Capítulo 6

2163 Слова
  Julia permanecía de pie en el porche, angustiada, sin saber qué hacer. Estaba a punto de abandonar su hogar y dejar a su madre bajo el mismo techo que un hombre cuya familia la había humillado.   Ya se la habían llevado por la fuerza dos veces en pleno pueblo, sin que ninguno de los transeúntes acudiera a ayudarla. Era como si todos se volvieran ciegos ante su secuestro. Ni siquiera sus gritos habían servido de nada.   Recordó las palabras de aquel hombre y sus guardias:   —Grita. A ver si viene alguien.   Era evidente que la gente les tenía miedo. Nadie se atrevería a interferir en nada relacionado con ellos.   Julia suspiró. ¿Cómo se sentiría su madre si ella se negara a obedecer y aquel hombre enviara de nuevo a sus hombres para secuestrarla? Podría desaparecer durante días.   Respiró hondo y tomó una decisión.   «Por ahora, lo obedeceré. Después encontraré la manera de volver a casa. Le diré a mamá que estaré fuera un par de días, que encontré un nuevo trabajo fuera del pueblo».   Con eso en mente, entró en la casa.   Esperaba encontrar a su madre en la sala, sentada en el sofá con un libro entre las manos, pero no estaba allí. De inmediato, volvió la mirada hacia el dormitorio.   —Mamá, ¿dónde estás? —llamó mientras se dirigía hacia la habitación.   Al llegar, dio unos golpecitos suaves en la puerta.   —¿Mamá?   Siguió llamándola y tocando, pero no obtuvo respuesta. Probó el picaporte. La puerta estaba abierta.   Entró y se quedó paralizada ante la escena que la esperaba.   La mente se le quedó en blanco. El suelo pareció desaparecer bajo sus pies. Apenas alcanzó a dar dos pasos antes de que la oscuridad la envolviera. Durante unos instantes, una extraña sensación de irrealidad flotó a su alrededor.   Después, dejó de sentir.   Jason había regresado a su apartamento en Ciudad de Southwest Ranches. En cuanto sonó el timbre del ascensor, la puerta se abrió para recibirlo.   Entró sumido en sus pensamientos y caminó directamente hacia el dormitorio, sin responder al saludo del sirviente que le había abierto.   El hombre se limitó a continuar con sus tareas. Todos estaban acostumbrados a aquel trato y sabían que Jason debía de estar enojado por algo.   Vivía solo. No recibía visitas ni organizaba fiestas; en aquel apartamento prácticamente nunca sucedía nada. Solo había un hombre que iba a verlo con cierta frecuencia. Ambos pasaban horas interminables en el despacho y, a veces, en el dormitorio, siempre a puerta cerrada.   Los sirvientes habían empezado a pensar que aquel hombre era su pareja, hasta el día en que una desconocida salió de la habitación de Jason. Nunca antes habían visto a una mujer en el apartamento.   Ya en su dormitorio, Jason se sentó en una silla, aún absorto en sus pensamientos.   Su padre, el señor Johan Haward, jamás hacía nada porque sí. Siempre tenía una razón.   Jason había supuesto que elegiría como heredero a James, el mayor. Por eso lo sorprendió que lo obligara a casarse y convirtiera el matrimonio en un requisito para heredar.   «¿Por qué haría algo así?»   Se levantó, se acercó al escritorio y abrió un cajón. De allí sacó los dos certificados de matrimonio, en los que aparecían su nombre y el de Julia, las firmas de ambos y la de su padre como testigo.   Tras examinarlos, volvió a guardarlos y se dirigió al baño.   Convertirse en heredero de la familia Haward tenía sus ventajas. Le abriría las puertas del círculo de los ricos y poderosos, algo muy conveniente para los negocios. También le proporcionaría los medios necesarios para averiguar por qué su padre había tomado aquella decisión.   Más tarde bajó a cenar, vio durante un rato el canal de noticias y ordenó a uno de los sirvientes que preparara una habitación de invitados para Julia, pues debía llegar al día siguiente.   Después se retiró a su dormitorio.   A la mañana siguiente, salió del apartamento a las seis para ir a trabajar. Antes de marcharse, dejó instrucciones precisas sobre lo que los sirvientes debían hacer cuando llegara Julia.   A todos les sorprendió saber que una mujer volvería al apartamento y que, esta vez, se quedaría allí. Sin embargo, nadie se atrevió a expresar su opinión.   