Jason subió al sexto piso de su edificio de apartamentos después de ordenarles a sus guardaespaldas que localizaran y llevaran a interrogar a todas las personas que Julia había mencionado. Había destinado todo el quinto piso a su equipo de seguridad para que pudieran interceptar a cualquiera que intentara llegar al sexto. Además, había guardias en todos los pisos, excepto en el séptimo.
En el primer piso, justo encima del lugar donde retenían a Julia, Tilly, la amiga de esta, permanecía sentada en una silla. Tres guardias también asustados la rodeaban. Cuando le hicieron la primera pregunta, se puso a temblar.
—Yo... yo... empecé a sentirme mal unos minutos después, así que me fui del lugar y volví a casa. Cuando me marché, Julia seguía bailando en el club. No vi nada... nada sospechoso —respondió Matilda a duras penas.
Tras hacerle algunas preguntas más, permitieron que Matilda se fuera. Luego llevaron ante Jason a Michael, con las manos atadas a la espalda. Lo obligaron a sentarse, le quitaron las ataduras y comenzó el interrogatorio.
—Estaba con mis amigos. Julia se apartó de nosotros y después no pude encontrarla. No sabía adónde había ido —contestó Michael.
—¿No la viste alejarse? ¿Ni siquiera sabes en qué dirección se fue? —preguntó Jason, furioso.
—Mis amigos y yo estábamos un poco colocados —confesó Michael con la cabeza gacha.
Después de recibir unos cuantos golpes que no consiguieron arrancarle ninguna información útil, también lo echaron. Jason no había averiguado nada gracias a ninguno de los dos, aunque Matilda, al menos, pudo volver a casa sin que nadie le pusiera una mano encima.
Seguía sin saber qué había ocurrido aquella noche. Y ahora tendría que esperar un año y medio para poder iniciar los trámites de divorcio.
Era una locura.
Jason ya tenía bastantes problemas con las mujeres en general. La sola idea de permanecer con una durante un año y medio comenzaba a alterarlo. Decidió que no era necesario vivir bajo el mismo techo que Julia. Le daba igual cuál hubiera sido la razón de aquel matrimonio. No pensaba seguir participando en esa locura.
Con esa decisión tomada, bajó al sótano y abrió la puerta.
Julia tenía mucho mejor aspecto. Los moretones ya no eran tan visibles y la hinchazón del rostro había desaparecido, aunque todavía le quedaban algunas manchas rojas. Después de todo lo que le había hecho, algo en ella lo había impulsado a pedirle a uno de los sirvientes que la atendiera y tratara sus heridas.
No sabía qué pensar de aquello, pero quería volver a verle la cara. Por eso, en vez de ordenarles a sus guardias que la liberaran, había ido a hacerlo personalmente.
—¿Cómo estás? —preguntó con frialdad.
Julia se limitó a mirarlo en silencio.
Jason frunció el ceño. Su expresión se ensombreció y el aura amenazante que lo rodeaba se volvió aún más aterradora.
—Cuando te hago una pregunta, respondes —dijo entre dientes.
—Sí, por favor —contestó ella de inmediato, estremeciéndose de miedo.
Jason comenzó a acercarse. Julia retrocedió al verlo reducir la distancia entre ambos, pero la espalda chocó contra la pared. Ya no tenía adónde ir.
Él le agarró una mano y ella dejó escapar un grito. Su mirada bajó del rostro a la mano para comprobar cuánto habían sanado los moretones. Entonces se dio cuenta de que aún llevaba puesto el anillo.
—¿Por qué sigues usando esto? —preguntó mientras le alzaba la mano frente al rostro.
—Porque es lo único bonito que tengo —respondió ella de un tirón.
El ceño de Jason se acentuó.
—Siempre quise tener joyas con diamantes. Esta es la única que tengo —añadió con sinceridad, aunque la voz le temblaba y mantenía la cabeza baja.
Como estaba tan cerca, Jason le levantó el rostro y la miró a los ojos. Solo encontró miedo.
Julia estaba aterrada.
La soltó y habló en voz baja y serena:
—Puedes irte.
Después se apartó para dejarle libre el paso hacia la puerta abierta, sorprendido por su propia forma de comportarse con ella. Siempre había mantenido a las mujeres a distancia. Entonces, ¿por qué se había acercado tanto a esa?
—Gracias.
Julia salió corriendo del sótano tan rápido como pudo.
