—Yo me encargo del abuelo —dijo Jason.
James salió del hospital con su madre mientras Jason se quedaba para completar el papeleo.
James se puso al volante y abandonó el recinto del hospital. A su lado, en el asiento del copiloto, su madre no dejaba de llorar por la muerte de su esposo. Parecía inconsolable, así que él guardó silencio y la dejó desahogarse. Con la mirada fija en la carretera, condujo de regreso al condominio familiar.
Cuando terminó los trámites en el hospital, Jason también se dirigió allí. Llegó diez minutos después que James, estacionó y tomó el ascensor hasta el piso doce.
Era un apartamento enorme, con seis habitaciones, dos salas de estar y un balcón de elegante diseño que incluía una piscina. La decoración, en tonos grises y blancos, se complementaba con hermosos cuadros en las paredes. El condominio entero pertenecía a la familia.
Sí, eran inmensamente ricos.
Al entrar en la sala de visitas, Jason se encontró con su abuelo. Los dos pasaron a la sala familiar y se sentaron a conversar.
—Hola, abuelo.
Jason buscó con la mirada a James y a su madre, pero ninguno de los dos estaba allí.
El anciano se sentó a su lado y lo rodeó por los hombros. Jason sonrió y le devolvió el abrazo. Cuando su abuelo se acomodó, lo ayudó a apoyarse contra uno de los cojines del sofá.
—¿Cómo va el trabajo? —preguntó el anciano.
—Todo bien. Solo tengo que firmar unos contratos de proyectos el lunes, abuelo.
—Ya veo.
—Hoy pasó algo... —empezó Jason, dispuesto a contarle lo de su padre.
—Tu padre nos dejó —completó su abuelo.
—Sí, lo sé. Tu madre llegó a casa llorando.
El anciano alzó la mirada mientras Jason observaba su perfil.
—Tu padre era una buena persona. Para mí, era casi como un hijo. A veces desearía que de verdad lo hubiera sido. Era trabajador, inteligente y muy humilde. Deberías seguir su ejemplo.
El abuelo se volvió hacia él. Jason asintió, aunque su expresión permaneció fría.
Sí, su padre había sido humilde. ¿Y de qué le había servido? La gente se aprovechaba constantemente de él e intentaba engañarlo. Jason ya se había forjado su propia reputación y no pensaba renunciar a ella para imitar la humildad de su padre. Ahora todos le temían. Nadie se detenía a hablar con él sin echarse a temblar.
Su padre había sido misericordioso; él, en cambio, era despiadado. Lo único que había heredado de él era su capacidad de trabajo y su inteligencia.
Permanecieron juntos un rato, hasta que su abuelo decidió irse a dormir la siesta.
Después de que el anciano se retirara a su habitación, Jason subió. Encontró a su hermano mayor y a su hermana menor reunidos alrededor de su madre en el dormitorio de ella. La mujer todavía se secaba las lágrimas.
El teléfono de Jason vibró. Salió de la habitación para contestar y regresó unos minutos más tarde.
—Todo está listo. El entierro será pasado mañana.
Tras anunciarlo, los dejó solos y se fue a su habitación.
Se sentó en el sofá, apoyó la cabeza en el respaldo y se sumió en sus pensamientos.
«¿Cómo era posible que ninguno de nosotros supiera que papá luchaba contra un cáncer de colon? ¿Y qué pasó aquella noche, cuando fue al festival de música con su padre?»
Intentó reconstruir los acontecimientos. El espectáculo había salido bien y las actuaciones habían sido excelentes. Cuando le pidió agua a uno de los guardias, su padre le entregó una botella.
Eso era todo.
No recordaba nada de lo sucedido después de beberla.
Metió la mano en el bolsillo, sacó el anillo de bodas y lo examinó con detenimiento antes de volver a guardarlo. No quería que nadie de la familia supiera de su existencia hasta averiguar quién era aquella mujer y cómo había terminado en su habitación.
El sonido del teléfono lo arrancó de sus pensamientos. Miró el identificador de llamadas y respondió.
—Sí, habla.
—Señor, se llama Julia Harrison. Vive con su madre en Belle Glade, en una casa de dos habitaciones que solo ocupan ellas dos. Nunca conoció a su padre. Trabaja como conductora de un autobús escolar y así se gana la vida. Su madre es costurera. A pesar de sus condiciones de vida, le gusta salir de fiesta a clubes nocturnos con sus dos mejores amigos: Matilda Hayford, a quien llama Tilly, y Michael Hogan. También le gusta beber, aunque no tolera bien el alcohol —informó el hombre—. Eso es todo lo que pude averiguar sobre ella.
—Mmm.
Jason colgó al comprobar que el hombre no tenía nada más que añadir.
«Esa chica no es nadie.»
Y la única persona que probablemente habría podido explicarle qué ocurrió aquella noche ya no estaba: su padre, con quien había asistido al festival.
La familia cenó junta. Jason se sorprendió al ver que su madre conservaba el apetito después de haber pasado llorando desde la mañana hasta casi el final de la tarde. Aun así, le pareció bien que no se estuviera dejando morir de hambre.
Después de cenar, se quedó un rato más y luego regresó a su apartamento.
Entró acompañado por dos guardaespaldas, y todos los sirvientes se pusieron tensos de inmediato. Los guardias se quedaron en el primer piso mientras él subía al siguiente, donde se encontraba su dormitorio.
Se sentó en el sofá y vio las noticias durante un rato antes de decidir que era hora de acostarse.
Ya en el dormitorio, abrió el cajón de la mesita de noche para sacar el cargador del teléfono. En su lugar, encontró dos certificados de matrimonio firmados, con su padre como testigo.
