PLAN EN MARCHA

691 Palabras
Después de dejar a Alenka en la puerta del edificio donde vive —muy cerca del distrito financiero— y de preguntarme una y mil veces cómo demonios terminamos haciendo esa apuesta, me voy directo a casa. Conduzco sin música, repasando la noche, sus risas, sus silencios, mis propias torpezas. Definitivamente no soy bueno improvisando cuando se trata de ella. Apenas entro, me quito la chaqueta, luego la camisa, los zapatos quedan abandonados en cualquier parte. Llego hasta la cama y me dejo caer boca arriba, mirando el techo, con una sonrisa tonta que no consigo borrar. Pienso en todo lo que hablé con Alenka. En cómo me escuchó. En cómo me respondió sin rodeos. El celular vibra sobre la mesita de noche. Lo tomo. Y entonces aparece. Match. Match. Match. Salma. Roxana. Aurora. Leo la palabra tres veces, incrédulo, mientras una sonrisa adolescente se dibuja en mi rostro. Tal vez Alenka tenía razón… Empiezo a preguntarme cuánto será el aumento de sueldo que tiene en mente, aunque, siendo sincero, preferiría perder la apuesta. ¿En qué estás pensando, Gerrard? Y, como si mi cabeza tuviera vida propia, vuelvo a pensar en ella. En Alenka. En su hija. ¿Será rubia como su madre? —No seas tonto —murmuro—. Concéntrate en lo tuyo. Abro los chats con mi escasa experiencia y saludo a cada una. Las conversaciones se intercalan, se cruzan, se pisan. Me siento como un completo imbécil escribiéndole a varias mujeres al mismo tiempo, como si esto fuera una ruleta en la que apuesto fichas esperando ganar en alguna casilla. Esto no es lo mío. Y, aun así, concretar una cita con cada una no me toma ni una hora. Ni siquiera cuento a Jazmín, que sigue en una especie de “lista de espera”. ¿Así funciona esto o yo soy un idiota? No lo sé. Supongo que es parte del juego. Parte de acostumbrarme a ver esto con cierta naturalidad, aunque todavía me resulte ajeno. Después de lo que parecen horas pegado al teléfono, me despido y lo dejo a un lado. El cansancio me cae de golpe. Ha sido un día largo. Demasiado. […] Al día siguiente — 21 de abril Entro a la empresa como cada mañana, saludando a todos, pero hay algo distinto en mí. Mi humor ha cambiado. No porque haya olvidado a Haizel, sino porque empiezo a entender que no es la única mujer que ha existido —ni existirá— en mi vida. Sí, la amé como a nadie. Pero no puedo dejar que eso me hunda. No otra vez. Al llegar al piso cincuenta y cinco sigo saludando hasta que mi mirada se cruza con la de ella. Y es imposible no notarlo: algo entre nosotros es diferente. —Alenka, ¿puedes venir un momento a mi oficina? —le pido. Asiente y me sigue. —Gerrard, hoy tienes tres reuniones importantes… una a las… —empieza a decir. Levanto la mano. —Ya revisaré mi agenda. Quiero que agregues mis citas a la tuya. Ya tengo las primeras tres. Me mira, sorprendida. —Guau… —No tenemos mucho tiempo —explico. —¿Cuántas citas harás? —¿Seis? —sonrío—. ¿Te parece un número justo? Estamos cortos de tiempo. —De acuerdo —dice—. Entonces me iré a trabajar. Luego pásame la información de las citas. Se dispone a salir, pero la detengo. —Espera. —¿Qué pasa? —Tengo un desayuno de negocios con un empresario del sector moda. Quiere fusionar su empresa con un inversor, pero necesita asesoría. Iré personalmente y quiero que estés presente. Si decide avanzar, tú llevarás la operación. Sus ojos se iluminan. —¿De verdad? —De verdad. Vi tus reportes, Alenka. Son excelentes. Busca tus cosas; yo envío unos correos y nos vamos. —Perfecto —responde—. Y cuando puedas, pásame lo de las citas para agendarlas. —Te las envío ahora mismo. Sale de la oficina y me quedo mirándola un segundo de más. ¿En qué lío me estoy metiendo al involucrarla en todo esto?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR