Daniel cubría la espalda de Rita mientras ella se movía con una precisión mortal, cortando a los lobos que se abalanzaban sobre ellos como si fueran de mantequilla. Cada movimiento de su espada era fluido, letal, una danza de acero que se cerraba sobre la manada hasta que, finalmente, el silencio volvió al bosque. Rita limpió la hoja con un movimiento rápido, respirando con fuerza. —No creo que sea buena idea quedarnos aquí —dijo, con el ceño fruncido—. Tenemos que seguir avanzando. Recogieron sus cosas y continuaron por el sendero. Más adelante, una nueva amenaza los esperaba: criaturas grotescas con forma de leopardos, sin pelaje, con ojos que brillaban en la penumbra y fauces llenas de colmillos afilados. Sus movimientos eran fluidos, pero antinaturales, casi mecánicos. —Nunca había