«Espera... ¿Papá sabía lo de la boda? ¿La organizó él?»
De inmediato rechazó esa posibilidad.
«Según mi hermano, papá se desmayó al llegar a casa. Algo tuvo que pasar. Pero tampoco tiene sentido que alguien atacara a mi padre y me casara con una desconocida.»
Contempló fijamente los dos certificados que sostenía en la mano.
Volvió a guardarlos y se sentó al borde de la cama con el cargador del teléfono.
«¿Por qué alguien me casaría de esa manera? A menos que... quizá pretendan utilizar a esa chica para llegar hasta mí. Para conseguir información y acceso a todo.»
Alguien había planeado aquello.
Y no tenía buena pinta.
Jason sonrió. Solicitaría el divorcio después del funeral. Una vez tomada la decisión, puso el teléfono a cargar y fue a ducharse. Luego se acostó y se quedó dormido, decidido a iniciar los trámites de divorcio.
Llegó el día del funeral.
Su padre yacía en el ataúd, rodeado de flores. Asistió mucha gente, pues había sido una persona muy conocida.
Llevaron el ataúd hasta la tumba y lo bajaron. Jason tomó un puñado de tierra y lo arrojó sobre él. Sus hermanos hicieron lo mismo, al igual que su madre. Después cubrieron la sepultura.
Desde el cementerio, todos regresaron al condominio familiar y pasaron allí la noche.
Jason volvió a su apartamento al día siguiente. El funeral había terminado, tenía varios asuntos pendientes y quería iniciar el proceso de divorcio antes de que alguien de la familia se enterara.
Un par de días más tarde acudió al tribunal para comenzar los trámites, pero lo que descubrió lo dejó conmocionado. Existía un contrato con una cláusula que estipulaba que el matrimonio no podía disolverse hasta que hubiera transcurrido un año y medio.
—¡Qué demonios! —gritó.
Preguntó si había alguna alternativa, pero le dijeron que el divorcio solo podría tramitarse una vez cumplido el plazo establecido.
Salió de allí hecho una furia y se dirigió al trabajo. En cuanto llegó a su empresa, fue directo al despacho y ordenó que no lo molestaran.
Allí trató de comprender cómo encajaban todas las piezas: el contrato, los certificados de matrimonio, los anillos y la mujer con la que había dormido.
Y, sobre todo, por qué había sucedido.
Decidió enfrentarse a ella. Tal vez supiera algo. Julia no había estado en el festival de música, así que ¿cómo se habían conocido?
Tomó el teléfono y marcó un número.
—Quiero a esa chica, Julia, en mi apartamento hoy a las seis de la tarde.
Colgó sin esperar respuesta.
Durante el resto del día se mantuvo ocupado con el trabajo, las reuniones y otros asuntos. Cuando terminó la jornada, salió de la empresa y regresó a su apartamento.
El conductor entró en el enorme estacionamiento subterráneo y aparcó. Jason bajó del vehículo acompañado por cuatro guardaespaldas. Otro de sus hombres se acercó a recibirlo.
—¿Dónde está?
—Señor, está atada en el sótano.
Jason se dirigió allí.
Una vez dentro, ordenó a los guardias que lo dejaran a solas con ella.
Julia estaba magullada y tenía el cabello revuelto. Le sangraba una comisura del labio. Era evidente que los hombres de Jason la habían tratado con brutalidad.
A pesar de su aspecto descuidado, era una mujer muy hermosa. Tenía unos ojos preciosos y una larga y abundante cabellera castaña. Incluso bajo los moretones que le habían dejado al maltratarla se distinguía la belleza de su piel.
La mañana en que había despertado a su lado, Jason estaba demasiado furioso para fijarse en ella. Incluso con el ceño fruncido, Julia resultaba adorable. Aun así, él mantuvo una expresión fría e inhóspita.
La joven tenía las manos y las piernas atadas a la silla, y una tela le cubría la boca.
Jason tomó otra silla y la colocó a poca distancia. En cuanto le quitó la mordaza, Julia comenzó a gritar con tanta fuerza que sintió que le estallarían los tímpanos.
—Cállate.
Una bofetada le cruzó la cara. La mejilla se le enrojeció y se le hinchó al instante.
Todo empezó a darle vueltas. Julia creyó que podía desmayarse en cualquier momento. Aterrorizada, comenzó a temblar en la silla.
—Bien. Dime qué estabas haciendo antes de despertar en mi cama.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Julia. Cuando habló, la voz le temblaba.
—Por favor, no me hagas daño. No recuerdo nada —respondió con sinceridad.
—¿No recuerdas absolutamente nada? ¡Respóndeme!
El grito de Jason hizo que se estremeciera de miedo.
—Salí con mis amigos. Créeme, eso es todo lo que recuerdo —dijo al borde del llanto.
—¿Adónde fueron?
Jason se sentó.
—A un club nocturno de mi zona —respondió ella, todavía temblando.
—Bien. Dame los nombres de tus amigos y sus números de contacto. ¡Ahora!
Julia dio un respingo en la silla.
—Matilda.
—¿Matilda qué?
—Matilda Hayford y Michael Hogan.
A continuación, le dio rápidamente sus números de contacto.
Jason la dejó sola en la habitación. Unos minutos después, entró una mujer, la desató y le curó las heridas. Luego le permitió moverse libremente por el sótano.
Jason entregó a sus guardaespaldas los nombres y los números de contacto para que fueran a recogerlos al día siguiente. Después subió al piso donde se encontraba su dormitorio.