Meses después Habíamos salido por un antojo de Ariana, la seguridad se había doblado, pero no había habido ningún contratiempo, excepto cuando mi mujer manifestó estar partiéndose en dos. Iba a morir de la desesperación, ver su dolor era como una agonía en llamas y la peor tortura del mundo, no quería pasar por nada parecido de nuevo. —Juro que voy a desmayarme —sentí que sudaba frío en el auto, ningún guardaespaldas u otro m*****o de seguridad podía impedir que estuviera a punto de quedarme petrificado en pleno asiento—. ¿Estás bien? ¿Ariana? —Sólo conduce —habló con dientes apretados, temblando de pies a cabeza. Su respiración era errática, el sudor perlaba su frente y los quejidos (y gritos) que soltaba demasiado a menudo para mi gusto, me tenían a punto de tener un síncope. —A

