Prólogo
Los golpes me llegan de todos lados y de ninguna parte. Intento cubrirme el cuerpo lo máximo posible, soy pequeña y me gustaría desaparecer. Solo quiero que dejen de golpearme una y otra vez, solo quiero que me dejen en paz de una vez por todas. He sufrido durante años en silencio, intentando incomodar lo menos posible.
Todo el mundo dice que soy afortunada, la única y última niña de mis padres. La gente da por hecho que mis hermanos mayores me adoran, cuando es todo lo contrario. Incluso mi padre cree que mis hermanos me quieren. Pasa tanto tiempo lejos de la mansión que no se da cuenta de cuanto me deprecian sus hijos mayores y su esposa, mi madre. Todo el mundo cree que vivo un cuento de hadas cuando vivo en una puta pesadilla constante.
— Puta debilucha. – me insulta Tarik, el mayor de mis hermanos. – Te estamos haciendo fuerte, para que resistas los golpes de tu futuro marido. – se ríe cuando me escucha sollozar, aunque sin lágrimas.
Siento una patada fuerte a un lado de mi cabeza, no sé quien me ha golpeado. Cualquiera de mis cuatro hermanos mayores puede haber sido. El dolor alcanza un nuevo nivel, y entre los insultos de mis hermanos y el bombeo frenético de mi corazón escucho esa risa que he aprendido a odiar, la risa de mi progenitora cada vez que ve como me pegan o escucha como me insultan. Son sus actividades favoritas para cuando mi padre no está en la mansión o en la ciudad.
— No tardes mucho en levantarte del suelo. – la voz de Faris me llega ahogada. Reconozco la risa de Samir de lejos. – No le digas nada a papá.
— Ayuda. – pido con un quejido.
— Levantate antes de que nadie note que eres una porquería. – se ríe Kemal. – Nadie te va a ayudar, nosotros nos vamos.
Casi no escucho como sus pasos se alejan de mí, y de hecho no soy capaz de escuchar los motores de sus coches antes de irse y dejarme sola en la casa. Se suponía que veníamos a relajarnos a la casa del lago, que sería un fin de semana normal y yo no tendría que sufrir de estas agresiones. Han aprovechado que no había prácticamente guardias y los que quedaban se divierten viendo mi sufrimiento.
Tardo varios minutos en conseguir incorporarme, y diría que casi una hora en ponerme de pie. Estoy mareada y me sangra la cabeza, siempre acabo con moratones y esta no es la primera vez que acabo sangrando tanto y encima por la cabeza. Sollozo antes de darme cuenta que estoy completamente sola, que posiblemente no volverán a por hasta la noche.
Habitúan a hacer esto, dejarme completamente sola para que me desespere y crea que han vendido mi identidad a los enemigos de nuestro padre. Tengo que reconocer que antes me daba más miedo que cualquiera viniese y me matase, ahora casi que me estarían haciendo un favor.
Con mucho cuidado logro llegar hasta uno de los baños de la planta baja, en el espejo miro la sangre que baja por mi cuello desde mi cabeza y mi oído. Me miro y siento tanta pena por mi, hace a penas un par de meses que cumplí quince años. Solo quiero que esto acabe, quiero huir, pero no tengo a donde ir sin que me encuentren.
Con una toalla salgo de la casa, quiero respirar algo de aire fresco. Solo quiero dejar de sentirme impotente por no poder defenderme. Nunca podré defenderme, nunca me enseñaran a hacerlo contra ellos y siempre estaré a merced de gente más fuerte que yo.
— ¿Estás bien? – un hombre robusto me mira horrorizado. – Necesitas ir a un hospital.
— Se cabrearan sin lo hago. – intento no mostrar dolor, pero no lo consigo.
— Te sangra la cabeza. – las palabras me llegan medio ahogadas. – Tienes que ir al hospital de inmediato.
Antes de que pueda contestarle una mujer aparece a su lado, su cara cambia de la tranquilidad al horror en cuanto me ve sosteniendo una toalla contra mi cabeza, y aún así sigo sangrando. No tengo la suficiente fuerza para hacer tapón y detener la hemorragia.
— Si voy al hospital me mataran. – sollozo. – Ignoren la herida.
— Pero niña… – la voz tranquila de la mujer me llega entrecortada. – ¿Y si no te encuentran?
— Laure, ¿qué estás diciendo?
— No podemos dejar a la niña así Mason, mírala. – el hombre vuelve a mirarme. – Podemos esconderla en el circo.
— Preguntale a ella.
— Por favor. – miro al hombre con ligera esperanza. – Me van a matar, tarde o temprano me van a matar.
— Llama a tu hermano, que empiece a falsificar documentos. – le pide a la mujer. – ¿Quieres conservar tu nombre?
— Es bonito, me llamo Nyx. – consigo decir entre lágrimas.
— ¿Qué edad tienes?
— Quince años.
— Bien, vamos a llevarte al hospital y a partir de hora serás nuestra hija, ¿qué te parece?
— Muchas gracias. – sollozo. – Deberíamos irnos antes de que lleguen a por mí.
— Vamos bonita. – entre ambos me ayudan a levantarme y me suben a su coche.
Mi padre siempre me enseñó a no confiar en extraños, pero por primera vez mi única opción era confiar en ellos o dejar que sus hijos mayores me siguieran maltratando. Si existía la mínima posibilidad de dejar de sufrir, de dejar de recibir palizas e insultos, aunque pudiese resultar mucho peor, lo intentaría porque ya no podía más.
Solo tenía dos opciones, que alguno de mis hermanos mayores me matase o matarme yo misma. Y esta pareja en sus cuarenta me acababan de dar una salida, aunque fuese de falsas esperanzas. Por suerte nada de lo que me dijeron fue falso, y de hecho nunca me pidieron nada a cambio por ayudarme. Yo les di todo por sacarme de ese agujero n***o y enseñarme que la vida tenía grandes cosas preparadas para mí. Creo que nunca seré capaz de agradecerles todo lo que hicieron por aquella niña que no veía futuro.