Capítulo2

1796 Palabras
Aparco mi coche cerca de la entrada del instituto de JP. Espero a salir del coche, mi hermano parece prepararse mentalmente para el día que le toca enfrentar. Odio a los niños que se piensan que los artistas somos imbéciles, pero odio más a los padres que les han enseñado de esa forma. Hay personas muy inteligentes en el circo, y por el renombre del lugar para el que actuamos, la mayoría de nosotros cobra muy bien. Y casi no gastamos dinero, a excepción de un chico que ya no trabaja para nosotros porque cayó en un adicción al juego. Nuestro jefe, el hermano mayor de Laure y hombre al que no conozco, intentó ayudarlo a salir pero todos sus intentos fueron en vano. JP me mira decidido antes de salir del coche, hago lo mismo bajo la atenta mirada de varios padres que acaban de aparcar. Los susurros por supuesto no tardan en llegar, mis tatuajes llaman bastante la atención. Estoy prácticamente cubierta de ellos con a penas veinte años, quise cambiar mi apariencia tanto que ni mi padre pudiese mirarme. Me gusta mucho mi cara como para alguna cirugía estética, aunque no descarto nada. Y mi ropa como de costumbre reveladora tampoco pasa desapercibida. — Buenos días. – saludo a un grupo de padres en la entrada. — Perdedor, ¿quién es la tía buena? – miro a un niño con la cara llena de granos. — Mi hermana mayor. El niño y el padre me miran. Nunca he sido alta, ni tampoco corpulenta aunque tengo músculos gracias al entrenamiento, pero siempre he tenido una mirada intimidante. Incluso mis hermanos mayores halagaban eso de mí, no es como si con ellos funcionase pero siempre destacaban que si aprendía a usar mi mirada podría llegar a algún lado. Y aprendí, claro que lo hice. De idiotas no te libras en ninguna parte por mucho que me gustaría. — ¿Llamas perdedor a mi hermano con esas pintas? – lo miro de arriba a bajo, lleva el pantalón por las rodillas. – JP, hazte el favor de nunca parecerte a él. – mi hermano ahoga una risa en su mano. – Ten más clase. — ¿Qué estás insinuando de mi hijo? — Usted siga en silencio, igual que estaba cuando su hijo insultó a mi hermano. – su boca se abre con sorpresa. – Y lleve más cuidado, parece que algo se ha despertado ahí abajo. Varios padres y niños miran al hombre que comienza a ponerse rojo de la ira y la vergüenza. La ira de un hombre siempre suele ganar a la vergüenza, en especial si te sacan casi dos cabezas de estatura y eres una mujer aparentemente pequeña y frágil. Me ha pasado toda la vida, y los únicos hombres hasta el día de hoy que han logrado intimidarme no están entre esta panda de imbéciles que no le enseñan modales a sus mocosos. — ¿Quién te crees que eres? — ¿Cree que su tono me hará retroceder?¿Cree que le puedo tener miedo? – le sonrío. – Hágase un favor señor mayor y no se meta en una pelea con una chica de veinte años, al menos que por supuesto quiera una demanda. – retrocede. – Veo que ya no es tan gallito. — Aprende a cerrar la boca niña, alguien no temerá a tus amenazas. — Deberían hacerlo. – golpeo su hombro con el mío. JP tarda a penas unos segundos en seguirme dentro de su instituto después de sacarle el dedo de en medio al imbécil que se ha atrevido a insultarlo delante de mí. Cuando yo iba al instituto no tenía quien me defendiese, y por eso mismo me niego a dejar a JP pasar por lo mismo que yo. Mientras yo exista nadie se meterá con él. — Eres la mejor hermana mayor del mundo. – le respondo con un guiño. – ¿Luego vienes a por mí? — Por supuesto. Dejo que JP se vaya a su clase mientras yo me dirijo directamente a la oficina del director. Algunos profesores me miran con desaprobación mientras ando por el pasillo. No me importan sus miradas, no me importa lo que puedan decir sobre mí. Los padres de JP me enseñaron que las palabras maliciosas no son más que envidia disfrazada de odio. — Buenos días, quería hablar con el director. — ¿Tiene cita? — No. — Entonces no puede pasar. — Entonces traeré una inspección para que cierren este puto lugar. – le sonrío con falsa dulzura. – Podemos hacer las cosas por las malas si lo prefieren, no tengo problema. — No hace falta. – se levanta con prisa. – Voy a avisar al director, en cinco minutos podrá entrar. Mientras puede sentarse. — Muy amable. Miro mis uñas no muy largas, puede que no aprendiese a defenderme cuando vivía como parte de la mafia pero aprendí a mentir y que nadie pueda adivinar si estoy o no diciendo la verdad. Hubo un tiempo en que mi vida dependía de cuantas mentiras se podía creer la gente a mi alrededor, con el tiempo he perfeccionado tanto la técnica que ni mentirosos expertos son capaces de saber que es verdad y que es mentira. Mentir es mi arma, y nadie me ha ganado jamás. — Puede entrar. – me avisa la secretaria. Acomodo