CONOCIENDO A ALAI

861 Palabras
[GERRARD] —Me gusta tu edificio —comento mientras cruzamos el umbral del elegante lobby. Todo es blanco. Mármol pulido bajo los pies, paredes con una textura sofisticada que refleja la luz de una iluminación moderna y perfectamente calculada. Es uno de esos lugares que no necesitan ostentar lujo porque lo respiran. —En teoría no es mi edificio —responde divertida. La miro de inmediato. —Claro —digo riéndome de mí mismo—. Pero ya sabes a qué me refiero. —Lo sé —contesta. Llegamos frente al elevador y, casi por reflejo, soy yo quien presiona el botón. Alenka me observa con una ceja arqueada, claramente preguntándose por qué lo hice. —Soy un caballero —explico. Ella niega con la cabeza de un lado a otro, incrédula. —No se me van a romper las uñas por presionar ese botón —dice entre risas—. Lo hago todos los días. Las puertas se abren y entramos al ascensor, un espacio reducido que combina a la perfección con la estética del edificio: líneas limpias, acero pulido, luz tenue. —Sé perfectamente que no se te van a romper las uñas —respondo—. Primero, porque son naturales, algo que me agrada mucho, y debo decir que son muy lindas. Y segundo, porque sé que eres una mujer fuerte. Pero eso no quita que yo pueda seguir siendo un caballero, ¿no crees? Se apoya contra la pared y baja la mirada hacia sus manos. —¿Cómo sabes que son naturales? —pregunta—. Están pintadas de rojo. Podrían ser acrílicas tranquilamente. No puedo evitar reír. —Es muy fácil —explico—. Ya te he visto con dos colores distintos estos días. Y alguien con uñas acrílicas no se cambia el diseño casi a diario. Ahora es ella quien ríe. —Eres demasiado observador —murmura. Las puertas se abren en su piso. —Si tengo el éxito que tengo es precisamente por eso, Alenka —respondo mientras salimos—. Siempre estoy atento a los detalles. Trato de sacarles el mejor provecho. —¿Y qué provecho sacas de observar mis uñas? —pregunta mientras busca sus llaves. Caminamos por el pasillo. Yo sigo cargando la pizza como un camarero obediente. —Conocerte mejor —respondo—. Y saber con quién trabajo. ¿No lo crees? Se detiene un segundo y me mira fijamente. —Lo creo —dice simplemente. Abre la puerta. Ella entra primero y yo la sigo… y me quedo sin palabras. Su departamento es moderno, elegante, coherente con ella. Tonos grises y blancos, pisos de madera clara, líneas limpias. Todo está en su lugar sin verse rígido. Al fondo, una pared completa de ventanales de piso a techo regala una vista impresionante de Nueva York iluminada. Esto es muy ella. —¡Mami! —grita una vocecita. Y de pronto la veo. Una niña preciosa, de cabello rubio y ojos claros —los mismos de Alenka— corre hacia ella sin frenar. —¡Princesa mía! —responde Alenka, agachándose para alzarla y llenarla de besos—. ¿Cómo te portaste hoy con Samantha? Una mujer de cabello oscuro y ojos del mismo color se acerca a nosotras sonriendo. —Muy bien, mami —dice la niña—. Dibujamos, vimos tele… bailamos… Me mira con timidez. —Qué bueno —respondo sin pensar. —Se portó muy bien hoy —interviene la niñera. —Muchas gracias por todo, Sam. Tu pago ya está en el banco. De verdad eres un sol —le dice Alenka. —Es un placer cuidar a esta princesa. Es un amor —responde la mujer acariciándole la mejilla. —Él es el señor Gauthier, es mi jefe —nos presenta. Sujeto la pizza con una mano y extiendo la otra. —Un gusto conocerla. —Igualmente —responde—. ¿Necesita algo más? —No, muchas gracias. Mañana a la misma hora, ¿sí? —Por supuesto. Se despide y se va. —¿Él es tu jefe, mami? —pregunta la niña mirándome con curiosidad. —Así es, princesa —responde Alenka—. Y vino a comer pizza con nosotras. ¿Qué dices? —No es mayor… —dice Alai frunciendo el ceño—. ¿Cuántos años tienes? Alenka me mira apenada. —No pasa nada —le digo. Me agacho frente a la niña. —Tengo cuarenta. ¿Y tú? —Cuatro —responde mostrándome sus deditos. —Ya eres grande, entonces. —Tú eres más grande… —murmura, y luego mira la caja—. ¿Es de pepperoni? —Sí —respondo—. De esa pizzería que te gusta tanto… bueno, eso me dijo tu mami. ¿Te parece si comemos? Asiente con una sonrisa enorme. —Vamos entonces —digo poniéndome de pie. Y en ese momento ocurre algo que no esperaba. Alai toma mi mano con total naturalidad y comienza a llevarme por el departamento a su ritmo, como si me conociera de siempre. Esto… definitivamente no estaba en el plan. Pero no retiro la mano. Ni quiero hacerlo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR