Esa noche, Katherine durmió entre los brazos de Daniel. Rodeada por su calor, sintió una paz que hacía tiempo no conocía, una tranquilidad profunda que le permitió descansar sin sobresaltos. A la mañana siguiente, Daniel la despertó con un beso suave. —Despierta —susurró—, o llegarás tarde. Katherine, aún medio dormida, enredó sus pies con los de él y sonrió. —Quedémonos así un ratito más… Daniel rió en voz baja. —Luego te arrepentirás si no te levantas ahora. El maestro Garen te castigará y después me echarás la culpa por no haberte despertado. —Está bien —cedió ella—. Ya me levanto. Se sentó en la cama despacio. Daniel se quedó mirándola, embelesado, y le acarició el cabello, que caía por su espalda como una cascada oscura. Katherine se giró para mirarlo. —Desearía tener un día

