POV. EMILIA No sé cómo aguanté. No sé cómo no se me atoró el taco de camarón que pedí en el restaurante. No sé cómo pude conversar tranquilamente, después de eso, con Maritza y Constanza. No lo sé… pero lo hice. La furia y la indignación me invadían. El dolor también. Pero no era un dolor desbordado, histérico, de esos que te hacen llorar en público o decir algo que luego lamentas. No. Era uno distinto. Más frío. Más preciso. Era el tipo de dolor que te obliga a respirar hondo, a sonreír cuando te preguntan si todo está bien, a asentir mientras piensas no tienen idea de lo que acabo de escuchar. El tipo de dolor que se queda guardado, tomando notas. Yo reía. Probaba la salsa. Hablaba de vestidos y colores. Decía “sí”, “claro”, “qué bonito”. Pero por dentro, algo se estaba acomodando.