Jason regresó alrededor de las seis de la tarde. Después de preguntar por ella, descubrió con sorpresa que Julia todavía no había llegado.   Frunció el ceño. La hora límite que le había dado había pasado hacía tiempo.   —Esta chica quiere ponerme a prueba.   Llamó a uno de sus guardias y le ordenó que fuera a buscarla y la llevara ante él.   —Le enseñaré que, una vez dada, la palabra debe cumplirse —le advirtió antes de subir a su habitación.   El guardia partió de inmediato para cumplir la orden.   En el dormitorio, Jason se duchó primero. Después se sentó frente al escritorio para revisar unos archivos que había traído del trabajo.   El sonido del teléfono interrumpió su concentración.   —Habla —ordenó en cuanto contestó.   —Señor, tenemos un problema —informó el guardia.   —¿Qué problema?   —La señorita ha sido arrestada.   —¿Por qué? —preguntó Jason con absoluta calma.   —Por asesinato, señor.   —Ya veo. ¿A quién asesinaron?   —A su madre —respondió el guardia—. La policía todavía está en la casa. Señor, ¿qué desea que haga?   Jason reaccionó como si no hubiera oído que Julia estaba detenida bajo sospecha de asesinato.   —Averigua en qué comisaría la tienen y tráemela.   —Sí, jefe.   Jason colgó.   El guardia dio media vuelta con el coche y siguió al vehículo policial que partió de la escena rumbo a la comisaría donde tenían recluida a Julia.   Ella había pasado la noche en una celda, esperando a saber qué harían con ella. Cuando recuperó la conciencia, estaba rodeada de agentes. Desde entonces no había pronunciado una sola palabra.   La última imagen grabada en sus ojos era la de su madre tendida boca abajo en el suelo, en medio de un charco de sangre.   Tenía los ojos enrojecidos y las lágrimas no dejaban de correrle por las mejillas. Desde que la llevaron allí, no había comido ni dormido un solo segundo. Se había convertido en una sombra de sí misma, inmóvil en el mismo lugar donde los agentes la habían dejado.   —¿Quién está al mando aquí? —preguntó el guardia nada más entrar en la comisaría.   Los dos agentes de recepción alzaron la cabeza.   Ante ellos había un hombre apuesto, vestido con un esmoquin muy caro y con un emblema real en el lado izquierdo del pecho.   —¿Qué quiere? —preguntó uno de los agentes después de examinarlo de arriba abajo, sin prestar atención al emblema.   El guardia sacó su identificación y se la mostró.   —Esa mujer no puede quedarse aquí. Pertenece a mi jefe.   El segundo agente reconoció el emblema real y alertó enseguida a su compañero.   —Es un guardia de la familia Haward. ¿Qué hacemos? —le susurró—. No quiero problemas.   —¿Por qué arrestaron a la hija de la mujer asesinada? —preguntó el guardia.   Los dos permanecieron en silencio.   —¿Están ciegos, son estúpidos o simplemente demasiado perezosos para hacer su trabajo?   Una vez más, ninguno respondió.   —¿Quién es su jefe?   —¿Quién me busca? —preguntó una voz desde el interior.   Poco después apareció un hombre de estatura media y barriga cervecera.   —¿Es usted quien está al mando? —preguntó el guardia.   —Sí. ¿Qué quiere? —El hombre apoyó las manos en el mostrador de recepción y lo miró de frente.   —¿Sabía que sus hombres arrestaron y trajeron a esta comisaría a una joven cuya madre acaba de ser asesinada? La encontraron inconsciente y, aun así, decidieron detenerla sin ninguna prueba que indique que pudo estar implicada en la muerte de su propia madre.   —Hubo un asesinato en su casa y ella es la principal sospechosa. ¿Prefiere que lo esposemos a usted en su lugar? —replicó el hombre.   Solo entonces pareció darse cuenta de que ni siquiera le había preguntado quién era para atreverse a hablarle de aquella manera.   —Por cierto, ¿quién es usted?   —Esa es la pregunta que debería haber hecho antes de responderme así.   El guardia sacó el teléfono y envió un mensaje.   Menos de cinco minutos después, el agente recibió una llamada.   —Sí, señor —contestó al llevarse el teléfono al oído.   Escuchó durante unos instantes.   —No, señor.   Hubo otra pausa.   —Por favor, señor...   