Punto de vista de Cecilia
No dije ni una palabra mientras el celular de Xavier seguía parpadeando con ese apodo tan descarado. Cada vibración resonaba en nuestra habitación como una bofetada.
Su cara de guapo mantenía una falsa calma, pero yo notaba la tensión en su mandíbula, el pequeño tic junto a su ojo que lo traicionaba.
El teléfono no paraba—las llamadas se convirtieron en videollamadas, y luego en una lluvia interminable de mensajes, todos más insistentes que el anterior. Atrevida. Sin pudor. Como si supiera exactamente dónde estaba y no le importara que estuviera conmigo.
El ambiente se volvió tan denso que parecía que podías cortarlo con un cuchillo en la penumbra del cuarto.
"¿No vas a contestar?" pregunté con voz tan fría como el hielo.
Ahí fue cuando Xavier se dignó a agarrar el teléfono. Sin mirar siquiera quién era, lo apagó y lo dejó en la mesita, como si eso bastara para tranquilizarme.
Extendió la mano y me tocó la frente. "Aún tienes un poco de fiebre," murmuró. "No te preocupes, duerme tranquila. Yo te cuido."
Me recosté y cerré los ojos, aunque mi cuerpo estaba tan tieso que era obvio que seguía en pie de guerra.
Una hora después, fingía respirar con ritmo tranquilo, escuchando atento cada movimiento mientras él recuperaba su celular. Caminó despacio hasta el balcón, y lo oí encender el aparato silenciosamente.
"¿Estás bien? Tranquila, no tengas miedo. Ya voy para allá..." Susurró tan bajo que, aunque no gritó, sentí como si me taladrara el oído.
Volvió a entrar, agarró su chaqueta y se fue.
Apenas escuché cerrarse la puerta, abrí los ojos de golpe. Nunca me había dormido.
¿Qué seguía esperando, en serio? Un infiel es como una fruta podrida: una vez empieza a descomponerse, no hay vuelta atrás.
A las cuatro y media de la mañana, Xavier regresó.
Al verme acostada, respiró aliviado. Se acercó, me tocó otra vez la frente y, al notar que la fiebre se había ido, pareció satisfecho.
Fue al baño. Escuché el chorro del agua mezclándose con mis pensamientos cada vez más amargos. Cuando salió, con la bata puesta, se metió en la cama como si nada, rodeándome la cintura con el brazo como si todo siguiera igual.
Esperé a escucharlo roncar, entonces me deslicé fuera de su brazo y me senté. Lo miré dormir. Su cara perfecta que antes me encantaba, los labios finos, la curva insinuante de la nuez...
Y esas marcas claras en la clavícula—una hilera de mordidas que no dejaba espacio a dudas.
En ese instante se me cruzó por la cabeza algo oscuro, horrible: clavarle un cuchillo de plata directo al corazón, que este Alfa sepa por fin lo que realmente duele.
...
Cuando Xavier despertó, yo ya estaba abajo. Me había puesto un delantal y preparado desayuno para los dos, como si fuera cualquier mañana.
"Tu fiebre acaba de bajar. ¿Por qué no seguiste descansando?" Se acercó y quiso tocarme.
Me alejé sutilmente. "Fue solo un resfriado, nada grave."
Me quité el delantal y me senté a la mesa. Xavier miró su mano vacía con cara de no saber qué hacer, pero mi calma lo tranquilizó y se sentó conmigo.
"Quiero comentarte algo," dije con un tono suave, como si hablara del clima.
"¿Qué pasa?" preguntó tomando su jugo.
"Quiero dejar mi trabajo en la empresa."
Le cayó como un balde de agua fría. Iba a preguntar por qué, pero le corté el paso: "He dedicado años solo a trabajar. Estoy agotada. Quiero saber lo que es disfrutar la buena vida, como la pareja de un Alfa adinerado."
Xavier me escaneó con la mirada, tratando de saber si hablaba en serio.
"¿Estás bromeando?"
"Para nada," respondí con una sonrisa vacía. "¿Acaso crees que soy masoquista y no sé vivir tranquila?"
Luego de pensarlo, aceptó. "Un descanso te vendría bien. Quédate en casa. Podríamos aprovechar para buscar tener un cachorro."
Forcé una sonrisa mientras por dentro hervía. Claro... ese es tu plan maestro: dejarme en casa como criadora mientras tú te sigues divirtiendo con tu 'sugar baby'. Sigue soñando, Xavier.
"Voy a dar mi preaviso en estos días. Estoy planeando irme a Europa, ya lo hablé con Harper. Hace siglos que no viajo."
"¿No está saturada en su firma de abogados? ¿Tiene tiempo para acompañarte?" Sonó algo desconfiado.
"Está a mil, pero hace un hueco por mí," sonreí, demasiado brillante para ser real.
Él se quedó pensativo.
Después dijo: "Un viaje te haría bien. Yo me encargo de todo. Solo relájate."
Seguí sonriendo, sin confirmar ni negar. Para entonces, ya me habría ido.
No quería aparecer con la frente herida en la oficina como si fuese la víctima del mes. Así que me tomé unos días más.
Con tiempo de sobra, empecé a embalar mis cosas con paciencia—ropa, zapatos, artículos personales—y las fui llevando poco a poco a mi nuevo lugar.
Los armarios se empezaban a vaciar... cualquier observador se habría dado cuenta.
Pero Xavier ni en cuenta.
Incluso quemé nuestra foto de boda en el patio mientras él estaba en casa. Pegado al celular, entre risitas y mensajes a la que claramente le ocupaba más espacio mental que yo.
Si tan solo se hubiera molestado en mirar por la ventana...
Yo estaba de pie, en el atardecer, mirándolo reír con esa pantalla, observándolo más de lo conveniente.
Cuando el encendedor me quemó los dedos, lo solté, como soltando cualquier esperanza que me quedaba.
Las llamas devoraron la gasolina, y con ella, la foto de boda en el barril metálico. Yo aparecía tan feliz, tan ilusionada... y en sus ojos solo existía yo. Después, nuestras caras se distorsionaron, derritieron y se convirtieron en cenizas oscuras.
Una presión me apretó el pecho, casi no podía respirar.
Miré esas cenizas, y todo se volvió borroso por lágrimas que no quería dejar salir.
"¿Qué estás quemando?"
Al fin, Xavier se dio cuenta y salió.
Eché la cabeza hacia atrás, tragándome todo lo que me quemaba por dentro. "Nada importante... solo..." Me giré hacia él con los ojos levemente rojos y una sonrisa que no enganchaba. "Basura."
Xavier miró el humo n***o saliendo del barril, como si sospechara que me había vuelto loca. "Si es basura... ¿por qué no solo la tiraste?"
"Prendiéndole fuego, te aseguras de que desaparezca para siempre," dije sin más.
Frunció el ceño, confundido.
Nos quedamos ahí, en medio del patio, sin decir nada, mientras la última luz del día era devorada por la oscuridad—igual que mi última pizca de esperanza.