Jason la observó huir como si alguien la persiguiera. Estaba a punto de marcharse también cuando recordó que sus guardias la habían secuestrado. Era evidente que no tenía cómo volver a casa, y la distancia desde allí hasta su hogar era considerable.
Al salir del sótano, llamó a uno de sus hombres y le ordenó que la detuviera antes de que abandonara el recinto.
El sótano se comunicaba con el garaje mediante un pasillo largo, más parecido a un túnel. Julia siguió corriendo hasta divisar una puerta abierta. Se precipitó hacia ella y llegó al garaje, pero dos guardaespaldas le cortaron el paso antes de que pudiera avanzar.
Julia gritó, sobresaltada. No se lo esperaba.
—Por favor, déjenme ir —suplicó.
Los hombres la contemplaron sin expresión. Algunos incluso se rieron, como si disfrutaran de su desgracia.
El guardia que la había atrapado la sujetaba de la muñeca con tanta fuerza que sus débiles forcejeos no servían para liberarla. Solo conseguían que aquella piel delicada se amoratara.
Jason no tardó en entrar en el garaje.
El lugar quedó sumido en un silencio absoluto.
Vio al guardaespaldas sujetando a Julia y bajó la mirada hacia la muñeca enrojecida. El gesto se le endureció.
—Te pedí que la detuvieras, no que le dejaras moretones, idiota —espetó con severidad.
Ni él mismo entendía por qué parecía preocuparle tanto que alguien lastimara la piel de Julia. Sobre todo porque eso no le había impedido tratarla mal y causarle el mismo daño. Al final, llegó a una sencilla conclusión: no le gustaba que nadie más le hiciera daño.
—Súbela al auto y ven conmigo.
Julia fue obligada a sentarse junto a él en el asiento trasero. Todo su cuerpo temblaba.
—Solo voy a llevarte a casa. ¿Tienes dinero para volver? —preguntó Jason en voz baja.
Ella negó con la cabeza.
Él le tomó la mano y examinó el moretón. Luego abrió uno de los compartimentos del auto, sacó un ungüento y se lo entregó.
—Toma. Ponte esto ahí.
Su tono bajo y gélido le provocó escalofríos a Julia.
Sintió que aquel hombre acabaría congelándola hasta la muerte.
Tomó el ungüento de inmediato, lo abrió, se aplicó un poco en la mano y se lo devolvió.
—Gracias —murmuró con voz temblorosa.
La comisura de los labios de Jason se alzó por un instante, pero enseguida recuperó su expresión severa.
Sin responder a aquel agradecimiento nervioso, guardó el ungüento en el mismo compartimento del que lo había sacado.
Poco después dejaron a Julia en casa y el auto dio media vuelta. El teléfono de Jason vibró. Era Mirenda.
—Hola, hermano —saludó ella.
—Hola.
—Mamá me pidió que te llamara y te dijera que vinieras a casa. Es importante.
—¿De qué se trata?
—Hay unos abogados aquí. Creo que tiene que ver con el testamento de papá.
—Está bien.
Jason cortó la llamada.
Lo había olvidado por completo. Su padre había sido muy rico y había conseguido grandes cosas a lo largo de su vida. Se preguntó qué le habría dejado. Fuera lo que fuera, sería una excelente incorporación a su negocio actual.
—Vamos al condominio familiar —ordenó.
—Sí, señor —respondió el chófer.
Tras conducir durante 45 minutos, llegaron al condominio familiar y Jason entró en la casa.
—Jason, siéntate. ¿Dónde estabas? Llevamos un buen rato esperándote —lo reprendió su madre.
—Lo siento, mamá. Olvidé que era hoy —contestó él con frialdad.
Aunque se estaba disculpando, su tono hacía que pareciera más bien que le estaba contestando a su madre.
Cuando todos se sentaron, el abogado abrió el maletín y sacó un sobre sellado para mostrárselo. Rompió el sello, extrajo los documentos del interior y comenzó a leer.
En el testamento, el padre de Jason había enumerado todas sus propiedades, sus ubicaciones y su valor, incluidas aquellas que todavía estaba en proceso de adquirir.
