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El voto del diablo

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Descripción

Hace cinco años, el fuego se llevó la única pizca de humanidad que quedaba en Elio Cavallaro. El incendio que consumió su la mansión familiar no solo redujo a cenizas su hogar, sino también le arrebato a Amalia, su esposa, la mujer por quien estuvo a punto de abandonar su herencia de sangre. Hoy, Elio es el Don; un hombre de hielo, respetado y temido, que gobierna el imperio de su padre con una frialdad desalmada.Elio vive para el deber, convencido de que su corazón murió entre las llamas, pero el destino tiene un sentido del humor perverso. Mientras su auto espera frente a un semáforo en una tarde lluviosa, una mujer cruza la calle. Es ella. La misma forma de caminar, los mismos ojos, el mismo rostro que lo persigue en sus pesadillas.Sin embargo, no puede ser Amalia. Amalia está... muerta.Lo que comienza como un avistamiento imposible se convierte en una obsesión incontrolable. Elio la acecha, dividido entre la culpa de deshonrar el luto de su esposa y el deseo voraz de poseer a esa extraña que parece su gemela. Ella dice llamarse distinto, no reconoce su nombre ni su rostro, y guarda un secreto que ni ella misma entiende: su memoria es un lienzo en blanco que comienza exactamente hace cinco años, tras despertar en un hospital sin saber quién era.En un mundo donde las debilidades se pagan con la vida, Elio deberá descubrir si está ante un milagro o ante la trampa más cruel de sus enemigos. Porque si ella es Amalia, ¿quién la sacó del fuego? Y si ella vive... alguien tendrá que arder por la mentira.

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Capítulo 1
El puerto de Livorno estaba sumergido en una neblina densa y salada que parecía querer ocultar los pecados de la noche. El único sonido que rompía el silencio del muelle era el rítmico chapoteo del agua contra el casco de los cargueros y el canturreo lejano de una gaviota. En el centro del muelle, bajo la luz tenue de una farola que parpadeaba con un zumbido eléctrico, dos hombres estaban arrodillados sobre el hormigón frío. Tenían las manos atadas a la espalda y sus cabezas estaban cubiertas por bolsas de arpillera oscura que se inflaban y desinflaban con cada respiración desesperada. Elio Cavallaro se mantenía a unos pasos de distancia, envuelto en un abrigo n***o que parecía absorber la poca luz del lugar. Sus guantes de cuero n***o se ajustaban perfectamente a sus manos mientras observaba la escena con una calma que resultaba más inquietante que cualquier grito. —¿No creen que todo en la vida tiene un orden que no debe ser perturbado? —dijo Elio. Su voz era un barítono suave, elegante y casi armoniso—. Incluso en las profundidades de nuestro mundo, donde la ley de los hombres no alcanza, existen reglas. Sin ellas, no seríamos más que animales devorándose entre sí. Caminó lentamente alrededor de los cautivos, el eco de sus zapatos italianos resonando como una sentencia de muerte sobre el suelo mojado. —Asaltar un cargamento de armas bajo el sello de los Cavallaro no es un error de cálculo —continuó, deteniéndose frente a ellos—. Es una declaración de guerra y para quienes osan ir en mi contra, para quienes intentan desequilibrar este orden… solo hay lugar para el dolor y la desolación. Hizo un gesto casi imperceptible con la barbilla hacia sus hombres. —Descúbranlos. Lorenzo, su mano derecha, dio un paso al frente y arrancó las bolsas con un movimiento brusco. La luz reveló dos rostros cubiertos de sudor y terror. Elio no frunció el ceño; al contrario, una pequeña sonrisa maliciosa, apenas un gesto de satisfacción fría, curvó sus labios. No veía en ellos a rivales dignos; veía simples alimañas que necesitaban ser castigados. —Si vas a matarnos, Cavallaro, hazlo ya —escupió uno de los hombres, el que parecía tener un poco más de voluntad y fuerza para mirar a Elio desde abajo, muy seguro de que ese hombre lo mataria, pues era bien sabido que nunca dejaba cabos sueltos—. Nuestro único crimen fue no saber de quién eran esas cajas, no sabíamos a quién le robábamos. Elio se inclinó hacia él con una elegancia aterradora. Estiró una mano y sujetó la mandíbula del hombre con fuerza, obligándolo a sostenerle la mirada, el contacto del cuero n***o contra la piel del cautivo parecía quemar. —Esa es la mentira más pobre que he escuchado —murmuró Elio a escasos centímetros de su rostro en un tono casi burlon—. Robarme a mí no es un simple delito comercial, robarme a mí es como si le robaras a mi familia y si hay algo que mi sangre no tolera, algo que no puedo permitir bajo ninguna circunstancia, es que alguien atente contra lo que me pertenece. Contra lo que es mío. Soltó la mandíbula con un empujón que hizo que el hombre se tambaleara, sin decir una palabra más, hizo un segundo movimiento de cabeza hacia sus hombres, fue la señal final. Dos guardias levantaron a los cautivos a rastras hacia la orilla del muelle. Mientras tanto, Elio se llevó la mano al bolsillo interior del abrigo y extrajo un pañuelo de seda blanca. En una de las esquinas, bordadas con un hilo de seda casi imperceptible pero delicado, estaban las iniciales A.S. Con movimientos metódicos y precisos, comenzó a limpiar los dedos de sus guantes de cuero, como si el simple contacto con el rostro de aquel hombre los hubiera contaminado con una vulgaridad insoportable. Lorenzo se acercó a su lado, manteniendo una distancia respetuosa, inclinando la mirada en su presencia. —Don Cavallaro —dijo en voz baja. —¿Bajas? —preguntó Elio sin dejar de limpiar su guante, manteniendo la vista fija en el pañuelo. —Favio Morreti perdió la vida durante la captura, señor. Una bala perdida de estos bastardos. Elio detuvo el movimiento de su mano. Un destello de algo que podría haber sido tristeza, si no estuviera tan enterrado bajo capas de hielo, cruzó sus ojos. —Lamentable. Favio era un buen hombre. Asegúrate de que su familia sea recompensada y que no les falte nada por el resto de sus vidas. —Así se hará, Don. De fondo, lo que ocurria se torno ruidoso. Los hombres de Elio obligaron a los ladrones a acostarse boca abajo cerca del borde del muelle. Sus manos fueron extendidas y sujetas contra el suelo con una fuerza brutal, otros tres hombres se arrodillaron sobre sus piernas y espaldas para inmovilizarlos por completo. Un hombre alto y corpulento salió de las sombras llevando un hacha de mano. El metal de la hoja brilló bajo la farola, un destello plateado que prometía un juicio final. Elio terminó de limpiar sus guantes, dobló el pañuelo con una reverencia casi religiosa y lo guardó cerca de su corazón justo donde aun guardaba el nombre de a quien alguna vez le habia pertenecido ese pañuelo. Dio media vuelta para caminar hacia su coche, dándoles la espalda. —Lorenzo, vámonos. Hay mucho por hacer mañana. No miró atrás cuando el primer golpe seco del hacha contra la madera y la carne resonó en el puerto. No parpadeó cuando los gritos desgarradores inundaron la neblina, cortando la noche como el acero mismo. Para Elio Cavallaro, el sonido de su justicia no era más que musica necesaria en un mundo que había olvidado cómo debia sangrar. Elio caminó hacia su auto de forma mecánica, sus pasos resonando en el muelle como si el lugar no fuera habitado por nadie mas, ya ni siquiera podia escuchar el sonido tranquilizador de los gritos. Massimo, su hombre de mayor confianza, ya mantenía el motor del sedán blindado en un ronroneo discreto, listo para la huida. Lorenzo se adelantó, cumpliendo su función con una eficiencia que muchas personas intuian era lealtad o devocion, y le abrió la puerta trasera. Antes de cruzar entrar en el vehículo, Elio se detuvo en seco. Giró el rostro lentamente y le dirigió a Lorenzo una mirada gélida, cargada de un resentimiento silencioso tan denso que el frio de la nocge era mucho mas acogedor. Era la mirada de un hombre que no olvidaba que, cinco años atras, fue Lorenzo quien lo sujetó por la fuerza mientras su mundo ardía. No dijo una palabra, el silencio era su arma más letal. Entró en la penumbra del coche y el vehículo avanzó con suavidad en cuanto la puerta se cerró con un