PRIMERA PARTE
Astrid había perdido la esperanza de volver a ver el mundo allá afuera.
Por un tiempo pensó que esa habitación en la que estaba confinada sería temporal, que alguien, en algún momento, vendría por ella, no para rescatarla, pero sí para llevarla a ese lugar, al lugar que los suyos, los pocos que aún quedaban, temían llegar.
Conocía cada centímetro de las paredes que la contenían, eran frías y lisas, reflejaban una luz tenue y artificial que nunca se apagaba. No había ventanas, ni siquiera una rendija por la que pudiera entrar la más pequeña de las alimañas. Era una impecable celda, tan perfecta como para volverse loca luego de un tiempo con la misma sensación de opresión constante.
En el rincón, se encontraba una cama estrecha y dura que se extendía como una línea solitaria en la pared, lo mas abrumador era la única manta qué ahí se encontraba, la cual ofrecía poco consuelo y casi nada de calidez. Había un pequeño estante de metal que albergaba los escasos objetos personales permitidos: unas cerdas unidas a un dedal de goma qué servía para que Astrid pudiera lavarse los dientes, una pequeña bolsa de terciopelo rosa donde guardaba una copa menstrual y unas láminas de jabón qué usaba como pasta dental, como jabón para las manos y para bañarse en una esquina donde había una pequeña regadera movible qué sé activaba cuando debía bañarse y luego de usar el sanitario.
Una única cámara de vigilancia que se movía en cualquier dirección, observaba cada uno de sus movimientos, sin darle un momento de privacidad, y alrededor de toda la habitación había un sistema de monitoreo biométrico que vigilaba sus signos vitales y sus movimientos con visión térmica.
El aire estaba cargado con el zumbido de los sistemas de seguridad que a veces no le permitían escuchar sus propios pensamientos. El tiempo en ese espacio se había detenido, cada día se mezclaba con el siguiente en una interminable repetición qué ya no soportaba.
Estaba casi segura que había pasado alrededor de un año desde su encierro, gracias al monitoreo constante de su salud física, debía hacer ejercicio a una hora específica y para asegurarse de que realmente se ejercitaba por lo menos una media hora al día, las pulseras metálicas que estaban alrededor de sus muñecas, la electrificaban si no cumplía con el tiempo establecido para el cuidado de su salud.
Había intentado quitárselas en muchas ocasiones, sabía que esas pulseras eran la clave para salir, pero cada vez que intentaba arrancarlas por la fuerza, estas se aferraban a su piel, casi cortando la circulación sanguínea de sus manos o incluso cuando estaba lo suficientemente cerca de la puerta, a veces podía sentir como un calor comenzaba a calentarle la piel, como si fuera un indicador del perímetro al que estaba confinada. Nunca había tenido el valor de probar que pasaría si tocaba la puerta, pero había concluido que esas pulseras estaban diseñadas para que no tuviera ideas de libertad, para que incluso tuviera miedo de salir al exterior.
Los gritos de odio que al comienzo habían mantenido su espíritu intacto se habían reducido a murmullos consigo misma, como si el confinamiento también la obligara a cerrarse mentalmente cada día más. Incluso sus recuerdos de la vida fuera de esos muros habían empezado a desvanecerse, sustituidos por una extraña monotonía donde rara vez se escuchaba algún ruido qué no fuera producido por alguna máquina.
A veces, encontraba consuelo en su imaginación, tratando de visualizar la forma en como saldría de ese lugar, se imaginaba cortando cables y destruyendo drones a su paso sin qué nada pudiera detenerla luego de quitarse las pulseras y aunque fuera solo en su imaginación, esa era la única forma de escapar de la realidad.
Las marcas de sus uñas en el estante de metal eran los únicos testigos mudos de sus intentos desesperados por mantenerse cuerda, pero en algún rincón de su ser, aún mantenía una chispa de determinación. Un año de soledad no había logrado romper completamente su voluntad. No cuando aún había esperanza, no cuando aún existía la resistencia.
Ella había sido testigo de que la voluntad humana nunca fallaba cuando aún había fe, así que, aunque ella estuviera atada de manos, encerrada esperando a que un día vinieran por ella, sabía que alguien allá afuera luchaba por los que estaban confinados como ella.
