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UN MATRIMONIO DE SANGRE

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Blurb

Una corona de espinas. Un imperio manchado de sangre. Y una lealtad construida sobre mentiras.

Bianca D’Angelo aprendió a sobrevivir en las sombras de la mafia, protegida por su tío, el hombre que la rescató a ella y a su hermana de la tragedia y a quien venera como a un padre. Prometida con el primero al mando de la Costa Nostra, su futuro estaba trazado. Hasta que la familia Rossi redujo su mundo a cenizas en una sola noche.

Damiano Rossi, el despiadado nuevo Capo, no solo reclama el poder: para sellar una victoria absoluta, exige a Bianca como su botín de guerra. Convertida en la esposa a la fuerza de su enemigo más odiado, Bianca jura destruir el linaje Rossi desde dentro y vengar la sangre de los suyos.

Pero la mansión Rossi es un laberinto de secretos. Cuando ecos del pasado comienzan a emerger desde la clandestinidad, Bianca se convierte en una pieza importante dentro del mortal juego de ajedrez. Pero para recuperar su libertad, deberá decidir en quién confiar: si en el recuerdo del hombre que adoró como un santo o en el peligroso enemigo que comparte su cama, dispuesto a destruir todo lo que siempre creyó saber.

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Capítulo 1: La noche del fuego
El olor a quemado no debería existir en las noches frías de Nueva York. Despierto de golpe cuando la mano temblorosa de mi nana, Teresa, me tapa la boca. Sus ojos maduros, arrugados por los años y desorbitados por el pánico, se reflejan bajo la penumbra de mi habitación. —Tienes que levantarte ya, Bianca —susurra con la voz entrecortada, tirando del edredón con una premura salvaje. No me hace falta preguntar qué está pasando. Las detonaciones sordas que retumban en la planta baja y el estallido repentino de los cristales del gran ventanal lo dicen todo. Los Rossi. Nadie más tendría el suicidio en las venas y sería más estúpido para asaltar la fortaleza D’Angelo a mitad de la noche. Los Rossi llevan años buscando derrocar a mi tío Stefano, el Capo absoluto de la Cosa Nostra. Esta guerra por el poder viene desangrando la ciudad desde que yo era una niña; era una contienda interminable que se había cobrado decenas de vidas, pintado de rojo las calles con la sangre de ambas familias. —Toma esto. —Teresa me empuja por la habitación mientras me pone en la mano un pequeño puñal de mango de marfil—. Corre, mi niña, ¡busca a Allegra y encuentren una salida! —No voy a dejarte —susurro mientras me estremezco cuando escucho nuevas detonaciones y gritos abajo. —¡Corre, Bianca! Busca a tu hermana y no mires atrás. —Niego, pero ella saca un arma y dispara a uno de los hombres Rossi que entra a mi habitación. —¡Ve! A regañadientes, paso por encima del hombre muerto. Al cruzar el umbral de mi dormitorio, el infierno me recibe de frente. El humo denso y el olor penetrante a pólvora devoran los pasillos del ala este de la mansión. Corro hacia la habitación de mi hermana, pero encuentro su cama vacía, haciendo que el corazón se me acelere porque no puedo perderla a ella también. Bajo las escaleras a toda prisa y, una vez abajo, me quedo viendo la escena. A solo unos metros de mí, los hombres de confianza de mi tío caen uno a uno en una sinfonía sangrienta de disparos y gritos. Me muevo entre las columnas en busca de una salida y toso por el humo. —¡Allegra! ¡Tío! —grito con todas mis fuerzas entre la bruma, buscando desesperadamente a mi hermana y la figura del hombre que nos había salvado y criado como a sus hijas a Allegra y a mí tras la muerte de mis padres. Sin embargo, no obtengo respuesta. Lo único que rompe el estruendo de las armas es el impacto sobre las tablas del suelo, justo enfrente de mí. Surgiendo de la cortina de humo, una sombra imponente arroja un cuerpo sangriento a mis pies como si fuera un saco de basura. Es Marco. Mi prometido y el primero al mando de mi tío en la organización. Marco aún agoniza, convulsiona débilmente mientras la sangre le brota del pecho y mancha las flores de la alfombra. No lo amaba; nuestro matrimonio había sido el pacto de mi tío para asegurar la estirpe D’Angelo, pero al ver al hombre con el que se suponía que compartiría mi vida reducido a un cadáver agonizante, se enciende una furia ciega en mí. Alzo la vista y entonces mis ojos se topan con el verdugo. Es la primera vez que lo tengo ante mí, pero no me hace falta una presentación. Crecí escuchando su nombre en murmullos y los últimos años se han vuelto murmullos temerosos de cómo el mayor de los Rossi había tomado el mando de su familia luego del asesinato de su padre por parte de mi tío Stefano y él solo quería dos cosas: Venganza y poder. Así que conocía de sobra la cara del demonio que lidera el clan rival. Damiano Rossi. Sale del humo vistiendo una camisa negra manchada de hollín y sangre fresca, con la chaqueta de su traje impecable a pesar de la matanza. En su mano derecha sostiene una pistola de calibre pesado que aún humea. Sus ojos oscuros, fríos y calculadores como una noche de invierno me devoran con un desdén brutal. La rabia me nubla el juicio en un abrir y cerrar de ojos. Con un grito desgarrador que nace de la impotencia y rabia por cómo estamos siendo masacrados y la certeza de que hemos sido traicionados, me abalanzo directamente sobre él al tiempo que sujeto el puñal de marfil con ambas manos para clavárselo en el pecho. Pero no sirve de nada. El hombre ni siquiera se inmuta. Con una rapidez espeluznante me atrapa la muñeca en el aire antes de que la hoja roce la tela. El choque me sacude entera. Sin el menor esfuerzo, tuerce mi brazo hacia atrás, obligándome a soltar el arma que cae al suelo con un tintineo sordo y me empuja con brusquedad contra la columna más cercana. El impacto me saca todo el aire de los pulmones. Antes de que pueda recuperar el aliento, intento golpearlo con la mano libre; él da un paso al frente y acorrala mi cuerpo con el suyo. Su mano libre sube de golpe a mi cuello, sujetándome con una presión firme y posesiva que me obliga a levantar el rostro hacia él. —Un intento patético, principessa —murmura con una voz grave, pausada y tan helada que me eriza la piel. Siento el calor de su respiración mezclado con el olor a sangre y pólvora que lo impregna todo. Pasa su pulgar con lentitud sobre mi mandíbula, apretando apenas lo suficiente para mantener mi cabeza fija, disfrutando la manera en que el pánico y el odio luchan en mi mirada. —Mírate —continua, inclinándose un milímetro más hasta que sus labios casi tocan mi oreja—. Tu tío y sus hombres han caído. Tu prometido acaba de dar su último aliento a tus pies y este imperio ha caído. A partir de esta noche, los D’Angelo ya no existen. —Púdrete en el infierno, Rossi —le siseo en la cara, intentando zafarme de su agarre. Una sonrisa oscura y peligrosa se dibuja en la comisura de sus labios. —El infierno es este, y a partir de hoy yo soy quien lo gobierna —dice, estrechando aún más el espacio entre los dos mientras las llamas devoran los pasillos a nuestro alrededor—. Ya no tienes casa, no tienes familia y no tienes a dónde huir… Eres mi botín de guerra, Bianca D’Angelo.

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