[GERRARD]
Esa misma tarde
El reloj siempre ha sido despiadado conmigo. No importa cuánto intente dominarlo, las horas nunca me alcanzan para hacer todo lo que quiero… o para evitar aquello que preferiría no enfrentar.
Después del desayuno y de la conversación con Alenka en el auto, regresamos a la empresa y, como si nada hubiera pasado, retomamos nuestros papeles. Dos profesionales. Dos mentes enfocadas en cifras, reuniones, decisiones importantes. La apuesta quedó suspendida en algún rincón del día, como si ambos hubiéramos decidido ignorarla a propósito.
Pero ignorar no es olvidar.
Estoy a punto de irme de la oficina cuando el celular vibra en mi mano. Es un mensaje de la aplicación de citas. De Roxana.
Respiro hondo antes de abrirlo.
¿Podemos vernos hoy? Mañana tengo que salir de viaje.
Miro la hora: seis de la tarde.
Levanto la vista por el pasillo de cristal. La luz sigue encendida en la oficina de Alenka.
Camino hacia allí casi sin pensarlo. Me apoyo en el marco de la puerta y ella alza la mirada del ordenador.
—¿Te puedo ayudar en algo? —pregunta, confundida.
—Roxana quiere adelantar la cita a hoy porque mañana dice que se va de viaje —le explico—. ¿Puedes venir?
Sus labios se curvan de inmediato.
—Voy a ganar un aumento de sueldo —dice divertida, levantándose de la silla—. Vamos… esa mujer no tiene ningún viaje. Solo te quiere en su cama.
No puedo evitar sonreír.
—¿Tú dices?
—Estoy segura —responde sin dudar.
Dios, qué directa.
—Le confirmaré —murmuro mientras escribo en la app.
Nos vemos en una hora en el bar London.
—Voy a llamar a la niñera para que se quede un rato más con Alai —me dice mientras toma su teléfono.
—Si esta mujer me pide que la lleve a mi casa para acostarnos —digo sin pensar—, le diré que mi sobrina se siente mal y compraremos algo de comer para ir con tu hija. ¿Te parece?
Alenka se queda mirándome, completamente confundida.
—¿No vas a divertirte con ella?
—Jamás tendría sexo con una desconocida —respondo con firmeza—. No me creas uno de esos empresarios de película o de novela que tienen habitaciones secretas donde atan mujeres o pasan cada noche con alguien distinto. No sé qué idea tienen ustedes de nosotros, pero lo más salvaje que hacemos es jugar golf, tenis o ir a cenas de caridad.
Ella se echa a reír.
—Acabas de arruinar un mito con una sola frase.
—Ya ves. Así que si cree que va a encontrarse con uno de esos hombres que lee en los libros, tendrá que decepcionarse —comento.
Alenka sonríe mientras salimos de su oficina. Marca el número de la niñera y camina a mi lado.
De camino al auto termina de coordinarlo todo. Escucharla hablar con su hija es… otra cosa. Su voz cambia. Se suaviza. Su expresión se ilumina de una manera que no había visto antes.
Así se ve alguien cuando ama sin reservas.
—¿Por qué me miras así? —pregunta cuando cuelga.
—Te ves diferente cuando hablas con ella —admito.
Sonríe.
—Soy diferente con y por ella. Es extraño… pero mi hija lo transforma todo. Todo —dice—. Es difícil de explicar.
—Nunca se me cruzó por la cabeza ser papá —confieso—. Pero verte hablar así de esa parte de tu vida… no sé. Podría llegar a considerarlo.
Se ríe.
—Si quieres, practica primero con Alai. Los niños son cosa seria.
—Creo que te tomaré la palabra —respondo mientras llegamos al auto.
Subimos.
—¿Estás listo para esto? —me pregunta.
—¿Para buscar a alguien con quien ser padre? —bromeo.
Niega con la cabeza.
—No… para esto de las citas por aplicaciones.
—No —admito—. No tengo idea de qué decirle a una mujer en una primera cita. ¿Qué se supone que se dice? ¿Qué te gustaría que te dijeran a ti?
Me mira con atención.
—Yo creo que sí sabes. Solo no te has dado cuenta. Sé tú mismo y todo irá bien.
—Ese es el problema —respondo—. No puedo ser yo con cualquiera. ¿Me explico?
—Conmigo lo eres —dice en voz baja—. Y, técnicamente, pertenezco al género femenino.
La miro.
—Tú eres diferente… eres… —empiezo a decir.
Me detengo. Respiro profundo.
—Mejor vamos, ¿sí?
Porque de pronto siento unas ganas inmensas de besarla. De acortar la distancia. De hacer algo que sé que no debo hacer.
No si no quiero arruinarlo todo.
¿Qué rayos es esto?
Aprieto el volante y pongo el coche en marcha, concentrándome en la carretera, en las luces, en cualquier cosa que no sea la mujer sentada a mi lado.
Pero ya es tarde.
Algo está pasando.
Y fingir que no lo noto empieza a ser cada vez más difícil.