Aún recordaba con claridad el día en que le había tocado a ella. Solía repasarlo en su mente como una forma de recriminarse a sí misma del porque se encontrara en esa celda como un maldito criminal. No era fuerte, de hecho era delgada, siempre lo había sido, pero su cualidad más destacable era qué sabia correr por su vida, era como un pájaro deslizándose entre el viento, nada ni nadie había logrado detenerla o atraparla, pero esa redada no había sido como las demás. Hubo más vigilancia, más seguridad, menos salidas y menos opciones.
No había sido la única en ser capturada aquella noche, más compañeros y amigos habían tenido el mismo destino que ella, pero hasta ese momento no había escuchado nada, ni un solo grito que indicara que en ese lugar había más gente atrapada, solo silencio puro y absoluto.
Aunque sus días sus días eran siempre iguales, solía tener pequeños momentos de felicidad. De vez en cuando, se echaba en la cama y cerraba los ojos para alzar una mano en el aire, repasando su técnica con el pincel, la misma que su madre, siendo aún pequeña, le había enseñado. En su mente, se imaginaba en esa hermosa habitación azul y de grandes ventanas, por la cual se introducía una brillante luz blanca y natural, con la cual su madre plasmaba las más hermosas pinturas.
Cuando hacía eso, cuando su mano se movía en el aire, simulando tener un pincel y un lienzo virgen delante de ella, desconectaba su mente, eso le ayudaba a reencontrarse a sí misma con quien había sido en el pasado. Su sueño había sido pintar, crear constelaciones que jamás nadie hubiese visto nunca, despertar corazones dormidos con tan solo una de sus pinturas, pero aquel sueño hermoso había sido destruido por la guerra.
A veces se preguntaba que habría sido de su vida, si la guerra nunca hubiera sucedido, si ella hubiera cumplido sus sueños. Se preguntaba que tipo de vida tendría y si ese alguien que alguna vez amo aún siguiera existiendo.
Estaba tumbada en la fría cama, con la mirada perdida en el techo, murmurando técnicas de pintura al óleo que aún recordaba, pues se los había memorizado casi todos, lo hacía de vez en cuando, para no olvidar lo que amaba a pesar de la situación, sabía que jamás volvería a ver un lienzo o tomar un pincel en sus manos, ni mucho menos percibir el olor de la pintura recién abierta, pero le ayudaba a mantenerse cuerda.
Entonces, un sonido nuevo rompió la monotonía.
Pasos, un ruido sordo y pesado que resonó y hizo eco en los pasillos, acercándose con una regularidad casi militar. Su corazón, que había aprendido a latir a un compás lento y resignado, comenzó a acelerarse, enviando oleadas de adrenalina por todo su cuerpo.
Se incorporó lentamente mientras sus ojos se fijaban en la puerta de su celda. Los pasos se acercaban más y más, advirtiendo qué tal vez, solo tal vez, la interminable espera había terminado y su horrible destino finalmente venía por ella.
La ansiedad se arremolinaba en su pecho como una tormenta, amenazando con romper la calma que había construido durante todo ese tiempo. Inhaló profundamente, llenando sus pulmones de aire reciclado y metálico, un aire al que ya estaba tan acostumbrada para, después, exhalar con determinación aunque los dedos de las manos comenzaban a temblar, no podía permitirse flaquear, no ahora que su momento habría llegado.
Su mente, rápidamente, imagino posibles escenarios. ¿Vendrían a interrogarla? ¿A trasladarla a otro lugar? ¿O quizás... a llevarla a ese sitio, qué la resistencia tanto le temía?
Sí, la última opción era la más viable en sus circunstancias. Apretó los puños, sintiendo la frialdad del metal en sus muñecas, que le recordaron que ella no era mas que una prisionera mas.
Los pasos se detuvieron justo frente a su puerta, así que en un movimiento automático, enderezó la espalda y levantó la barbilla, proyectando una postura firme mientras su corazón palpitaba con fuerza, pero sus ojos, no mostraban rastro de miedo. No les daría la satisfacción de verla vulnerable, aunque por dentro, luchaba por no llorar.
El silencio que siguió estaba cargado de una tensión abrumadora, ella sabía qué, fuera lo que fuera a pasar, todo pasaría en cuestión minutos y aunque luchara, lo mejor que podía hacer era intentar quitarse la vida, porque, de otra forma, estaba condenada.
Cada fibra de su ser estaba lista, preparada para ser llevada de la forma más brusca y violenta, pero mientras transcurrían los segundos, la incertidumbre del cómo entrarían por ella se volvió su mayor enemigo.
