MI VIDA DESPUES DE ELLA
La noche en la que lo arruiné todo todavía puedo sentirla. No fue un impulso ni un error; fue una decisión, y lo supe incluso antes de hacerlo. Ese es el problema con ciertos límites: no se cruzan por accidente, sino porque en algún punto decides que vale la pena romperlos. Y yo lo hice.
Seis meses no alcanzan para olvidar a alguien como Asli. Alcanzan, eso sí, para aprender a no pronunciar su nombre en voz alta, para dejar de revisar el teléfono esperando algo que ya no va a llegar y para fingir —al menos en apariencia— que hay cosas que se pueden dejar atrás. Pero olvidar… no. Eso no ocurre.
Abro los ojos y permanezco inmóvil durante unos segundos. Hay un instante, justo entre el sueño y la conciencia, donde todavía no recuerdo que ella ya no está, donde todo sigue en su lugar. Es un segundo breve, casi insignificante, pero suficiente para que el golpe llegue con ese ligero retraso que lo hace más soportable… y al mismo tiempo inevitable.
Me incorporo despacio, pasando una mano por el rostro mientras dejo que el silencio de la casa se instale por completo. Antes no era así. Antes, incluso cuando no hablábamos, había algo que llenaba los espacios: una presencia constante, una tensión que no necesitaba palabras. Ahora todo está en orden. Demasiado.
Camino hacia la cocina y dejo que el café se prepare solo mientras observo la luz filtrarse por los ventanales. Durante un tiempo creí que volver a esto sería suficiente: retomar mi ritmo, enfocarme en la empresa, en lo que siempre ha sido estable. Y en parte lo es. Pero no de la forma en la que esperaba.
Antes de Asli, mi vida tenía una lógica que no necesitaba explicaciones. Todo era claro, directo, sin zonas grises. Sabía lo que quería, cómo conseguirlo y, sobre todo, cómo mantenerlo bajo control. Incluso el deseo formaba parte de ese equilibrio; no era algo que me dominara, sino algo que yo decidía cuándo y cómo experimentar.
Era simple.
Hasta que dejó de serlo.
Asli no entró en mi vida como algo pasajero ni como una distracción. Desde el principio hubo algo distinto en la forma en que me miraba, en la manera en que no intentaba encajar en lo que yo conocía y en cómo, sin proponérselo, desarmaba partes de mí que ni siquiera sabía que podían moverse. Y aun así, no me detuve.
Ese fue el error.
No fue falta de conciencia, sino todo lo contrario. Sabía exactamente lo que estaba pasando, pero decidí no frenarlo. Recuerdo con demasiada claridad el momento en que todo empezó a cambiar. No fue de golpe ni evidente; fue algo gradual, silencioso, casi imperceptible… hasta que dejó de serlo.
Lo que sentía por ella dejó de ser algo que pudiera separar. Y eso, para alguien como yo, lo cambia todo.
Cierro los ojos un instante mientras el aroma del café llena el espacio, pero no es suficiente para sacarla de mi cabeza. Porque no es solo su imagen lo que regresa, sino la forma en que me hacía sentir, la manera en que todo parecía intensificarse cuando estaba cerca.
Y también está el error. Siempre está.
No hay forma de suavizarlo ni de explicarlo sin que suene exactamente como lo que fue: la noche en la que lo arruiné todo. Podría justificarlo, decir que fue el contexto o la intensidad, pero no sería verdad.
La verdad es más simple.
La quise tanto que crucé un límite que nunca debí cruzar.
Y lo supe incluso antes de hacerlo.
Apoyo la taza sobre la encimera con más fuerza de la necesaria y exhalo despacio. Hay errores que no se pueden corregir, porque no se trata de lo que hiciste después, sino de lo que permitiste que ocurriera en el momento exacto en que todavía podías detenerte. Y yo no me detuve.
Salgo de la casa más tarde de lo habitual, aunque nadie lo notaría. Mi vida sigue funcionando con la misma precisión externa de siempre: la empresa no se resiente, las decisiones se toman, los proyectos avanzan. Nada se ha detenido.
Solo yo.
O al menos… una parte de mí.
El trayecto hasta la empresa se vuelve automático, pero eso no impide que los recuerdos aparezcan sin pedir permiso. Fragmentos de conversaciones, miradas, momentos que en su momento no parecían definitivos… pero lo eran.
Entro al edificio y todo sigue su curso. Saludos, reuniones, cifras. Aquí no hay espacio para lo que no puede resolverse, y eso siempre ha sido una ventaja. Durante años, este lugar ha sido el punto donde todo encaja.
Y lo sigue siendo.
Pero ya no de la misma manera.
Porque ahora sé lo que es perder algo que no tenía intención de perder.
Las horas pasan sin sobresaltos. Hablo, escucho, decido. Nadie percibe la diferencia, y no tienen por qué hacerlo. No es algo que se vea.
Es algo que se siente.
Y que aparece, sobre todo, cuando el ruido baja.
He intentado volver a lo de antes: a lo fácil, a lo superficial, a lo que no deja marca. Y funciona… hasta cierto punto. Pero hay algo que no encaja, una sensación que no tiene que ver solo con su ausencia, sino con la comparación inevitable entre lo que fue y lo que ahora parece insuficiente.
Apoyo la espalda contra el asiento del coche mientras regreso a casa y dejo escapar una sonrisa leve, casi irónica. Siempre creí que entendía perfectamente cómo funcionaban las relaciones, que podía separar lo emocional de lo físico sin que una cosa afectara a la otra.
Y durante mucho tiempo fue así.
Hasta que dejó de serlo.
Seis meses después, lo único que tengo claro es que no la he olvidado.
Y que, si soy completamente honesto conmigo mismo…
tampoco estoy seguro de querer hacerlo.