La llamada terminó.   Los otros dos agentes no le quitaban los ojos de encima. La expresión de su jefe había cambiado durante la conversación: el profundo ceño fruncido fue desapareciendo poco a poco, sustituido por una gravedad absoluta.   Con la cabeza gacha, ordenó:   —Pongan en libertad a la joven.   Después se quitó la placa y el arma, se las entregó a uno de los agentes de recepción y abandonó la comisaría.   Así, sin más, había sido despedido.   Los dos agentes que permanecían tras el mostrador lo observaron, atónitos. Uno de ellos se apresuró a sacar a Julia de la celda y se la entregó al guardia.   —¿Acaba de hacer que despidieran a nuestro jefe? —susurró el otro agente.   —Sí. Trabaja para la familia Haward. Hasta una criada suya podría hacer que te despidieran —respondió su compañero en voz baja.   El guardia salió de la comisaría sujetando del brazo a Julia, que caminaba como un zombi.   —Eso sí que es ser rico, influyente y poderoso —comentó otro agente.   —Sí. Siempre se salen con la suya —añadió uno más.   —Pero yo conozco a esa chica. ¿Cómo terminó involucrada con ellos?   —Es hermosa. Seguro que es la mujer que le calienta la cama al jefe.   Fuera de la comisaría, el guardia ayudó a Julia a entrar en el coche y le abrochó el cinturón de seguridad en el asiento trasero.   Condujo durante casi una hora hasta llegar a Ciudad de Southwest Ranches. Tomó el siguiente desvío en dirección al apartamento y, una vez allí, la ayudó a bajar. Sujetándola por los brazos, la llevó hasta el apartamento del sexto piso y entró con ella en la sala.   Al enterarse de que el guardia había llegado con Julia, Jason bajó las escaleras.   La encontró de pie junto al hombre, completamente ajena al mundo que la rodeaba. Tenía la vista perdida en la nada y el rostro vacío de toda expresión.   Jason la observó con detenimiento antes de ordenar a una sirvienta que la llevara a la habitación de invitados que habían preparado para ella.   El guardia se dispuso a marcharse.   —Averigua quién asesinó a su madre —le ordenó Jason antes de regresar a su habitación.   La sirvienta acompañó a Julia al dormitorio y la ayudó a sentarse en la cama. Después salió.   Julia permaneció allí, inmóvil, con la mirada fija en la pared. Le llevaron comida, pero se negó a probarla y tampoco quiso hablar con nadie.   Jason estaba en su dormitorio cuando alguien llamó a la puerta.   —Pasa.   La sirvienta entró, pero se quedó cerca de la puerta, manteniendo una distancia prudente de Jason, que estaba sentado en una silla.   —Señor... —Primero hizo una reverencia—. Ella no quiere comer.   —Solo ha pasado un día. Déjala en paz. Mañana comerá.   Con un gesto, despidió a la sirvienta.   Cuando terminó lo que estaba haciendo, salió y se dirigió a la habitación de Julia. La encontró en la misma posición: sentada en la cama, con la vista perdida y sin mostrar emoción alguna.   «Su reacción es comprensible. Acaba de perder a su madre de una manera brutal».   Jason se apoyó en el marco de la puerta y la estudió en silencio.   Luego se acercó y se detuvo a su lado. Le puso un dedo bajo la barbilla y le levantó el rostro.   Al mirar aquellos hermosos ojos, solo encontró dolor.   Julia estaba sufriendo profundamente, pero era incapaz de reaccionar.   Jason pulsó el timbre de la habitación para llamar a una sirvienta. Una de ellas acudió a toda prisa.   —Ayúdala a acostarse y quédate con ella.   Salió de la habitación, consciente de que, en aquel estado, Julia podía permanecer sentada allí hasta la mañana siguiente.   La sirvienta la ayudó a ponerse ropa cómoda y la acostó en la cama, tal como le habían ordenado. Después se preparó para dormir en el sofá de la habitación.   Julia permaneció tendida mientras los recuerdos de todos los momentos compartidos con su madre invadían su mente.   No sabía quién era su padre. Nunca lo había conocido y su madre jamás hablaba de él. Siempre habían sido solo ellas dos.   Ahora su madre se había ido.   La había dejado sola.   Ante aquel pensamiento, las lágrimas comenzaron a deslizarse sin control por sus mejillas.
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