La cafetería es tan ridículamente elegante que siento que estoy entrando a un museo, no a un lugar donde la gente normal compra café. Es… muy Henry. Demasiado Henry. El tipo de lugar donde él pasaría horas leyendo y anotando, pretendiendo que está escribiendo su obra maestra. Me asomo al menú. Y sí, obvio: cada café tiene nombre de escritor. Ristretto Kafka. Latte Virginia Woolf. Mocha García Márquez. Espresso Wilde. Cold Brew Poe. Casi me río. Claro que Henry me traería aquí. Él lo observa con la familiaridad de quien cree que su nombre también debería estar impreso ahí. Camina con ese aire de todo esto es parte de mi ecosistema natural, Emilia. Yo solo camino intentando no parecer la clase de persona que ve los precios primero… aunque juro que me dio un mini infarto leyendo el del c

