Capítulo 6

1002 Palavras
  Punto de vista de Cecilia   Estaba en la sala de emergencias, sentada mientras el médico me limpiaba la herida en la frente. Escocía como el demonio, pero honestamente ese dolor físico no se comparaba con las mil punzadas emocionales que había acumulado durante el día.   De pronto, la puerta se abrió de golpe, haciendo que el doctor hasta diera un brinco. Xavier entró como si se tratara de su territorio, los ojos desbordando una mezcla de furia y angustia. El aire se llenó enseguida con su olor característico—dominante, tenso, marcado.   Lo miré por sobre el hombro. "Está bien," le dije al doctor que se había sobresaltado. "Es mi... jefe." Por poco y se me escapa "esposo", pero me detuve. Nunca lo fue de verdad, aunque yo quisiera creerlo por tanto tiempo.   Xavier tragó saliva, con la nuez deslizándose visiblemente.   "¿Qué tan grave es?" soltó, dirigiéndose al doctor con esa voz ronca y cargada de algo que no supe identificar.   "Solo es un rasguño," contestó el médico con neutralidad. "Nada serio."   Al doctor no le interesaban nada nuestros enredos personales. Terminó de ponerme el vendaje y me recetó una pomada.   Le di las gracias y me salí, consciente de que Xavier venía detrás, como una sombra pegajosa. En el pasillo, se adelantó a pagar la cuenta y recoger los medicamentos, como si fuera un marido perfecto. El sarcasmo me daba vueltas por dentro.   No dije nada. Ya no valía la pena discutir. El lazo que me unía a Xavier se había roto desde que vi los mensajes en su teléfono.   Al salir, saqué el celular para pedir un auto. Xavier fue más rápido y me lo quitó con un movimiento ágil. Luego rodeó mis hombros con el brazo y me llevó—más bien me arrastró—al estacionamiento. Antes ese gesto posesivo me habría hecho sentir segura. Ahora me sentía como si me pusiera cadenas.   Me abrió la puerta del copiloto y prácticamente me empujó adentro. Luego se subió él. El portazo resonó como un trueno, encerrándonos en esa tensión espesa.   "Me bloqueaste," dijo al fin, mirándome con una tormenta en la cara. "¿Era eso? ¿Querías matarte para hacerme sentir culpable?"   Me quedé en blanco unos segundos, en shock por lo absurdo. Y luego, contra toda lógica, empecé a reír. Reír o llorar... ya había llorado suficiente.   ¿De verdad pensaba que arriesgaría mi vida solo para manipularlo con culpabilidad? Qué ego tan monumental. Ocho años juntos, y jamás vi este nivel de narcisismo.   "Tranquilo," dije, estirando la mano hacia mi teléfono. "No cargues eso en tu conciencia. Devuélveme mi celular."   Xavier lo alejó, esquivando mi intento.   "Sí, te mentí hoy, lo admito. Pero la ignoraste por completo, la dejaste como si no existiera. ¡Le faltaste el respeto a mi madre también! ¿No crees que eso es demasiado? Solo es una niña caprichosa. ¿Por qué te pones así?"   Ay, Xavier. Si pudieras verte desde mis ojos...   Después de un rato, respondí con voz apagada: "No voy a ir detrás de ella. Tampoco quiero seguir en medio de lo que sea que tengan. Pero por favor... mantenla lejos de mí. No me interesa su 'espontaneidad' en la cara."   "Es como una hermana para mí. Cici y yo somos como hermanos," insistió él, frunciendo el ceño. "Los lobos somos leales a nuestras parejas. Lo nuestro no es lo que piensas."   "Ajá, lealtad," repetí, conteniéndome para no sacarle todas las pruebas: llamadas a medianoche, textos raros, facturas de hoteles... el paquete completo.   "Ok. Exageré. Entendí mal. Felicidades por tu nueva hermana."   El silencio se volvió espeso, como niebla.   "Solo maneja," murmuré, arropándome con más fuerza con la chaqueta prestada. Ese aroma—sándalo con algo salvaje—tenía un efecto tranquilizador.   Xavier notó la chaqueta por fin. Olfateó ligeramente, como si detectara la marca de otro macho en su territorio.   "¿De quién es esta chaqueta?" preguntó, los celos pintándole la cara.   Miré por la ventana, con gesto desinteresado. "De mi hermano. Mi nuevo hermano adoptivo."   Un destello furioso cruzó su mirada. En un parpadeo me jaló la chaqueta y la lanzó por la ventana.   "¡No!" grité, soltándome el cinturón y bajándome del coche a toda prisa. Esa chaqueta era uno de los pocos gestos amables del día. Había prometido devolverla limpia.   Xavier gruñó, me jaló de vuelta al asiento. Antes de que pudiera protestar, me besó... no fue un beso dulce, sino una imposición.   Mantuve los labios cerrados con fuerza. Eso solo lo hizo enojar más. Me apretó la mandíbula hasta abrirme y siguió, como si besándome así arreglara algo.   Al separarse, jadeando, vi ese brillo oscuro en sus ojos—ese instinto posesivo que me asqueaba.   "No intentes darme celos otra vez," murmuró. "Deberías pensar cómo tus actos afectan a los demás."   Me quedé viéndolo, sin poder creer que este era el hombre con el que había vivido tantos años. O tal vez siempre fue así, y yo no quise ver.   La chaqueta seguía ahí, empapada sobre el asfalto.   Yo solo pensaba: Prometí devolverla limpia... ¿y ahora qué hago?   El estrés del fin de semana cobró factura. Para la noche ya tenía fiebre alta. El cuerpo humano tiene sus límites.   Xavier se quedó conmigo en casa. Jugó el papel de pareja atenta: hacía sopita, me daba medicina, me cuidaba con una ternura que, por pequeños instantes de fiebre, me hizo pensar que aún me quería. Casi me convencía.   Casi.   Pasada la medianoche, aún no me bajaba la fiebre. Entre sueños y delirio sentía su cuerpo cerca en la cama... esa misma cama que ahora me pesaba como un recuerdo amargo.   El zumbido de un celular cortó el silencio.   A duras penas abrí los ojos pesados. Xavier y yo volteamos al teléfono en la mesita de noche.   Hora: 12:35 AM.   Nombre en la pantalla: "Sugar Baby".   Un apodo tan íntimo no dejaba lugar para dudas. Sentí un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con la fiebre.
Leitura gratuita para novos usuários
Digitalize para baixar o aplicativo
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Escritor
  • chap_listÍndice
  • likeADICIONAR