DONDE NO DEBERÍA ESTAR

927 Words
[JULIAN] La segunda noche no se siente igual. No porque el lugar haya cambiado. Porque yo sí. Obsidian sigue siendo lo mismo: luz roja filtrándose sobre cuerpos que no buscan esconderse del todo, conversaciones que no se escuchan completas pero se entienden igual, miradas que pesan más de lo que deberían. Todo funciona como una maquinaria perfectamente calibrada para que nadie esté aquí por accidente. Y aun así, esta vez no entro como alguien que viene a observar. Entro como alguien que ya sabe demasiado. No me detengo en la entrada, no dejo que me midan más de lo necesario. Paso sin llamar la atención, ajustando el ritmo al del lugar, dejando que la sombra haga su trabajo. Aquí nadie busca lo obvio, y eso es lo que me permite moverme sin que realmente me vean. No estoy aquí por el club. Estoy aquí por ella. La encuentro más rápido de lo que esperaba. No porque esté escondida. Porque no sabe pasar desapercibida. Elara no ocupa el centro del espacio, pero todo a su alrededor responde a ella igual. La forma en que se mueve, en que habla, en que sostiene la atención de quienes la rodean… no es actuación. Es control. Y ahora sé que eso no nació aquí. La observo unos segundos más de lo necesario. No por duda. Por algo más peligroso. Porque ya no puedo verla como antes. Ya no es solo la mujer del club. Es alguien que no debería estar en este lugar. Y eso lo cambia todo. No me acerco por el frente. No le doy margen. Cuando estoy lo suficientemente cerca, tomo su brazo con firmeza contenida, sin brusquedad, pero sin dejar opción a ignorarlo. Su reacción es inmediata. No de sorpresa. De reconocimiento. Sabe que soy yo antes de girarse. —No deberías estar aquí —murmura, en voz baja. —Podría decir lo mismo. No le doy tiempo a sostener la conversación ahí. No tiene sentido hacerlo en medio de miradas que no necesito ahora. La guío sin pedir permiso, atravesando el espacio con la seguridad suficiente como para que nadie cuestione el movimiento. Elara no se resiste. Pero tampoco cede del todo. Eso se siente en cada paso. El pasillo hacia los salones privados es más oscuro, más silencioso, más real. El sonido del club queda atrás poco a poco, reemplazado por algo más contenido, más íntimo. Más peligroso. Abro la puerta del primer salón libre y la hago entrar antes que yo. Cierro. Esta vez sin prisa. Cuando me giro hacia ella, ya no hay distracciones. Solo nosotros. Elara se queda donde está, pero su mirada no es la misma de anoche. Hay algo más contenido, más alerta, como si esta vez supiera exactamente lo que puede pasar. Eso no me detiene. —¿Qué haces aquí? —pregunto. No hay suavidad. No hay rodeos. Ella sostiene la mirada. —Trabajar. La respuesta es simple. Demasiado. —No —digo—. Eso no es lo que te pregunté. Doy un paso hacia ella. La distancia se reduce. —No encajas en este lugar. Elara no retrocede. Pero su respiración cambia. Apenas. —No tienes idea de lo que encaja conmigo —responde. Su tono es firme. Pero hay algo debajo. Algo que no estaba antes. —Tengo más idea de la que crees. La observo de cerca. Demasiado cerca. —Presidenta de Vance Capital —añado, bajando la voz—. Expansión internacional. Decisiones de alto riesgo. Control absoluto de tu empresa. La veo reaccionar. No de forma evidente. Pero lo hace. —Padres muertos en un accidente —continúo—. Desapareces… y apareces aquí. El silencio que sigue no es vacío. Es tenso. —¿Eso te parece que encaja? —pregunto. Elara me sostiene la mirada. Y por primera vez— no responde de inmediato. Eso es todo lo que necesito. Doy un paso más. Ahora no hay espacio real entre nosotros. —¿Qué te hizo quedarte? —pregunto, más bajo—. ¿O no fue una decisión? La tensión cambia. No desaparece. Se transforma. Elara levanta el mentón apenas, como si ese gesto fuera lo único que la mantiene firme. —No vuelvas a investigarme —dice. No suena como una amenaza. Suena como algo más personal. —Entonces dame una razón para no hacerlo. Mi mano sube antes de pensarlo demasiado, deteniéndose a la altura de su brazo, recorriéndolo apenas con los dedos, lo suficiente para sentir cómo su cuerpo reacciona sin que ella lo permita del todo. No me aparta. Eso es un error. Para los dos. —Anoche no parecías alguien que necesitara permiso —murmuro. Su respiración se quiebra apenas. Lo suficiente. —Anoche fue un error —responde. No le creo. Ni un poco. Me acerco más. Lo justo. —No lo pareció. Mi mano sube hasta su mandíbula, sosteniéndola con la misma firmeza contenida que usé antes, obligándola a mantener la mirada. —Y ahora tampoco. Elara no se aparta. No rompe el contacto. Pero algo en sus ojos cambia. No es miedo. Es conflicto. Y eso—eso es peor. Porque ahora sé que no es indiferente. Mi mirada baja un segundo a su boca. Luego vuelve a sus ojos. —Dime la verdad —digo—. ¿Estás aquí porque quieres… o porque no puedes irte? El silencio se alarga. Más de lo normal. Más de lo seguro. Y en ese momento—entiendo que toqué algo que no debía. Pero no retrocedo. Porque ya es tarde para eso.
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