Capítulo 7

1366 Слова
  Con aquellos pensamientos rondándole la cabeza, las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas sin que pudiera contenerlas.   —Mami... —gimió antes de romper en sollozos.   El llanto despertó a la sirvienta, que dormía profundamente.   —Señora, ¿se encuentra bien? —preguntó con calma.   No obtuvo respuesta. Julia siguió llorando.   La sirvienta se levantó del sofá y se sentó junto a ella en la cama para acariciarle la espalda. Julia permanecía acostada de lado, con la cabeza apoyada en una mano.   —¿Quiere hablar de lo que ha pasado? —preguntó con dulzura.   Julia negó con la cabeza. Se sorbió la nariz e intentó contener las lágrimas.   La sirvienta continuó acariciándole la espalda hasta que el llanto cesó. Sin embargo, Julia mantuvo los ojos abiertos y la vista perdida durante el resto de la noche.   —Ahora vuelvo.   Al darse cuenta de que ya había amanecido, la sirvienta salió de la habitación.   Bostezó y estiró los brazos mientras recorría el pasillo hacia las escaleras que llevaban a la sala de estar. Había pasado toda la noche sentada junto a Julia, velando por ella, pues se había negado a dormir.   —¿Por qué tienes los ojos tan rojos? —preguntó una de las sirvientas en cuanto entró en la cocina.   —No pude dormir, eso es todo. No pasa nada. Supongo que estaba tan agotada que no conseguí conciliar el sueño.   Sabía que solo preguntaban para tener algo sobre lo que chismear.   Siguiendo sus instrucciones, prepararon el desayuno y lo sirvieron en el comedor. Ella, por su parte, llevó una bandeja con comida a la habitación de Julia.   Al entrar, la dejó sobre la mesa y suspiró. Julia seguía tendida en la cama, exactamente en la misma postura, con la mirada fija en un punto indeterminado.   La sirvienta fue al baño, llenó la bañera y regresó.   —Señora, por favor, tiene que bañarse.   Julia no respondió ni se movió.   La mujer se acercó y le tomó la mano. Julia volvió los ojos hacia ella y la sirvienta le sonrió. Tiró con suavidad para ayudarla a levantarse, y Julia obedeció sin protestar.   La condujo hasta el baño, la ayudó a desvestirse y la sentó en la bañera. Julia se limitó a abrazarse las piernas, ausente.   La sirvienta tuvo mucha paciencia con ella, aunque no imaginaba qué podía haber provocado que se comportara de aquella manera. Tomó una esponja, la bañó y después la llevó de regreso a la habitación.   La sentó en la cama, buscó en el armario y escogió un vestido para ella. Luego le secó el cabello y se lo recogió en una coleta.   La mujer que tenía delante era hermosa, pero la tristeza ensombrecía su rostro.   —Señora, le he traído algo de comer —dijo con una sonrisa.   Julia guardó silencio.   La sirvienta tomó el cuenco de cereales e intentó alimentarla, pero Julia se negó a abrir la boca. Continuó mirando al vacío. Después de varios intentos fallidos, la mujer se rindió. Sacó de la habitación la bandeja, cuya comida ya se había enfriado, y dejó un vaso de jugo fresco sobre la mesa.   —¿Cómo está? —preguntó Jason.   Acababa de bajar las escaleras y había llegado al pasillo que comunicaba ambas partes de la casa.   —Señor, no ha dormido en toda la noche y sigue sin querer comer —informó la sirvienta, sosteniendo la bandeja a cierta distancia de la puerta de Julia.   Jason no respondió. Se encaminó hacia las escaleras que llevaban a la sala de estar, y la sirvienta fue tras él. Jason entró directamente en el comedor mientras ella continuaba hacia la cocina.   Julia llevaba 48 horas sin dormir y tampoco había probado bocado.   Jason se sirvió un poco de café, marcó el número de Peter y activó el altavoz mientras desayunaba.   —Hola, jefe —saludó Peter.   —¿Qué avances has hecho en la búsqueda del asesino?   —Jefe, fueron unos ladrones armados que intentaron asaltarla.   —¿Robaron algo de la casa?   —No, jefe.   —Entonces la investigación no ha terminado. Llámame cuando tengas respuestas. Quiero que encuentren al asesino.   Jason terminó la llamada, salió del comedor y cruzó la sala de estar hasta la puerta principal. Después abandonó la casa para ir a trabajar.   Más tarde, aquella misma tarde, Peter lo llamó a la oficina.   —Señor, su casa no era el objetivo del robo. Los ladrones pasaron por allí mientras intentaban escapar. Ella se cruzó en su camino y recibió un disparo.   —¿Dónde están los ladrones? —preguntó Jason.   —Los entregamos a la policía, jefe.   —Bien. Asegúrate de que reciban una condena de cadena perpetua.   Colgó.   Peter se encontraba en Belle Glade con otro guardaespaldas, que estaba muy sorprendido por la actitud de Jason. Su jefe nunca se acercaba a las mujeres ni se involucraba en nada relacionado con ellas.   —¿Quién es esa mujer? —preguntó el otro guardia.   —Nuestro jefe es un hombre íntegro. Que mantenga las distancias con las mujeres no significa que vaya a quedarse de brazos cruzados cuando le ocurre algo malo a una de ellas.   Ambos entraron en la comisaría donde se encontraban detenidos los dos ladrones e hicieron lo que Jason les había pedido.   Jason terminó pronto su trabajo y salió de la oficina para regresar a casa. Durante el trayecto, llamó a Peter y le pidió que se encargara de organizar el entierro de la madre de Julia.   —¿Cómo está? ¿Ha comido algo? —preguntó nada más entrar en el apartamento.   —No, señor. Sigue sin querer comer. No se ha levantado de la cama y se limita a mirar al vacío —respondió la sirvienta.   —Hmm.   Jason se dirigió hacia las escaleras que llevaban a su habitación. El empleado que le había abierto la puerta regresó con los demás sirvientes.   Cuando Jason llegó al final de las escaleras, debería haber girado a la derecha y continuado hacia su dormitorio. En cambio, decidió ir a ver cómo se encontraba Julia.   Llamó a la puerta, pero no recibió respuesta.   Al abrir, la encontró acostada de lado, con las manos juntas bajo la cabeza a modo de almohada. Jason permaneció en el umbral, observándola durante unos instantes.   —Las personas que le hicieron eso a tu mamá han sido arrestadas hoy. Pagarán por su crimen.   Julia volvió la mirada hacia él.   Jason se mostró frío, con el rostro inexpresivo. Se dio la vuelta, salió de la habitación y fue directamente a la suya.   Julia miró de nuevo al frente. Los recuerdos de su madre invadieron su mente y las lágrimas volvieron a resbalar por sus mejillas.   La sirvienta entró unos minutos después de que Jason se marchara. Encontró a Julia con el rostro enrojecido y los ojos llenos de lágrimas. Se acercó y comprendió que había vuelto a llorar.   No sabía qué la hacía sufrir de aquella manera ni por qué rechazaba la comida, pero sospechaba que la muerte le había arrebatado a alguien a quien quería muchísimo.   —¿Sabe? Cuando tenía 16 años, perdí a mi padre en un accidente de coche. También perdí a mi madre poco antes de que pudiéramos enterrarlo. Ella no podía aceptar que mi padre se hubiera ido. Su salud empeoró y acabó muriendo. En medio de mi dolor, mi tío me dijo: «Niña, lo que les ha sucedido a tus padres es una desgracia, pero recuerda que no te han abandonado. Incluso ahora, te cuidan desde el cielo, y se entristecerán si te ven derrumbarte. Verte sonreír y seguir adelante para cumplir tus sueños, tal como ellos deseaban, los hará más felices».   La mirada de Julia se centró poco a poco en ella.   —No sé qué le ha pasado, pero quedarse acostada sin comer solo significa que se ha dado por vencida. Sus seres queridos, estén donde estén, querrían verla fuerte y luchando por alcanzar sus metas. Así que, por favor, hágalos felices. Permita que la vean conseguir todo lo que ellos habrían querido para usted en la vida.   Julia volvió los ojos hacia ella y finalmente se incorporó en la cama.   La sirvienta se sentó a su lado y la abrazó.
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