Elina suspiró. — Mi niña, todo estará bien, aún no sabemos a qué ha venido el archiduque, pero sé que serán buenas noticias. Los recuerdos de Erika estaban ahí, cada momento desde la llegada de Fausto, su boda y la muerte del venerado emperador Román. Pero no podía explicarlo. Sin embargo, había algo más importante que dar explicaciones. — Mamá, no podemos ir al palacio, todos seremos infelices. Tú, papá, Liana. Debemos encontrar la forma de evitar ese viaje. Lady Elina la contempló con desconcierto. Tocó la frente de Erika buscando señales de fiebre y le acarició el cabello humedecido por el sudor. — Entiendo. La esperanza brilló en el corazón de Erika. — Tuviste una pesadilla. Y súbitamente, ese destello se apagó. — Mamá. No lo entiendes. — Cuidado — señaló Elina — pisarás los vi