el tiro de mi pantalón largo al levantarme, la mujer mira directamente a uno de los tatuajes que llevo en las muñecas. Al parecer no soy la única extranjera de esta habitación, ni la única balcánica. Casi retrocede al entender las palabras gravadas con tinta roja en mis muñecas “una vez en la mafia, siempre eres parte de ella.”, sonrío al notar su miedo. Mi tatuaje es la realidad, por mucho que huya de la mafia, una parte de mi siempre les pertenecerá y si me encuentran volveré a esa horrible prisión. — Si no logro convencer a su director, espero que cuides de mi hermanito. — Lo haré. – se apresura a decirme antes de que entre en el despacho. Un hombre panzón me mira desde una silla que parece pedir ayuda para soportarlo. Esa silla tiene que tener casi mi edad, hay que ser tacaño para no comprar ni una silla que se vea mejor que esa para que los padres no se lleven tan mala impresión cuando vengan a hablar con este tipo. Aunque solo viéndolo a él ya quieres salir del despacho. No me dejo intimidar por su asquerosa mirada. Ningún hombre como él me tendrá jamás, en verdad si puedo evitar enamorarme ningún hombre me tendrá. No deseo casarme o vivir si quiera una vida parecida a la que tenía antes de Laure y Mason. Hay hombres malos que aparentan ser buenos, y no quiero toparme con uno de esos ni por error. — Buenos días. – lo saludo. — Mi secretaria me ha dicho que quiere hablar conmigo de su hermano menor. – asiento. – ¿Quién es? — JP Babić. — El hijo de los circenses. – asiento. – ¿Qué pasa con él? — ¿Por qué deja usted que lo insulten? Mi hermano es un chico fuerte, pero es un chico que odia que menosprecien el trabajo de nuestros padres, y menos que lo ridiculicen o rebajen por él. — Son chicos, adolescentes estúpidos de quince años. – intenta quitarle importancia. – ¿No querrá que los regañe por algo tan absurdo? A fin de cuentas todos sabemos que los artistas no soléis terminar la secundaria. — Yo terminé la secundaria, y estoy estudiando una carrera. El hombre hace un ruido con su boca al darse cuenta de que no voy a ser tan fácil, ni tampoco está tratando con una niña que solo ha venido a quejarse e irse sin hacer nada. Se recuesta sobre el respaldo de la silla, mentalmente rezo para que se rompa y se caiga para atrás. Seria muy divertido, y le enseñaría una lección. — Disculpe mi comentario. — ¿Va a hacer algo para que los comentarios hacia mi hermano se detengan? — Son chicos, no me harán caso. — Entonces. – resoplo. – ¿Sabe quien es muy fan de nuestro circo y al que conozco personalmente? – el hombre me mira como si estuviese aburrido de la conversación. – El gobernador de la ciudad. – su cara se contrae, despega su espalda del respaldo y pega sus manos al escritorio para estar más cerca de mí y poder escucharme. — ¿Me está amenazando? — ¿Qué crees que pasaría si una de sus artistas favorita, el ídolo de su hija menor, fuese llorando a su casa y le pidiese tan pequeño favor como cerrar esta pocilga? — Solo eres una artista de circo. — Y una de las mejores amigas de su hijo mayor. – me río de él. – Nunca le he pedido un favor, aunque me ha repetido infinitas veces que por mi haría cualquier cosa después de que salvase a su hijo. — Hablaré con los niños. — Eso me gusta más. – sonrío antes de ponerme de pie. – Si las cosas no cambian, veré en primera fila como cierran este lugar de mierda. – apoyo mis manos de la misma forma que él, quedo tan cerca que puedo oler el olor a barbacoa rancia que desprende. – No intente joderme, no intente mentirme o cumpliré mis amenazas. – hago un poco de ruido para llamar su atención sobre mis muñecas. No necesito hablar más antes de que palidezca, era más que obvio que la secretaria es su esposa. Llevan el mismo anillo en el dedo y huelen igual, aunque al menos el mal olor de ella queda medio tapado por el fuerte olor de su perfume de supermercado. Se queda tanto tiempo mirando mis muñecas que cuando las quito de su vista sigue mirando al mismo lugar. — No tienes acento. — He aprendido a ocultarlo. – dejo de fingir. – Haga que los niños paren, y no tendrá problemas con sus compatriotas. — No es tu familia biológica. — Tiene hasta que acabe el día o iré con los de arriba. Me doy la vuelta, salgo de su despacho y me despido de su querida esposa antes de que pueda reaccionar. Sé cuanto me estoy exponiendo, soy consciente pero por ellos soy capaz de volver al mundo del que escapé. Me dieron cinco años más de los que nunca pensé que tendría, me dieron cinco años de libertad. Haría hasta lo imposible por ellos. Y por suerte, nadie fuera de mi familia sabe como me veo. El muy imbécil podría equivocarse de mafia bosnia, solo en este estado hay tres grandes familias.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR