Capítulo 1

2223 Palabras
El puerto de Livorno estaba sumergido en una neblina densa y salada que parecía querer ocultar los crimenes nocturnos, el único sonido que rompía el silencio del muelle era el chapoteo del agua contra el casco de los cargueros y el canturreo lejano de una gaviota asustada por el ruido de los que no respetaban el sueño de las criaturas del puerto. En el centro del muelle, bajo una tenue luz de una farola que parpadeaba con un zumbido eléctrico, dos hombres estaban arrodillados sobre el hormigón frío, tenían las manos atadas a la espalda y sus cabezas estaban cubiertas por bolsas de arpillera oscura que se inflaban y desinflaban con cada respiración desesperada. Elio Cavallaro estaba parado a unos pasos de distancia de ellos, envuelto en un abrigo n***o que lo cubria perfectamente del frio de la madrugada, sus guantes de cuero n***o se ajustaban perfectamente a sus manos mientras observaba la escena con una calma inquietante. —¿No creen que todo en la vida tiene un orden que no debe ser perturbado? —dijo Elio. Su voz en un tono suave, elegante y casi armoniso—. Incluso en las profundidades de nuestro mundo, donde la ley no nos alcanza, existen reglas. Sin ellas, no seríamos más que animales devorándose entre sí. Caminó lentamente alrededor de sus prisioneros, el eco de sus zapatos italianos resonaban como una sentencia de muerte sobre el suelo salado del puerto. —Asaltar un cargamento de armas bajo el sello de los Cavallaro no es un error de cálculo —continuó, deteniéndose frente a ellos—. Es una declaración de guerra, y para quienes osan atacar a los cavallaro… solo hay un castigo Hizo un gesto casi imperceptible con la barbilla hacia sus hombres. —Descúbranlos. Lorenzo, su mano derecha, dio un paso al frente y arrancó las bolsas con un movimiento brusco. La luz reveló dos rostros cubiertos de sudor y terror, Elio no frunció el ceño; al contrario, mostro una pequeña sonrisa maliciosa, un gesto de fria satisfacción que curvó sus labios. No veía en ellos a rivales dignos; veía simples alimañas que necesitaban ser castigadas. —Si vas a matarnos, Cavallaro, hazlo ya —escupió uno de los hombres, el que parecía tener un poco más de voluntad y fuerza para mirar a Elio desde abajo, muy seguro de que ese hombre lo mataria, pues era bien sabido que nunca dejaba cabos sueltos—. Nuestro único crimen fue no saber de quién eran esas cajas, no sabíamos a quién le robábamos. Elio se inclinó hacia él con elegancia aterradora, estiró una mano y sujetó la mandíbula del hombre con fuerza, obligándolo a sostenerle la mirada. —Esa es la mentira más pobre que he escuchado —murmuró Elio a escasos centímetros de su rostro en un tono casi burlon—. Robarme a mí no es un simple error, es como si le robaras a mi familia y si hay algo que no tolero, algo que no puedo permitir bajo ninguna circunstancia, es que alguien atente contra mi sangre. Soltó la mandíbula con un empujón que hizo que el hombre se tambaleara y sin decir una palabra más, hizo un segundo movimiento de cabeza hacia sus hombres, fue la señal final. Dos guardias levantaron a los cautivos a rastras hacia la orilla del muelle. Mientras tanto, Elio se llevó la mano al bolsillo interior del abrigo y extrajo un pañuelo de seda blanca, en una de las esquinas, bordadas con un hilo de seda delicado, estaban las iniciales A.S. Con un movimiento preciso, comenzó a limpiar los dedos de sus guantes de cuero, como si el simple contacto con el rostro de aquel hombre los hubiera contaminado con una vulgaridad insoportable. Lorenzo se acercó a su lado, manteniendo una distancia respetuosa, inclinando la mirada en su presencia. —Señor—dijo en voz baja. —¿Bajas? —preguntó Elio sin dejar de limpiar su guante, manteniendo la vista fija en el pañuelo. —Favio Morreti perdió la vida durante la captura, señor. Una bala perdida de estos bastardos. Elio detuvo el movimiento de su mano, un gesto de algo que podría haber sido tristeza, si no estuviera tan enterrado bajo capas de hielo, cruzó sus ojos. —Lamentable. Favio era un buen hombre, asegúrate de que su familia sea recompensada y que no les falte nada por el resto de sus vidas. —Así se hará, señor. De fondo. Los hombres de Elio obligaron a los ladrones a acostarse boca abajo cerca del borde del muelle, sus manos fueron extendidas y sujetas contra el suelo con una fuerza brutal, otros tres hombres se arrodillaron sobre sus piernas y espaldas para inmovilizarlos por completo. Un hombre alto y corpulento se acerco llevando un hacha de mano que brillo bajo la luz de la farola mas cercana. Elio terminó de limpiar sus guantes, dobló el pañuelo con delicadeza y lo guardó cerca de su corazón justo donde aun guardaba el nombre de a quien alguna vez le habia pertenecido ese pañuelo. Dio media vuelta para caminar hacia su coche, dándoles la espalda. —Lorenzo, vámonos. Hay mucho por hacer mañana. No miró atrás cuando el primer golpe seco del hacha contra la madera y la carne resonó en el puerto, no parpadeó cuando los gritos desgarradores inundaron la neblina. Para Elio Cavallaro, el sonido de su justicia no era más que musica necesaria en un mundo que había olvidado que él, no era un hombre compasivo. Elio caminó hacia su auto, sus pasos resonando en el muelle como si el lugar no fuera habitado por nadie mas, ya ni siquiera podia escuchar el sonido tranquilizador de los gritos. Massimo, su chofer ocasional, ya mantenía el motor del sedán blindado encendido, listo para la huida. Lorenzo se adelantó y le abrió la puerta trasera, pero antes de entrar en el vehículo, Elio se detuvo en seco. Giró el rostro lentamente y le dirigió a Lorenzo una mirada fria, cargada de un resentimiento tan denso que el frio de la noche era mucho mas acogedor. Era la mirada de un hombre que no olvidaba que, cinco años atras, fue Lorenzo quien lo sujetó por la fuerza mientras su mundo ardía. No dijo nada, solo entró en el coche y el vehículo avanzó con suavidad en cuanto la puerta se cerró, dejando atrás aquel muelle donde solo habitaban los muertos y algunos peces que solian comer los restos que caian al agua. Pocos minutos después, el cielo terminó de romperse en gotas pesadas de agua empezaron a caer sobre el techo de metal del auto. Las gotas se escurrían por las ventanillas en hilos que Elio observaba para distraerse. De repente, el silencio del auto fue invadido por algo que no estaba allí, el recuerdo de una risa femenina, alegre y llena de vida. No recordaba el momento, solo el sonido de una felicidad que le había sido arrebatada. Elio frunció el ceño, apretando la mandíbula hasta que le dolió, y negó con la cabeza en un gesto desesperado de alejar esos pensamientos de su cabeza. Se odiaba a si mismo, por su incapacidad para evitar definitivamente esos recuerdos de un pasado que solo servían para recordarle que estaba muerto en vida. Al cruzar las puertas de hierro de su Villa, sintio el mismo vacío que solia agobiarlo cada vez que llegaba a ese lugar donde nadie lo esperaba. Subio las escaleras de marmol hasta su habitacion y tras un baño de agua caliente que le enrojeció la piel, se secó frente al espejo con movimientos lentos, el vapor no podía ocultar lo que su reflejo le devolvía, una serie de cicatrices brutales, quemaduras que habian deformado la piel de su espalda y sus manos. Sus manos, las mismas que siempre ocultaba bajo guantes de cuero, le producían una náusea profunda cada vez que las miraba sin protección, no era por vanidad, era porque esas cicatrices eran el recuerdo de su mayor fracaso: no haber podido salvar a su esposa, haber fallado en proteger a la única persona que alguna vez le dio un propósito de vivir mas alla de su familia. Se acostó en su cama, vestido únicamente con un pantalón de seda n***o y cuando el cansancio acumulado finalmente lo venció, su conciencia lo arrastró al abismo de siempre. La pesadilla comenzó con el olor a humo y el calor asfixiante. Recordaba el dolor lacerante en sus manos mientras intentaba abrir puertas que el fuego ya había sellado, y el grito desgarrador, animal, que emergió de su propia garganta cuando sus hombres le impidieron volver a entrar en las llamas cuando ellos lograron sacarlo de ahi. El final de su pesadilla era siempre la más devastadora: Estaba de pie en una morgue gélida, el aire oliendo a antiséptico y ceniza, frente a un cuerpo oculto por una sábana blanca, un brazo colgaba hacia el suelo, n***o, consumido y rígido. Y en un dedo inerte, el único rastro que la