golpe seco, dejando atrás aquel muelle donde solo habitaban los muertos y algunos peces que solian comer los restos que caian al agua. Pocos minutos después, el cielo terminó de romperse, gotas pesadas de agua empezaron a caer sobre el techo de metal del auto, primero como un murmullo y luego como un ruido ensordecedor. Las gotas se escurrían por las ventanillas en hilos erráticos que Elio observaba con una fijeza hipnótica. De repente, el silencio del auto fue invadido por algo que no estaba allí: el eco de una risa femenina, vibrante y llena de vida. No hubo imágenes nítidas, solo el espectro sonoro de una felicidad que le había sido arrebatada. Elio frunció el ceño con una violencia física, apretando la mandíbula hasta que le dolió, y negó con la cabeza en un gesto desesperado de expulsión. Se recriminaba a sí mismo, con odio, su incapacidad para sofocar definitivamente esos fragmentos de un pasado que solo servían para recordarle que estaba muerto en vida. Al cruzar las puertas de hierro de la Villa Cavallaro, la inmensidad de la mansión se alzó frente a él como un monumento al vacío. La villa, que antaño fue el corazón de la familia, ahora se sentía como una mortaja de piedra. A pesar de que su hermana Genova y su madre —quien a sus sesenta años conservaba una elegancia y vitalidad imperturbables— intentaban mantener un vínculo, Elio se había convertido en un fantasma dentro de su propia casa. No frecuentaba a nadie; la soledad era su única aliada desde aquel día en que los intentos de consuelo de los demás le resultaron insultantes. La villa estaba en silencio, no porque le faltara gente, sino porque le faltaba el alma que él mismo había enterrado. Subió las escaleras de mármol hacia su habitación, un santuario de sombras. Tras un baño con agua tan caliente que le enrojeció la piel, se secó frente al espejo con movimientos lentos, el vapor no podía ocultar lo que su reflejo le devolvía: un mapa de cicatrices brutales. Las quemaduras marcaban su espalda y sus manos en un relieve de piel deformada y blancuzca. Sus manos, las mismas que siempre ocultaba bajo guantes de cuero, le producían una náusea profunda cada vez que las miraba sin protección. No era por vanidad estética; era porque esas cicatrices eran el testimonio físico de su mayor fracaso: haber sobrevivido cuando ella no pudo, haber fallado en proteger a la única persona que le daba un propósito más allá de la sangre. Se acostó en la inmensa cama, vestido únicamente con un pantalón de seda n***o que contrastaba con la palidez de su torso marcado y cuando el cansancio acumulado finalmente venció su resistencia, la oscuridad lo arrastró al abismo de siempre. La pesadilla comenzó con el olor a humo y el calor asfixiante. Recordaba el dolor lacerante en sus manos mientras intentaba abrir puertas que el fuego ya había sellado, y el grito desgarrador, animal, que emergió de su propia garganta cuando sus hombres le impidieron volver a entrar en las llamas. La imagen final era siempre la más devastadora: Elio de pie en una morgue gélida, el aire oliendo a antiséptico y ceniza, frente a un cuerpo oculto por una sábana blanca, un brazo colgaba hacia el suelo, n***o, consumido y rígido. En un dedo inerte, el único rastro de luz era un anillo de plata con la inscripción que él mismo había mandado grabar: "Eternamente mia". Elio despertó de golpe, incorporándose con un espasmo y buscando aire como si todavía estuviera atrapado en el humo. El sudor frío le empapaba el pecho. Se llevó una mano a la sien, dándose cuenta con amargura de que de nuevo había pasado por alto las pastillas diseñadas para adormecer su mente, por puro instinto, giró la cabeza hacia el lado derecho del colchón. Estaba vacío, siempre estaba vacío, pero su cuerpo, gobernado por un recuerdo muscular que cinco años de luto no habían logrado borrar, se mantenía rígido en su propia mitad del espacio, respetando el vacío de la mujer que ya no volvería a ocuparlo. Tras unos largos minutos de quietud, Elio se levantó de la cama de forma casi mecánica. Cada movimiento era una pieza de un engranaje oxidado que