a ella con una suavidad que parecia ensayada.
—Bienvenida, 704. —dijo una voz es cálida, envolvente y casi reconfortante.
Astrid se encontro con la mirada de una mujer, quien parecia liderar aquel pequeño grupo de personas que no solo la observaban, sino tambien la analizaban a la distancia, pero la voz de aquella mujer tenia una capa extraña de dulzura, como un caramelo demasiado empalagoso.
Su cabello lucia perfectamente peinado y su atuendo sin una sola arruga, en el cual se podia leer su nombre escrito sobre una pequeña placa plateada en una tipografia sencilla, pero elegante "Diana".
—Has dado un gran paso.—expreso aquella mujer suavizando su mirada, mostrandose amable, como si realmente le importara— aquí estamos para ayudarte a descubrir tu verdadero potencial, para liberarte de las ataduras que te han impedido ser la mejor versión de ti misma.
Astrid sintio un escalofrío recorrerle la espalda al escuchar decir aquella frase, prefabricada. ¿Liberarla? ¿De que? ¿De su voluntad?
La palabra resono en su cabeza, pero de sus labios no salio ni un solo grito o queja, en vez de eso, Astrid tomo un folleto que aquella mujer de nombre Diana le extendio con delicadeza. Era blanco, pulcro y sin imágenes estridentes, la portada tenia un título delicado, escrito en una fuente elegante: "La libertad de la mente es la paz del alma".
Astrid observo un momento el folleto que ya estaba en sus manos, luego instintivamente, miro a Diana quien mantenia la misma expresion, una sonrisa irreal que se sentia vacia, pero algo en sus ojos le dijo que ella esperaba que leyera el folleto antes de continuar hacia su fatal destino, convertirla en uno de ellos, por lo que con un dispositivo que parecia tener la apariencia de un llavero, libero sus manos del magnetismo entre ambas pulseras que aun permanecian atadas a sus muñecas como un recordatorio constante de que no importaba adonde fuera, su libertad ya no era suya, sino de ellos.
Lo abrio, aunque sus dedos por un momento temblaron. El contenido no le sorprendio en lo mas minimo, eran palabras perfectas y cuidadosas.
"Aquí, aprenderás a soltar el peso de tus dudas. No tendrás que cargar con pensamientos que te confundan, con ideas que te alejen de la claridad. Todo lo que necesitas ya está aquí, solo debes aceptarlo. La verdadera libertad es confiar, es dejar que el conocimiento llegue a ti sin resistencia. No estás sola. Nunca más estarás sola."
Astrid sintio que las frases se deslizaron por su mente como un río tranquilo, diseñado para arrastrar consigo cualquier pizca de resistencia. Cada oración construida para ser innegable, para hacer creer que obedecer era el único camino posible.
Diana observo su reacción con una dulzura inquietante.
—No tienes que entenderlo todo de inmediato, 704. Solo necesitas abrir tu corazón. Verás qué fácil es encontrar la paz cuando confías en quienes queremos lo mejor para ti.—dijo Diana intentando aliviar las dudas de la nueva participante, pero sus palabras solo causaron que Astrid bajara el folleto mientras su pecho se oprimia.
No hubo imposición en esas palabras, no hubo órdenes, pero era precisamente eso lo que las hacia más peligrosas.
Diana extendio su mano en un gesto delicado, invitándola a seguirla hacia el interior del lugar, por un pasillo iluminado con una luz suave, casi celestial en donde no habia sombras y todo era perfectamente visible, perfectamente controlado.
—Ven, 704 —expresó Diana con una dulzura que rozaba lo maternal—es momento de que conozcas la historia de este lugar, el hogar donde, finalmente, descubrirás tu propósito. Astrid trago saliva y camino detrás de ella, con el folleto aún apretado entre sus dedos. Todos caminaron en silencio mientras seguian la figura de Diana, sin olvidar rodear a Astrid, como si pensaran que aun era capaz de causarles problemas.
Pronto, llegaron a una habitación amplia y sin adornos innecesarios. Diana señalo un sillón de textura acogedora, el cual estaba frente a una pantalla.
—Siéntate. —ordeno Diana, aunque su sonrisa, la cual no vacilaba, amortiguo el peso de lo que esa palabra significaba.
Astrid asintio, aunque no tenia porque hacerlo, pero su cuerpo actuo en automatico, era como si estuviera aprendiendo, sin querer, la normas de ese lugar. No habia pasado mas de media hora, pero ya sabia que mientras permaneciera sumisa, todo estaria bien, segun lo que la quietud de las palabras de Diana, habian estado diciendole desde el mismo instante en que se habia presentado. Al tomar asiento, las luces de la habitacion se apagaron y Diana enseguida oprimio un botón ocasionando que la pantalla se iluminara dando comienzo a un video de bienvenida.