identificaba, un anillo de plata con la inscripción que él mismo había mandado grabar: "Eternamente mia". Elio despertó de golpe, incorporándose con un espasmo y buscando aire como si todavía estuviera atrapado en el humo. El sudor frío le empapaba el pecho y la frente, se llevó una mano a la sien, dándose cuenta con amargura de que de nuevo había pasado por alto las pastillas que le ayudaban a dormir sin tener que revivir esas terribles imagenes. Por puro instinto, giró la cabeza hacia el lado derecho del colchón, estaba vacío, siempre estaba vacío, pero su mente, aun esperaba que las pesadillas fueran eso, solo producto de su imaginacion y no un recuerdo. Tras unos largos minutos sin moverse, Elio se levantó de la cama, cada movimiento era como una pieza de un engranaje oxidado que luchaba por seguir vivo. Su rutina era predecible y rigurosa, que evitaba que su mente divagara hacia el precipicio de la locura. Camino descalzo hacia el armario, un espacio revestido de maderas oscuras y espejos que no hacían más que multiplicar su soledad. Sin tomarse mucho tiempo, eligió un traje de tres piezas de un gris marengo casi n***o, una armadura de tela fina que usaba para ocultar las marcas de su cuerpo y , por supuesto, para mantener la reputacion que habia labrado con cada dia de ausencia de su esposa. Se colocó su reloj con indiferencia, los gemelos de oro blanco y por ultimo, sus guantes de cuero, pero al final, se detuvo ante la pequeña bandeja de terciopelo n***o en el que la noche anterior habia dejado, el pañuelo de seda de ella. Era uno de las pocas cosas de su vieja vida que el fuego no había logrado devorar. Elio lo tomó entre sus dedos enguantados y en la privacidad de aquel vestidor, donde no tenía que fingir ser el "Diablo de Livorno", llevó la tela a sus labios, dejando un beso breve, como una disculpa que repetía cada mañana. "Perdóname por seguir respirando", pensaba. Lo deslizó en el bolsillo interior de su pecho, justo encima de su corazón, y bajó hacia la terraza. La mañana era gris, de un color acorde con su estado de ánimo. Elio se sentó a la mesa de mármol de la terraza, rodeado por la belleza de unos jardines perfectamente cuidados que ya no era capaz de apreciar, su rutina era tan pública, tan predecible y tan expuesta, que a menudo deseaba que fuera una tentación suficiente para que algún rival desesperado de su padre se atreviera a apretar el gatillo desde la distancia. Deseaba que la muerte lo encontrara allí, sentado entre porcelanas finas y el aroma de los pinos italianos, pero la muerte parecía tenerle miedo o, quizás, disfrutaba demasiado observando su tormento como para concederle el descanso. Sobre la mesa, una tablet mostraba las noticias matutinas, colocada ahi con antelación por su personal. Dos cocineras, las mismas que su padre, Cosimo Cavallaro, había asignado años atrás para vigilar estrictamente su dieta, asegurándose de que su cuerpo se mantuviera funcional para los negocios de la familia, se acercaron con pasos discretos. Le sirvieron el mismo desayuno de siempre: café n***o, fruta fresca y estofado. Elio se colocó la servilleta de tela sobre las piernas con un movimiento fluido mientras las noticias de fondo informaban con voz monótona sobre el hallazgo macabro de unos pescadores que habían encontrado cuatro manos amputadas flotando en el mar. Desayunó sin saborear nada, escuchando el reporte informativo como un ruido blanco que llenaba el vacío de la villa. Todo transcurría bajo la misma agobiante normalidad, hasta que el sonido de unos pasos firmes y decididos sobre el marmol llamó su atención. Levantó la mirada y diviso a Lorenzo Vitale aproxximandose. Él era su mano derecha, su sombra en las reuniones y su escudo en los tiroteos, pero Elio nunca olvidaba que el hombre habia llegado a él por ordenes de su padre y quien para su desgracia, debia asegurarse de que no terminara con su vida. Lorenzo se detuvo a su lado, su sombra proyectándose sobre el plato de Elio. Se inclinó hacia él, invadiendo su espacio personal, y con una voz calmada, le susurró al oído la noticia que habia esperado durante 5 largos años. —Su padre acaba de morir, señor. El mando ahora es suyo.
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