Capítulo 16. Una gripe.

1369 Words
Elías sintió una llamarada de ira que le subió por el cuello, nublándole la vista. Quiso cruzar la calle, exigir saber qué hacía ella ahí, pero se obligó a quedarse quieto. ¿Bajo qué cargo? ¿Ser feliz? ¿Seguir con su vida? Apretó el volante de la patrulla con tanta fuerza que sus nudillos crujieron. Emma había estado distante estos días, bajo la excusa de estar ocupada en el trabajo y yendo a visitar a sus padres, Elías lo comprendió, ella tenía una vida y todo eso, pero, ¿Por qué le ocultaba cosas?, se quedó pensando mas de la cuenta. A la mañana siguiente, el pasillo del tercer piso estaba desierto. No había café, ni desayunos hechos por ella, ni una sonrisa esperándolo. Elías entró en su apartamento y cerró la puerta con un estruendo que resonó en todo el edificio. No durmió. Se quedó sentado en la oscuridad de su sala, con las palabras que le había dicho días atrás —“Ella siempre va a ser la mujer que más ame”— repitiéndose en su cabeza como una sentencia que ahora sonaba amarga. Ni siquiera él sabía por qué dijo eso tan de repente, tal vez, muy en el fondo tenía miedo de que algo pudiera pasar entre ellos, y de que él no fuera suficiente para ella, de que volviera a fallar, y volver a fallar, definitivamente iba a matarlo. Estaba volviéndose loco, ella no parecía molesta por sus palabras, pero en su pecho, él sentía que debía disculparse y explicarse mejor. Amaba a Sara, eso era verdad, pero también sentía algo por Emma, y no era solo un cariño de amigos. Esa misma tarde, mientras se preparaba para su turno, la puerta de Emma se abrió al mismo tiempo que la suya. El encuentro fue inevitable. Emma lo miró y le dedicó una de sus sonrisas habituales, aunque ahora tenía un matiz más calmado, menos ansioso por agradar. —Hola Elías. ¿Dormiste bien? —preguntó ella con ligereza. Elías no le devolvió la sonrisa. Se quedó allí, con la mandíbula tensa y los ojos cargados de una furia que ella no comprendía. —Si, claro. —Que bien. —¿Vas a salir?. —Mmm si, me quedé de ver con unos amigos, vamos a ir a beber algo, no soy muy buena con el alcohol, pero, necesito distraerme, estoy estancada con un boceto—Respondió ella mientras cerraba su puerta. —Te vi ayer en el centro —soltó él sin preámbulos, su voz vibrando con una hostilidad gélida—. Estabas con ese tipo. Entrando en un hotel. Emma parpadeó, sorprendida por el tono, pero no bajó la mirada. No había vergüenza en su rostro, solo una honestidad plana que terminó de desquiciar a Elías. —Ah, sí. Estábamos buscando a unos amigos que se hospedan ahí para ir a cenar, no es lo que piensas, bueno, no estábamos ahí por otra razón—respondió ella, encogiéndose de hombros—. Es Javi. Estamos saliendo. Elías sintió que el aire se volvía pesado. —¿Saliendo? —preguntó, casi en un gruñido. —¿Desde cuando?. —Desde hace dos días—contestó ella con naturalidad—. Javi es divertido, es alegre y… bueno, estoy viendo a dónde va todo esto. Aun no puedo decir que lo amo, pero…creo que hacemos buena pareja, te lo presentaré formalmente después, cuando tengamos tiempo. Elías soltó una carcajada seca, llena de veneno. —No por favor no hagas eso, estoy mas que seguro de que no me agradará y no es para ti, no seas ridícula. Sin decir una palabra más, Elías se dio la vuelta y caminó hacia las escaleras con pasos que hacían retumbar el suelo. Su enojo era tan palpable que Emma se quedó inmóvil en el pasillo, mirando su espalda desaparecer. —¿Pero qué le pasa? —susurró ella para sí misma, genuinamente confundida—. No entiendo por qué se pone así ahora. Ella no sabía que, al intentar apagar sus propios sentimientos para ser solo una “amiga”, había encendido en Elías un incendio que él no sabía cómo apagar. El oficial Thorne, el hombre que creía que su corazón pertenecía a un fantasma, acababa de descubrir que los celos queman mucho más que cualquier recuerdo. El silencio en el pasillo se había vuelto absoluto para Elías, pero era un silencio que lo hería. Los días siguientes no hubo tazas de café, ni reportes del clima, ni risas que lo esperaban tras el turno. En su lugar, escuchaba el eco de la voz de Javi en el departamento de al lado, y el sonido de la risa de Emma, esa risa que antes le pertenecía a él, ahora dirigida a otro hombre. Se sentía como un extraño en su propia planta. La distancia de Emma era educada, pero letal. Ella estaba cumpliendo su palabra: ser solo una amiga. Una tarde, Elías no salió a su turno. El cuerpo le pesaba como si fuera de plomo y el pecho le ardía con cada respiración. La gripe lo había golpeado con una agresividad feroz, dejándolo temblando bajo las mantas en una sala que se sentía más fría que nunca. No tenía ni fuerzas, ni ganas de ir al medico, todo lo que quería era quedarse ahí y dormir eternamente, eso parecía mas sencillo que lidiar con todos los nuevos acontecimientos. Emma, que conocía la rutina de Elías mejor de lo que quería admitir, notó que su auto seguía en el estacionamiento y que no había luces en su ventana, ni ningún ruido. Eso era muy raro, desde que se mudó, Elías jamás faltó a su trabajo. Tras dudarlo varias veces, vencida por esa preocupación que no podía apagar, tocó a su puerta. Al no recibir respuesta, usó la llave de emergencia que él le había dado tras la inundación. Lo encontró delirando en el sofá, se acercó a tocar su frente tras verlo sudar, y su alarma fue evidente. —¡Elías! Cielos, estás ardiendo —exclamó ella, olvidando toda la distancia que había intentado imponer. Durante las siguientes horas, Emma volvió a ser el torbellino de cuidados que él conocía. Le puso paños fríos en la frente para bajarle la fiebre de 39°C, corrió a la farmacia por antigripales, y llenó la cocina de él con el aroma de un caldo de pollo casero. Elías, entre sueños febriles, sentía sus manos suaves y escuchaba su voz, preguntándose si era un espejismo o si ella realmente había vuelto. Cerca de la medianoche, la fiebre había bajado y Emma se sentía mas tranquila, pero él seguía en ese estado de reposo absoluto. Elías abrió los ojos y vio a Emma sentada en una silla junto a su cama, removiendo una taza de té. Se veía con el rostro iluminado solo por la lámpara de noche, era como un ángel. Ella lo miró directo a los ojos y se enderezó. —¿Te sientes mejor? —preguntó ella suavemente, acercándole un vaso de agua. —¿Por qué estás aquí, Emma? —La voz de Elías salió rota, áspera por la tos —Tu coche estaba abajo —respondió, tranquila—. No fuiste a trabajar. Me preocupé, así que vine a ver si estabas bien. —¿Por qué?. —Pues porque somos amigos. —Amigos—Repitió él como una burla. Emma no dijo nada a eso. —Tenías 39 de fiebre, estabas delirando. Hubo un silencio algo incómodo. —No soy tu problema. Emma sostuvo su mirada un instante. No había enojo en ella, pero tampoco calidez. —Lo sé —dijo al final—. Pero tu hubieras echo lo mismo por mí, ¿No?. Silencio otra vez. Elías desvió la mirada, incómodo, molesto… pero no exactamente con ella. —Ya te traje medicina —añadió Emma, rompiendo el momento—. Y te hice algo de comer, para que te sientas mucho mejor. Emma dejó la taza con un golpe seco sobre la mesa de noche. La dulzura de sus ojos desapareció, reemplazada por una chispa de frustración acumulada. —¿Y tu novio? —soltó de pronto Elías.
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