Lo que Astrid contemplo fueron imágenes hermosas, delicadas, llenas de armonía. Un mundo donde no existia el caos, donde todos caminaban en perfecta sincronía, donde la sociedad funcionaba sin fricción. Enseguida una voz femenina, cálida y envolvente, hizo eco en la sala con palabras cuidadosamente seleccionadas:
"Antes, el mundo era un lugar peligroso. La gente sufría, se perdía en el ruido de sus propios pensamientos. Las dudas, las ideologías equivocadas, las diferencias irreconciliables, todo eso dañaba a la humanidad, pero aquí, en el Centro de Reeducación, hemos encontrado la solución."
Las imágenes cambiaron mostrando rostros sonrientes, ojos llenos de paz y familias que parecian extraídas de una fantasía.
"Aquí, cada persona puede alcanzar su máximo potencial. Puede desprenderse de aquello que los hacía frágiles. Descubrir la verdadera felicidad, la verdadera calma. Un mundo sin incertidumbre, sin desviaciones. Porque cuando todos siguen el camino correcto, la especie prospera."
Astrid comenzo a respirar mas lento conforme pasaban las imágenes, como si el oxígeno que entraba a sus pulmones comenzará a pesarle. Algo dentro de ella se revolvió, una alarma interna que le gritaba que algo estaba mal.
Las imágenes mostraban siluetas borrosas de gente que parecia ser llevada a nuevas etapas dentro del centro de reeducación, guiadas con dulzura, con sonrisas, pero nunca mostrando resistencia. Solo aceptación.
"Aquí no te perderás nunca más. Aquí tendrás el honor de convertirte en lo que siempre debiste ser."
El video termino con un mensaje escrito en una caligrafía elegante:
"Suelta lo que te hace daño, y recibirás la verdadera libertad."
Las luces volvieron a encenderse en un tono cálido y armonioso. Diana la toco por el hombro y cuando Astrid levantó la mirada hacia ella, vio en sus ojos una dulzura que le helo la sangre. Cómo si de verdad creyera las mentiras que acababan de mostrarle.
—¿No es hermoso, 704?
Astrid no respondió. Su piel estaba erizada, su mente le repetía una y otra vez lo que había visto, lo que había escuchado, y al parecer ella era la única cuerda en ese lugar, la única que entendía que querían quitarle algo importante, su derecho a pensar por si misma, su voluntad y eso, para nada era hermoso.
—Antes de que comiences tu proceso, quiero mostrarte algunas zonas del centro —le dijo con voz serena, como si estuviera invitándola a recorrer un jardín de ensueño en vez de un lugar de reeducación.
Astrid volvió a asentir sin decir nada, aún sentia las palabras del video de bienvenida adheridas a su piel como una capa difícil de arrancar. Diana la condujo hacia una puerta diferente, una que se deslizó sin hacer ruido, revelando un corredor amplio qué llevaba hacia otro lado del complejo.
El pasillo no era largo, pero tenía grandes ventanales qué tenían vista hacia un hermoso jardín y a mitad del pasillo, como si realmente hubiera un poco de libertad en ese sitio, había un par de puertas abiertas que invitaban a salir.
Astrid escuchó la voz de Diana diciéndole algo, quizás una indicación, pero no le presto atención, estaba tan impactada de ver un sitio así, justo en un centro de reeducación. ¿Cómo podía ser posible? ¿Era real?
Astrid camino, sin permiso hacia el par de puertas, hacia el jardín y nadie hizo nada. Diana y sus colaboradores solo la observaron.
Ella se detuvo al borde del umbral, al escuchar el sonido del aspersor regando gotas de agua sobre el césped. No era sintético y las plantas alrededor no eran artificiales, pero lo que más fascinacion le causó fue ver el cielo, no era una pantalla, era real, lo sintió en su piel, en el suave calor de los tenues rayos del sol dándole su bienvenida al mundo.
Por un momento, su aliento quedo atrapado en su pecho, mientras un nudo en la garganta se formaba y pequeñas gotas se le acumulaban al borde de los párpados. Era naturaleza, verdadera naturaleza y ella estaba a tan solo un paso de ella.
Una leve brisa la sobrecogio y esa misma brisa movió las hojas de los árboles meciendolas sin brusquedad, eso le pareció curioso, como si el viento ahí también estuviera calibrado y entonces, una gota, no era del aspersor, era de lluvia.
Cada gota cayo con una suavidad imposible, como si el agua misma evitara golpear con fuerza aquel suelo. No era una tormenta, quizás solo una nube pasarela llena de agua que había decidido caer justo en ese sitio, justo sobre Astrid.
Ella levanto la vista, y ahí estaba. Un arcoíris y por un instante, olvidó dónde estaba. Olvidó el centro de reeducación, el tiempo que habia pasado en un encierro sin sol, sin tierra y sin cielo, donde solo existía, pero no se le permitía ser.
La imagen del arcoíris la atravesó con una oleada de emociones que se parecia demasiado al anhelo, pero entonces, la voz de Diana la interrumpió con un tono suave, paciente y envolvente mientras la tomaba de los hombros con suavidad para indicarle el camino correcto.
