Siempre me he negado a ser el típico empresario con chofer que se deja llevar de un punto a otro mientras revisa correos en el asiento trasero. Me gusta conducir. Me gusta sentir el volante bajo las manos, medir la velocidad, decidir cuándo frenar y cuándo avanzar. Me da una sensación de control que pocas cosas logran… una ilusión necesaria cuando tantas otras áreas de mi vida se me han escapado de las manos.
Hoy, además, confirmo que fue una buena decisión.
Alenka no parece incómoda yendo en el mismo auto conmigo. O al menos eso quiero creer. Va sentada con naturalidad, mirando por la ventanilla, observando la ciudad como si no fuera la primera vez que la ve… pero tampoco como si le fuera indiferente.
No está tensa.
No está a la defensiva.
Eso ya es mucho.
El tráfico avanza lento, como siempre a esta hora. Semáforos, bocinas, peatones que cruzan sin mirar. Nueva York en su estado más caótico y vivo.
—Puedes poner música si quieres —digo finalmente, rompiendo el silencio que, aunque no incómodo, empieza a pesarme.
—A ver… déjame ver qué escuchas normalmente —responde, inclinándose un poco hacia la consola.
Sus dedos recorren la pantalla con curiosidad, sin prisa. Sube el volumen justo cuando empieza a sonar un tango electrónico.
—¿Y esto? —pregunta, frunciendo apenas el ceño.
—Gotan Project. La canción se llama Santa María. No sabes lo que es conducir de noche con esto a todo volumen.
Ni lo que es manejar cuando el pasado no pesa tanto.
En lugar de mirarme como si estuviera loco, Alenka sube un poco más la música. Apoya la cabeza contra el asiento y cierra los ojos. No del todo, solo lo suficiente como para dejarse llevar.
Por momentos la observo a ella; por otros, vuelvo la vista a la carretera. El reflejo de las luces se cuela por el parabrisas, dibujando sombras en su rostro.
—¡Guau! —dice—. Tienes razón. Dan ganas de bailar… de estar en un callejón bajo una farola, con uno de esos vestidos que ves en las películas, aunque no sepas dar ni un solo paso.
Sonrío sin darme cuenta.
—¿Bailaste tango alguna vez? —pregunto.
—No —responde—. ¿Tú sí?
Encojo los hombros, restándole importancia.
—¿Sí? —abre los ojos y me mira, genuinamente sorprendida—. ¡Tengo que ver eso! No te imagino.
—¿Crees que los empresarios no podemos bailar tango? —pregunto, divertido.
—No lo sé… —murmura—. Es raro.
Raro no es malo, pienso, pero no lo digo.
—¿Y tú? —continúo—. ¿No haces nada raro o fuera de lo común? Algo que cuando lo cuentas la gente se queda mirándote.
Sonríe, como si dudara si decirlo o no.
—Cocino muy, muy bien.
—¿Tipo MasterChef? —bromeo.
—Tipo graduada de Le Cordon Bleu.
—¿Qué? —me río—. ¿Eres financista y chef?
Ella asiente, divertida.
—Cuando nació mi hija era pésima en la cocina. De verdad, un desastre. Y supe que eso no podía seguir así. Tomé clases… y esas clases se convirtieron en un programa de dos años.
La miro de reojo, impresionado.
—Entonces tendrás que invitarme a comer —digo.
Y apenas las palabras salen de mi boca, sé que crucé otra línea.
Otra más.
—Lo siento, Alenka —añado enseguida—. No dejo de meter la pata contigo.
Ella gira el rostro hacia mí y sonríe con suavidad.
—Te entendí. No te preocupes.
El GPS interrumpe la conversación indicando que hemos llegado al estacionamiento del lugar.
Reduzco la velocidad, entro y estaciono. El silencio vuelve a instalarse, distinto ahora. Más cargado. Más consciente.
Antes de bajar, me desabrocho el cinturón y me giro un poco para mirarla de frente.
—Alenka… necesito aclarar algo —empiezo—. El hecho de que yo sea el dueño de la empresa no significa que tengas que soportar mis tonterías. Si alguna vez digo o hago algo que te incomode, dímelo. De verdad.
Respiro hondo.
—Soy torpe con esto. Contigo digo lo que pienso y a veces me doy cuenta tarde de cómo suena. Así que… perdóname desde ahora.
Sus ojos azules se clavan en los míos. No hay reproche en ellos. Tampoco incomodidad.
—Lo sé, Gerrard —dice—. Y yo también soy muy yo contigo. Tal vez no debería, porque al final del día trabajo para tu empresa… pero aquí estamos, ¿no?
Asiento despacio.
—Aquí estamos.
Miro la hora. La realidad vuelve a llamar a la puerta.
—Me encantaría seguir hablando, pero nos esperan —digo—. ¿Vamos?
—Vamos.
Bajamos del auto y, como si alguien hubiera accionado un interruptor invisible, ambos recuperamos la postura profesional. Los gestos medidos. Las palabras justas.
Pero nada de lo que ocurrió en ese auto desaparece del todo.
Porque, aunque ahora volvamos a ser dos profesionales a punto de cerrar un negocio, ambos sabemos que, fuera de ese estacionamiento, algo ya se ha movido.
Y no hay marcha atrás.