—A mi hija Mirenda le dejo el condominio familiar. Será suyo y podrá hacer con él lo que quiera. James, poseo dos empresas en Chicago y te he nombrado director ejecutivo de ambas. El resto de mis propiedades, las fincas, los hoteles, las demás empresas y el dinero de las cuentas, que suman un total de 131 mil millones de dólares, quedarán bajo la administración del heredero elegido. Cualquiera de mis hijos podrá convertirse en el nuevo heredero de la familia Haward con una condición: deberá estar casado. El heredero elegido también será responsable de cuidar de mi amada esposa. Si no se cumple esa condición, mi amada esposa administrará dichas propiedades hasta que alguno de mis hijos decida sentar cabeza. Solo entonces se le entregarán a esa persona —leyó el abogado.
La madre de Jason mantuvo una expresión seria, aunque por dentro sonreía.
Sabía que ella administraría toda aquella fortuna, pues ninguno de sus tres hijos estaba casado en ese momento.
Su plan había salido a la perfección. Transferiría todo a su nombre y después se lo entregaría a su hijo predilecto, James.
Desde que su esposo descubrió su infidelidad, había deseado encontrar la manera de apoderarse de la fortuna de los Haward. Por suerte, lo había escuchado a escondidas mientras redactaba el testamento con el abogado en su despacho y había actuado antes de que él pudiera modificarlo basándose en lo que acababa de descubrir.
Fue entonces cuando consiguió el medicamento que aceleró el avance de su cáncer y lo condujo a la muerte.
El abogado prosiguió:
—Si ninguno de sus hijos está casado, su esposa administrará las propiedades hasta que uno de ellos contraiga matrimonio —repitió antes de levantar la vista y observar a todos los presentes—. ¿Cuál de ustedes es Jason?
—Yo soy —respondió Jason.
Todos se volvieron hacia él. Su madre se preguntó por qué el abogado preguntaba específicamente por su hijo.
—Su padre dejó esto para usted.
El abogado le entregó un sobre blanco.
Jason lo tomó y vio que iba dirigido a él. Lo abrió bajo las miradas inquisitivas de su familia, mientras el abogado aguardaba a que terminara de leer.
Querido hijo:
Sé que, a estas alturas, te estarás preguntando cómo acabaste casado. Quiero que administres mis propiedades por mí. Hice lo que hice y ahora no lo entiendes, pero algún día lo harás. La única manera de que heredes esas propiedades es que estés casado. Por eso hice que te casaras aquella noche: para que puedas administrarlas en mi nombre. Solo confío en ti.
Firmado:
Papá
—Ninguno de mis hijos está casado en este momento, abogado —intervino su madre, la Sra. Haward, rompiendo el silencio de la sala mientras se esforzaba por contener su alegría.
—Yo estoy casado, mamá —soltó Jason sin pensar, aún afectado por la carta de su padre.
—¡¿Qué?! —exclamó la Sra. Haward, mirando a Jason con incredulidad.
Jason sacó el anillo del bolsillo y se lo puso en el dedo.
—¿Casado? —preguntó ella, furiosa.
Sus hermanos se sorprendieron al descubrir que Jason estaba casado, pero aún más al ver lo enfadada que se había puesto su madre.
—¿Con quién? —exigió saber mientras se levantaba del asiento.
—Julia Harrison —respondió Jason sin pensarlo demasiado.
No había nada que no estuviera dispuesto a hacer por su padre.
—¿Quién demonios es esa mujer y a qué familia pertenece? —preguntó su madre con rabia.
—Es de Belle Glade.
Jason se acomodó en el asiento.
—No te creo —replicó ella—. Te lo estás inventando para convertirte en el heredero.
Él alzó la cabeza para mirarla.
—Papá lo arregló por mí.
—No voy a creerlo hasta que vea a esa mujer.
—Claro. Está bien.
Jason sacó el teléfono y llamó a su guardaespaldas de confianza.
—Ve a buscar a Julia Haward —ordenó.
Era la primera vez que se refería a ella usando su propio apellido.
El guardaespaldas asintió y salió.
—Entonces no estabas bromeando —dijo su madre.
—No. Estoy casado —confirmó Jason.
La Sra. Haward volvió a sentarse y forzó una sonrisa, aunque por dentro estaba destrozada.
—Muy bien, entonces. Jason, tal como deseaba tu padre, eres el heredero de la familia Haward —anunció el abogado.
—Eh —respondió Jason.
Sin embargo, seguía pensando en el contenido de la carta.
¿Qué había querido decir su padre con que lo entendería más adelante? ¿Había algo acerca de aquella familia que necesitara saber?