—Si tu conducta es la esperada, no tendrás que anhelar la libertad, 704. La tendrás porque aquí, el pasado no tiene lugar, lo que fuiste solo te consumía. Ahora, puedes ser lo que realmente debes ser.
Astrid bajo la mirada, algo en su interior se quebro un poco, era como si le hubieran quitado justo un pedazo de libertad en ese momento, la hicieron anhelar ese diminuto punto de naturaleza, para después arrebatarselo como si no lo mereciera, no aún.
Antes de que Diana dijera algo algo más, una nueva presencia se manifestó.
Un hombre de postura firme y de mirada penetrante. Sus ojos no eran suaves, ni envolventes como los de Diana. Eran fríos, analíticos, y sonreía, pero no era una sonrisa natural, ni un reflejo ensayado de amabilidad fingida. Era algo más... Inquietante.
Diana inclino ligeramente la cabeza en un gesto respetuoso.
—Señor Nyx. Qué honor tenerle aquí.
Era el hombre a cargo de todos los centros de reeducación. Él había observado aquella escena en silencio, no porque le interesará aquella chica, sino porque su metodología de iniciación a la reeducación aún brindaba buenos resultados y eso le causaba cierta chispa de satisfacción y lo demostraba en esa sonrisa grabada en su rostro.
Astrid sintio un escalofrío recorrerle la espalda cuando observo la figura de ese hombre, no era muy alto, pero era delgado y su cabello era corto ondulado, un pequeño mechon rizado caía ligeramente por su frente del lado derecho y tenía una mirada penetrante, de ojos dorados que cargaban una oscuridad qué a Astrid no le permitió mantener la mirada fija en él.
Ese hombre llevaba puesto un traje blanco, junto con un emblema qué Astrid no alcanzó a ver del todo bien, en ese momento no quiso que ese hombre la notará y se diera cuenta de que sabía observar su entorno, supuso que a esas alturas, ser demasiado observador, debía ser casi un delito.
Nyx avanzo con pasos controlados, observando cada detalle como si los muros del centro de reeducación tuvieran algo que confesarle.
—Estoy aquí para inspeccionar la actualización de sistemas de evaluación —respondió con una voz firme, sin espacio para dudas.
Diana asintio con una reverencia discreta, manteniendo su expresión impecable mientras le entregaba un dispositivo con los datos más recientes antes de la actualización qué se realizaría a los sistemas esa noche.
Nyx lo tomó y comenzó a examinar en silencio, deslizando los dedos sobre la pantalla, su mirada recorrió números y reportes sin que su expresión cambiara, pero entonces, sus ojos se detuvieron cuando Astrid aspiro aire rompiendo el silencio del corredor.
Nyx alzó la mirada levemente hacia ella y Astrid enseguida notó que se había convertido en el foco de su atención.
—¿Y ella? —Nyx pregunto, con una intensidad que enseguida la sofoco. No debía ser nada bueno que notarán qué ella existía.
Diana giro la cabeza con suavidad hacia Astrid.
—704, acaba de llegar. Recibimos su informe hace unas horas, es una participante con características poco comunes. Sus evaluaciones han revelado una tolerancia al dolor significativamente elevada.
La mirada de Nyx parecio atravesarla al escuchar esa información. Habia algo en sus ojos que no era simple curiosidad, era algo afilado, depredador.
—Interesante —murmuro. Un tono que no era admiración, sino cálculo.
Cerro el informe en el dispositivo con un gesto preciso y al proporcionarselo de nuevo a Diana, se dirigió a ella con la misma exactitud metódica.
—He presentado un programa de reeducación más intensivo. Algo más... eficaz para los casos menos propensos a ceder por voluntad. Ella podría serme de utilidad, así que quiero actualizaciones constantes sobre sus avances.
El aire pareció volverse más denso cuando sus ojos volvieron a posarse sobre Astrid. Diana asintió, con una postura perfectamente medida, pero entonces, se atrevió a preguntar:
—¿Este nuevo programa ya ha sido aprobado por El lider Eon?
El cambio en la actitud de Nyx fue inmediato, su sonrisa desapareció, reducida a nada en un parpadeo. Sus ojos se afilaron con una frialdad que, por primera vez, rompió la compostura de Diana.
—Diana... —dijo con un tono pausado, pero con una firmeza que se sentia como un cuchillo en el aire— las preguntas no estan dentro de tus asignaciones, limitate a realizar tu trabajo tal y como se te pide.
La tensión en la habitación se materializo en el breve silencio que siguió.
Nyx sostuvo la mirada de Diana por un momento que se prolongo demasiado, hasta que ella bajo ligeramente el rostro en señal de verguenza. Un gesto mínimo, casi imperceptible, pero para Astrid, fue suficiente.
Por primera vez, vio algo diferente en Diana, algo vulnerable, tal vez incluso miedo.Nyx se giro y comenzó a alejarse sin una despedida, como si la conversación ya hubiese dejado de ser relevante para él.