1 de abril, 7:13 am. El archiduque Fausto abrió los ojos justo cuando el traqueteo del carruaje alcanzaba su ritmo más monótono. El interior, bañado por la luz dorada que se filtraba entre las cortinas, olía a cuero y a polvo del camino. Frente a él, el barón Rafael Elvore, su consejero personal, repasaba con paciencia el informe que tenía en las manos. — ¿Ha dormido bien, alteza? — preguntó con voz grave. Fausto asintió. — De maravilla, soñé que navegaba en un barco, había mucho movimiento de las olas, lo que se explica fácilmente, puesto que tuve que dormir en un carruaje. — Era la única forma de llegar a la villa en esta mañana, me disculpo, alteza. — Lo sé. El barón sonrió y dijo: — es importante que esté despierto, pronto llegaremos a la villa Valmire y conocerá a la prometida d

