[GERRARD]
Al llegar al lugar del encuentro, prácticamente salgo corriendo del auto como un cobarde.
No es por Roxana. Es por Alenka.
Necesito alejarme de ella, de lo que me provoca, de esa sensación incómoda que se me instala en el pecho cada vez que estamos demasiado cerca. Me asusta. Nunca me había pasado algo así, y lo peor es que sé que fijarme en ella sería un error garrafal por demasiados motivos como para enumerarlos. Trabajo. Jerarquías. Confusión emocional. Y, sobre todo, porque no quiero que se convierta en ese famoso clavo que saque otro clavo.
Eso sería injusto para ambos.
Respiro hondo y miro alrededor, consciente de que Alenka se sentará no muy lejos, observando. Y entonces la veo.
Roxana.
Es exactamente la mujer de la foto de la aplicación. Pelirroja, ojos verdes, curvas pronunciadas. Más de lo que aparentaban las imágenes, incluso. No ha mentido con eso, al menos. Disimuladamente, giro la cabeza hacia donde está Alenka. Ella arquea una ceja, con una expresión que dice claramente: te gané.
Pero nada está dicho todavía.
—Hola, guapo —me saluda Roxana con una sonrisa exagerada mientras se pone de pie.
Su vestido es corto. Demasiado. Los escotes y las transparencias no la hacen ver sensual, sino ordinaria. No hay misterio. No hay elegancia. Solo una exhibición calculada.
—Hola —respondo, frío.
Por un segundo me dan ganas de huir, pero hacerlo sería grosero incluso para mis estándares.
—Definitivamente eres mucho más guapo en persona —dice, acercándose más de la cuenta y rozando mis brazos sin ningún pudor.
Respira, Gerrard.
—Tú también te ves bien —respondo por pura educación—. Cuéntame, ¿a dónde te vas mañana?
Me alejo lo suficiente para sentarme en la butaca de la mesa. Ella camina hacia mí moviendo las caderas de forma exagerada, como si estuviera en una pasarela imaginaria.
En ese momento aparece un camarero con dos tragos.
—Espero que no te moleste, pedí dos gin-tonics para nosotros —dice Roxana, rodeando mis hombros con sus brazos.
—Está bien —contesto sin entusiasmo.
—De verdad eres muy guapo —continúa—. ¿Haces ejercicio?
—Algo —miento, aunque tengo una rutina estricta desde hace años.
—Se nota… tienes brazos fuertes —dice, tocándome otra vez.
—Entonces… ¿a dónde te vas de viaje? —insisto, mirándola fijamente.
Ella me sostiene la mirada, baja los ojos a mi boca y sonríe.
—No me voy a ningún lado —susurra—. Es solo que no podía esperar para verte.
Se acerca para besarme.
Giro el rostro de inmediato.
—No me gusta que me mientan —sentencio, apoyando mis manos en sus hombros para marcar distancia.
—Puedo pedirte disculpas en la cama —responde sin el menor pudor—. Te aseguro que soy muy buena… no te vas a arrepentir.
—Tampoco me gusta que pidan mis tragos sin saber qué es lo que me gusta —digo, ignorando su insinuación.
—¿Y no te gusto yo? —pregunta, acomodándose el vestido y girando sobre sí misma para que la mire.
La observo un segundo. El suficiente.
—No —respondo con calma—. De seguro eres el tipo de mujer que le gusta a muchos hombres, pero mis gustos son más sofisticados. Lo siento.
Saco la billetera, dejo un billete de cien sobre la mesa.
—Bebe lo que quieras. Te invito yo. Gracias por el rato.
Me levanto y salgo del bar sin mirar atrás.
Sé perfectamente que Alenka me sigue.
—¡¿Qué pasó?! —me pregunta apenas cruzamos la puerta.
—Pasó que vas ganando la apuesta —respondo—. Y que esa mujer no busca un romance. Busca a alguien con una billetera lo suficientemente grande como para mantenerla.
La miro.
—¿Vamos a cenar con tu hija?
Se adelanta y se detiene frente a mí, sorprendida.
—¿Hablabas en serio?
—Mucho. Cuando digo algo, lo cumplo.
Parpadea un par de veces.
—Bueno… entonces vamos por pizza —dice finalmente.
—Vamos —respondo—. De verdad necesito despejarme. Tanta vulgaridad ha sido demasiado para mí.
Caminamos hacia el auto y ella se ríe.
—Gerrard, no todos son como tú. ¿Lo sabes?
—¿Y cómo soy yo? —pregunto.
—Un hombre con clase. Educado. Inteligente —enumera—. No todas las mujeres necesitan ropa de marca, maquillaje perfecto ni peluquería diaria.
—Yo no pido eso —replico—. No me importan esas cosas. Pero que se comporte como si le fuera a pagar por hora… tampoco.
—Quizás solo necesitaba pulirse un poco.
—Me dijo que era buena en la cama —respondo—. Créeme, no tenía intención alguna de pulirse. Así que no la justifiques y cambiemos el ánimo de esta noche.
Ella ríe.
—Eres muy complicado.
—Soy un hombre normal que busca una mujer normal —me defiendo—. No es tan difícil.
—Está bien, hombre normal —dice divertida—. Vayamos por la pizza.
Y no sé cómo lo hace, pero una vez más consigue cambiarme el humor.
Mientras conduzco, pienso que esta noche, sin quererlo, he perdido una cita… y he ganado algo mucho más peligroso.