Capítulo 8

1876 Слова
  Habían pasado cuatro días desde que Julia perdió a su madre. Desde entonces, no había dormido ni probado bocado. Estaba muy pálida y, poco a poco, perdía las ganas de vivir.   Sin embargo, las palabras de la sirvienta lograron llegarle al corazón, y su abrazo le brindó algo de consuelo. Julia cerró los ojos y, por fin, se quedó dormida.   La sirvienta la recostó con cuidado y la cubrió con una manta para que no tuviera frío. Al verla dormir en paz, sonrió. Esperaba que aquello marcara el comienzo de un cambio y que, quizá, a la mañana siguiente aceptara comer algo.   Salió de la habitación y cerró la puerta con suavidad.   Jason estaba en la sala viendo las noticias cuando la sirvienta pasó de camino a la cocina.   —¿Cómo está? —preguntó, deteniéndola.   —Por fin se ha quedado dormida, señor.   —Bien.   Jason la dejó marcharse y volvió la atención al televisor.   Después de comprobar que todo estuviera en orden en la cocina, la sirvienta regresó a la habitación de invitados donde descansaba Julia. Se alegró al encontrarla todavía dormida. Preparó el sofá y se acostó allí para pasar la noche.   Para entonces, Jason ya se había retirado a su habitación.   Julia permanecía tendida en la cama tamaño king. Desde que la habían llevado a aquella casa, era la primera vez que lograba dormir profundamente, ajena por completo a cuanto la rodeaba.   A la mañana siguiente, la sirvienta regresó después de terminar sus tareas matutinas. Tocó a Julia con suavidad en el hombro y la despertó.   Tenía el rostro hinchado y los ojos inflamados. Parecía no haber descansado lo suficiente. O quizá había llorado mientras dormía.   Julia miró a la persona que la había despertado. Veía sus labios moverse, pero la voz le llegaba desde muy lejos.   —Señora, ya le he preparado el baño. Puede bañarse ahora —repitió la sirvienta.   Julia continuó observándola con la mirada perdida.   La mujer suspiró, le tomó la mano y la ayudó a levantarse de la cama. La condujo al baño y la asistió mientras se bañaba. Después le secó el cabello y la ayudó a vestirse.   Luego la sentó en la silla junto a la mesa e intentó convencerla de que comiera. La sirvienta tuvo que alimentarla, pero Julia logró terminar medio tazón de cereal antes de negarse a probar un bocado más.   Aun así, era un avance.   La sirvienta salió de la habitación con una sonrisa, satisfecha de que Julia hubiera comido algo.   —¿Cómo está? —preguntó Jason en cuanto la vio salir.   —Hoy ha comido un poco, señor —respondió ella, sonriente.   —Está bien.   Jason se dirigió a las escaleras y fue directamente al comedor, mientras la sirvienta llevaba la bandeja a la cocina.   Jason pensó que Julia necesitaba tener cerca a alguien conocido. Sacó el teléfono y llamó a Peter para pedirle que recogiera a Matilda, la amiga de Julia, y la llevara al apartamento.   Era fin de semana, así que Jason no tenía que ir a trabajar.   Dos horas después, Tilly llegó al apartamento. Entró en la sala detrás de Peter y abrió mucho los ojos al descubrir el lujo que la rodeaba.   La última vez que la habían llevado allí, tenía los ojos vendados y había acabado en un sótano. Era la primera vez que entraba en la casa principal.   En cuanto le informaron de su llegada, Jason bajó a verla.   —Estás aquí para hacer un trabajo sencillo: conseguir que tu amiga coma bien y se recupere.   Fue directo al grano, sin molestarse con formalidades. Tilly asintió, aterrada por la frialdad de su tono.   —Llévala a su habitación —ordenó Jason.   Estaba a punto de marcharse cuando una noticia en la televisión captó su atención.   «El nuevo heredero de Haward».   Jason frunció el ceño. Sabía que todavía no era el momento de hacer pública aquella información.   —Sube el volumen —le ordenó a la sirvienta, que acababa de entrar.   Sin perder un segundo, él mismo aumentó el volumen del televisor.   —Aunque todavía no existe una confirmación oficial, una fuente nos ha informado de que los Haward han elegido a un nuevo heredero para administrar la fortuna familiar. Sé que todos sienten curiosidad por saber cuál de los hijos del señor Johan Haward lo sucederá como heredero. Según lo estipulado por el señor Haward, el matrimonio era un requisito indispensable para ser elegido. Hasta ahora no había noticias de que ninguno de sus hijos estuviera casado. Sin embargo, nuestra fuente asegura que uno de ellos ya ha sido nombrado heredero. Eso solo puede significar que hubo un matrimonio secreto. De ser así, ¿quién es la afortunada? —anunció el reportero—. Los mantendremos informados en cuanto tengamos más noticias.   Jason endureció el gesto. Le pidió a Peter que averiguara quién había filtrado la información a los medios y se retiró a su despacho, situado en el piso de arriba, junto a su dormitorio.   En Aventura, donde se encontraba el condominio familiar, James Haward no estaba presente. Había viajado a Chicago para encargarse de los dos negocios de los que su padre lo había nombrado director ejecutivo.   James estaba muy contento con su herencia. Mirenda también se sentía feliz por haber heredado el condominio. Siempre había querido poseerlo y ahora era suyo para siempre.   La única persona que no compartía su alegría era su madre, la señora Haward.   Aquello no era lo que había esperado. Todo debía haber quedado bajo su control, no bajo el de Jason.   James y Mirenda se sentían muy cómodos con lo que habían heredado de su padre. Tampoco les preocupaba que Jason hubiera sido nombrado heredero.   Después de todo, era su hermano.   «¿Cómo pueden ser tan estúpidos mis hijos?», pensó la señora Haward.   Estaban tranquilos porque creían que Jason era su hermano. Había llegado la hora de que descubrieran que no lo era.   Solo así conseguiría sembrar en James y Mirenda el odio hacia Jason.   Únicamente tenía que convencerlos de que Jason era un oportunista que se estaba aprovechando de los dos. Una sonrisa se dibujó poco a poco en sus labios. Salió de la habitación, dispuesta a llevar a cabo su plan.   —¡Mirenda! —llamó a su hija.   No obtuvo respuesta.   —¡Mirenda! —insistió.   Esta vez, ella contestó.   —Siéntate —le ordenó en cuanto entró en la sala.   —Mamá, te ves tensa. ¿Está todo bien?   —No. Nada está bien —respondió con enojo—. ¿Estás contenta con lo que te dejó tu padre?   —Sí. Siempre quise tener el condominio —dijo Mirenda con una sonrisa.   —¡Idiota! En la vida hay que aspirar a lo mejor, no conformarse con menos.   El grito de su madre hizo que Mirenda alzara una ceja, sorprendida.   —Mamá, ¿por qué me gritas? Papá nos dejó algo a los tres y dispuso que cuidaran de ti. ¿Qué más quieres?   —¡Estúpida! No somos tres. Jason no forma parte de esta familia —soltó la señora Haward.   —¡¿Qué?! ¿Qué quieres decir?   —Es adoptado. Ahora entiendes por qué estoy enojada. ¿Cómo pueden aceptar que un niño adoptado se convierta en el heredero?   Mirenda se quedó mirándola, conmocionada.   —Me preocupa el futuro de James y el tuyo. Cuando el abogado leyó el testamento, no había nada para Jason porque no era hijo de tu padre —continuó la señora Haward—. Él había incluido en el testamento un requisito que debía cumplirse antes de nombrar al heredero. En cuanto lo leyeron, Jason anunció que estaba casado. ¿Eso no te pareció sospechoso?   Mirenda estaba desconcertada. Nunca se había planteado nada parecido porque siempre había creído que Jason era su hermano de sangre.   —Mamá, ¿el hermano Jason es adoptado? —volvió a preguntar, todavía sorprendida.   Su madre suspiró y se recostó en el asiento.   —Sí. Por desgracia, lo es. Tu padre lo encontró en la calle cuando apenas tenía ocho meses y lo llevó a casa. Tu hermano James solo tenía nueve meses. Tu padre me pidió que mantuviera el secreto. Por eso ninguno de ustedes lo supo hasta ahora —explicó—. Quería que Jason se sintiera parte de la familia y que todos ustedes lo aceptaran como a un hermano.   Bajó la mirada con tristeza.   —Tu padre solo quería lo mejor para él. Quería darle un hogar. Pero ese bastardo codicioso creció con la mirada puesta en la fortuna de la familia, y sus acciones han terminado por delatarlo —añadió con rabia.   —Entonces, ¿nuestro padre amaba más al niño adoptado que a nosotros?   Mirenda se sintió herida al recordar que Jason siempre estaba junto a su padre.   —Pero, mamá, ¿por qué papá elegiría a Jason antes que a nosotros si somos sus hijos? —preguntó, confundida.   —Buena pregunta. Lo hizo porque Jason siempre procuraba que ustedes quedaran mal ante sus ojos.   La señora Haward se acercó un poco más a ella en el sofá.   —¿Nunca te diste cuenta? Cuando eran pequeños, siempre tomaba tus ideas y las mejoraba para ganarse la admiración de tu padre.   —Mamá, él hacía esas cosas con nosotros y nunca se llevaba el mérito —señaló Mirenda, recordando varias ocasiones.   —Mi querida Mirenda, abre los ojos. Ese chico es un estafador. ¿No notaste que, cuanto más te atribuía el mérito de tus ideas, más cariño le tomaba tu padre?   Mirenda no pudo negarlo. Había sucedido en múltiples ocasiones.   —Hizo todo eso para ganarse a tu padre y convertirse en el heredero. ¿Sabes lo que significa ocupar ese puesto?   Mirenda negó con la cabeza.   —Además de entrar en el círculo de los ricos y poderosos, te conviertes en la ley. Incluso puedes cometer cualquier crimen y salir impune —explicó la señora Haward—. ¿Ahora entiendes por qué Jason deseaba tanto ese puesto y por qué hizo todo lo posible por conseguirlo?   Mirenda guardó silencio.   —Mientras tú te conformabas con poseer un simple condominio, él se abrió camino hasta convertirse en heredero —continuó su madre—. Créeme, tarde o temprano nos echará a todos a la calle.   La señora Haward estudió con atención la reacción de su hija.   —Ay, mamá... ¿Qué vamos a hacer? —preguntó Mirenda.   Por dentro, la señora Haward se llenó de emoción. Mirenda había creído cada una de sus palabras.   —Tu hermano volverá a finales de esta semana. Juntos recuperaremos todo de manos de ese criminal —respondió mientras la abrazaba, fingiendo consolarla por la impactante revelación.   —Cuando lo vea, voy a enfrentarlo —declaró Mirenda con rabia, todavía entre los brazos de su madre.   —No. Compórtate con normalidad, como si no supieras nada, mientras planeamos qué hacer —le aconsejó la señora Haward—. Recuerda que Jason es listo. Si descubre que conocemos la verdad, nos echará a la calle antes de que tengamos oportunidad de recuperar lo que nos pertenece.   Mirenda asintió sin separarse de ella.   La señora Haward sonrió a sus espaldas, donde su hija no podía verle el rostro.   «Por fin tengo gente de mi lado».
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