luchaba por ponerse en marcha. La rutina era un guion predecible y riguroso que evitaba que su mente divagara hacia el precipicio de la locura, caminó descalzo hacia el guardarropa, un espacio inmenso revestido de maderas oscuras y espejos que no hacían más que multiplicar su soledad. Sin tomarse mucho tiempo, eligió un traje de tres piezas de un gris marengo casi n***o, era como una armadura de tela fina que usaba para ocultar las marcas de su cuerpo y proyectar la imagen del heredero implacable. Se colocó los accesorios con la indiferencia de quien cumple un trámite; el reloj de platino, los gemelos de oro blanco y por ultimo, sus guantes de cuero, pero al final, se detuvo ante una pequeña bandeja de terciopelo n***o en el que la noche anterior habia dejado, el pañuelo de seda de ella. Era uno de los pocos fragmentos de su vieja vida que el fuego no había logrado devorar por completo. Elio lo tomó entre sus dedos enguantados, sintiendo la suavidad que contrastaba con la rigidez de su cuero. En la privacidad absoluta del guardarropa, donde no tenía que fingir ser el "Diablo de Livorno", llevó la tela a sus labios, fue un beso breve, cargado de una devoción trágica y una disculpa silenciosa que repetía cada mañana. "Perdóname por seguir respirando", pensaba. Lo deslizó en el bolsillo interior de su pecho, justo encima de su corazón, y bajó hacia la terraza. La mañana era gris, de un color plomizo que se fundía con el horizonte marino, perfectamente acorde con su estado de ánimo. Elio se sentó a la mesa de mármol de la terraza, rodeado por la belleza de unos jardines perfectamente cuidados que ya no era capaz de apreciar. Su rutina era tan pública, tan predecible y tan expuesta, que a menudo deseaba que fuera una tentación suficiente para que algún rival desesperado de su padre se atreviera a apretar el gatillo desde la distancia. Deseaba que la muerte lo encontrara allí, sentado entre porcelanas finas y el aroma de los pinos italianos, pero la muerte parecía tenerle miedo o, quizás, disfrutaba demasiado observando su tormento como para concederle el descanso. Sobre la mesa, una tablet mostraba las noticias matutinas, dispuesta con antelación por su personal. Dos cocineras, las mismas que su padre, Cosimo, había asignado años atrás para vigilar estrictamente su dieta, asegurándose de que su cuerpo se mantuviera funcional para los negocios de la familia, se acercaron con pasos discretos. Con movimientos ensayados, le sirvieron el mismo desayuno de siempre: café n***o, fruta fresca y estofado. Elio se colocó la servilleta de hilo sobre las piernas con un movimiento fluido mientras las noticias de fondo informaban con voz monótona sobre el hallazgo macabro de unos pescadores que habían encontrado cuatro manos amputadas flotando en el mar. Desayunó sin saborear nada, escuchando el reporte informativo como un ruido blanco que llenaba el vacío sonoro de la villa. Todo transcurría bajo la agobiante normalidad de su prisión dorada hasta que el sonido de unos pasos firmes y decididos sobre la piedra llamó su atención, no eran los pasos ligeros de las empleadas. Eran pasos que cargaban con el peso de la autoridad delegada. Levantó la mirada y diviso a Lorenzo Vitale aproximándose. Lorenzo era oficialmente su mano derecha, su sombra en las reuniones y su escudo en los tiroteos, pero Elio nunca olvidaba la verdad detrás de su supuesta lealtad: el hombre no era más que el espía de su padre, el carcelero que Cosimo había impuesto para asegurar que su hijo no terminara el trabajo que el fuego empezó. Lorenzo era quien lo servía después de haberlo traicionado aquella noche catastrófica. Lorenzo se detuvo a su lado, su sombra proyectándose sobre el plato de Elio, rompiendo la luz gris de la mañana. Se inclinó hacia él, invadiendo su espacio personal con una familiaridad que a Elio le irritaba, y con una voz desprovista de cualquier emoción, le susurró al oído la noticia que derrumbaba el último pilar de su antigua realidad: —Su padre acaba de morir, Don Cavallaro. El mando es suyo.

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