De pronto se escuchó un sonido, el mismo que esa puerta hizo la primera vez que la llevaron ahí los hombres que la habían capturado. Enseguida se escucho el sonido del metal deslizándose mientras la puerta se abría. Ella se obligó a mantener la calma, sus músculos tensos y listos para reaccionar si hacia falta, pero cuando finalmente alguien hizo acto de presencia, fue una figura femenina quien se adentro en su celda, era esbelta y vestía un uniforme médico blanco e impecable.
Astrid trago saliva al contemplarla, la mujer era joven, de cabello n***o recogido en un moño en el que no se le podía ver ni un solo cabello suelto, llevaba gafas y un portapapeles en la mano. No dudo en avanzar hacia ella con pasos meticulosos, casi mecánicos y tan solo por un momento, Astrid dudó qué fuera humana.
La precisión de sus movimientos y la frialdad de su expresión hacían difícil saberlo, pero cuando la miró, cuando levanto la mirada hacia ella para escudriñarla, se dio cuenta de que sus ojos eran marrones y tenían un brillo singular a pesar de su actitud tan meticulosa.
La mujer se detuvo frente a ella, llevaba un expediente médico en las manos que enseguida, estudio con una eficiencia inquietante.
—Sujeto 704. Los informes indican que su salud es favorable, aunque ha perdido peso por debajo del promedio funcional, segun los resultados del monitoreo biometrico, la causa probable es el estres cronico, pero parece que aun es viable para el programa de reeducacion. Sera necesaria una evaluacion mas profunda para determinar si representa un riesgo a largo plazo.
—¿Reeducacion?—musito Astrid como si le hubieran dictado sentencia de muerte. Eso era lo que tanto temia la resistencia, ser desestabilizado mentalmente, que les lavaran el cerebro para ser uno de ellos, esos imbeciles que habian vendido su alma, su humanidad por una vida mecanica que era todo menos humana.
—Sigame—le ordeno aquella mujer dandose media vuelta para salir de la celda de la misma forma en como habia llegado, como si sus movimientos fueran medidos, como si fuera una maquina.
Astrid se quedo inmovil por un momento. No solo por la palabra reeducacion o porque sintio que hacia mucho tiempo que no recodaba como sonaba su voz, sino porque la puerta estaba abierta para ella y por ese breve momento, esa pequeña sensacion de libertad la abrumo.
Dio un paso, trago saliva y luego dio uno mas, obligando a su cuerpo a seguir hasta encontrarse en ese pequeño espacio que dividia la celda del pasillo. Miro con cautela, temiendo que un guardia estuviera ahi para mantenerla vigilada, pero la unica persona que habia ido por ella era esa mujer que la miraba con cierta exasperacion.
Astrid dio un paso hacia el pasillo. Su corazon se acelero con fuerza cuando se atrevio a mirar el lado contrario, como si hubiera una oportunidad para escapar, pero aunque la idea estaba en su cabeza, aunque sabia que tenia la capacidad de obligar a sus piernas a moverse una detras de la otra, en realidad no pudo hacerlo porque hubo algo mas poderoso que se lo impidio. Su propia voluntad, ya no la tenia.
Fue incapaz de moverse, su logica le dijo que era inutil intentarlo cuando aun tenia esas pulseras blancas en las muñecas. No importaba cuanto pudiera correr, si es que aun podia moverse como antes, si cabia la posibilidad de que la electrocutaran para obligarla a detenerse. No quiso intentarlo, asi que simplemente inclino la mirada hacia sus manos, las cuales estaban aferradas al uniforme gris que llevaba puesto y luego comenzo a seguir a esa mujer por el pasillo.
Astrid camino con la mirada inclinada, solo observando los zapatos de tacon de aquella mujer. Su mente divago por un momento, preguntandose cuando habia sido la ultima vez que habia usado unos, pero ya ni siquiera eso recordaba.
Ambas continuaron caminando hasta llegar a un consultorio medico que en apariencia era tradicional, incluso el profundo olor de alcohol en el ambiente.
—Retirese la ropa y suba a la bascula, 704—expreso la mujer sin mirarla, solo se enfoco en escribir en el expediente medico que aun mantenia en sus manos.
Astrid miro a su alrededor, no habia ningun lugar donde pudiera tener un poco de privacidad, asi que, sintiendose como un raton de laboratorio, tomo la orilla de la tela y empezo a quitarse la ropa junto a los zapatos blancos que se le permitia usar. Quedo expuesta ante aquella mujer que ni siquiera la miraba como a su igual. Camino sintiendo el frio del piso en las plantas de sus pies y subio a la bascula que enseguida marco 47 kg, tres kilos debajo de su peso habitual.
—¿Ha experimentado pérdida de fuerza en alguna parte del cuerpo, 704?— pregunto la mujer levantando levemente la mirada, solo para observar el digito que marcaba la bascula, no su cuerpo, como si ella en realidad no estuviera ahi y solo fuera una voz que estaba obligada a hablar unicamente cuando se le hacia una pregunta.
—No— respondio Astrid y la unica respuesta que recibio fue el sonido de un boligrafo al ser usado sobre una hoja de papel
—¿Tus articulaciones responden normalmente al movimiento, 704?—continuo el interrogatorio, esta vez la mujer comenzo a caminar hacia Astrid, pero sin mirarla, estaba acechandola de alguna forma y Astrid lo percibio por la forma en como se movio
—S-si...eso creo—titubeo y entonces la mujer levanto la mirada, su duda no era buena señal, pero a pesar del ejercicio que estaba obligada a realizar, Astrid creia que eso no era suficiente para saber si su condicion fisica se habia desgastado realmente.
—¿Si o no?— cuestiono, esta vez usando un ligero tono mas alto y mas severo. Astrid la observo, tan solo por un momento, no pudo mantener la mirada fija en ella, no cuando se sentia vulnerable estando completamente desnuda y sin importar si su evaluadora era mujer, su indiferencia era casi la misma que la de un hombre.
—Si—respondio al inclinar la mirada de nuevo e instintivamente se abrazo a si misma, en un acto de calentarse la piel de los brazos y quizas cubrirse parte de los senos.
—Tienes un largo historial de lesiones autoinflingidas ¿Puedes explicar porque razon te lastimaste a ti misma, 704?
—Intentaba quitarme las pulseras—declaro Astrid inhalando aire luego de responder, como si la sinceridad en ese momento fuera una traicion hacia si misma.
—Creo que a estas alturas se habra dado cuenta de que emiten una vibración leve como primera advertencia cuando detectan señales de manipulacion o incluso si sobrepasa el perimetro al que fue asignada y mientras mas intentos realice, sus pulseras se ajustan aun mas a su piel asegurando que no sean retiradas sin autorizacion— declaro, no como burla, sino mas bien para informarle que no habia forma de lograr su cometido.
La mujer se aproximo a ella y sin pedirle permiso, solo tomo su mano para examinar si su piel habia sanado correctamente o el uso de las pulseras le habrian generado cicatrices profundas e irreversibles.
—¿Qué nivel de dolor toleras sin reaccionar?— continuo con el interrogatorio y cuando Astrid sintio el frio de sus manos sobre su piel, su cuerpo se estremecio.
—No lo sé-respondio Astrid mirando la fascinacion de aquella mujer al ver las pequeñas huellas de las cicatrices que sus propias uñas le habian causado en sus primeros intentos de quitarselas, como si lo mas interesante en realidad fuera el dolor que tuvo que soportar.
No habia sido facil hacerlo, no cuando se dio cuenta de que las pulseras se ajustaban y seguian haciendolo como un metodo de seguridad, pero su desesperacion la habia llevado a un punto de no medir las consecuencias ni mucho menos el dolor hasta que ya no pudo mas.
—Dame un numero del 1 al 10. El que consideres que fue exactamente el dolor que pudiste soportar, 704.
—¿7?— respondio Astrid dudosa, no lo recordaba exactamente, habia sido mucho tiempo atras, de hecho durantes sus primeras semanas ahi y despues de un año, las heridas no solo ya habian cerrado, sino que ella misma habia olvidado el dolor.
—Estas marcas no las causa un numero 7—dedujo la mujer algo desilucionada por la respuesta de Astrid- diremos que fue un 9.
—¿Eso que significa?—cuestiono Astrid o al menos lo intento, temiendo que tal vez consideraban torturarla fisicamente sin matarla, tal vez para que hablara sobre la resistencia.
—Digamos que en tus circunstancias es una habilidad, 704—le respondio la mujer, pero en esa ocasion, Astrid sintio que su respuesta estaba cargada de malicia.
En ese momento, un hombre entro al consultorio, obligando a Astrid a encogerse para ocultar su cuerpo desnudo, pero aquel sujeto ni siquiera la miro.
—Justo a tiempo. El sujeto 704 sera trasladado esta misma tarde al centro de reeducacion. Este es el informe de su condicion fisica y psicologica—dijo la mujer con una sonrisa satisfecha—creo que señor Nyx estara complacido con su nueva adquisicion.